Don Sergio Méndez Arceo: Patriarca de la solidaridad liberadora

Carlos Fazio. Adital*

Monseñor Samuel Ruiz lo definió como un hombre universal, cercano a Dios, y por la fe, a las necesidades del pueblo y del mundo. Don Pedro Casaldáliga lo calificó como un "Padre apostólico de nuestra Iglesia latinoamericana" y Patriarca de la Solidaridad; una solidaridad que se hizo "ternura de los pueblos" y eucaristía de calle y compromiso. En vida le llamaron profeta y cargó con la cruz de las incomprensiones y la calumnia. Sin él, no es posible acercarse a la historia de la Iglesia de la liberación en México y América Latina. Monseñor Sergio Méndez Arceo representó «muchas veces como única voz» el compromiso más noble de la institución eclesial con el verdadero sujeto del Evangelio: el pobre.

Durante el Concilio Vaticano II, don Sergio fue uno de los protagonistas de la mayoría progresista y, por tanto, uno de los principales artífices de aquella primavera eclesial. Defensor de los marginados, compañero de quienes luchaban por una sociedad más justa, incansable innovador de costumbres, hábitos y aspiraciones en el seno de la comunidad cristiana, el VII obispo de Cuernavaca transformó la imagen de lo que hasta entonces caracterizaba a los miembros de la jerarquía católica mexicana.

Vivió con gran honestidad su dimensión profética. Pero no fue, el suyo, un fácil caminar. Era consciente de que dar su palabra desde los límites de la fe «siempre en fidelidad y amor a la Iglesia de Dios», lo conducía a ser incomprendido y aun agredido intra-eclesialmente. El ex nuncio apostólico en México, Girolamo Prigione, dijo una vez que en las cumbres de la Iglesia era considerado como "una de las voces desafinadas que cantan fuera del coro. Méndez Arceo jamás ha podido decir que habla en nombre de la Iglesia, porque para ello hay que hacerlo en sintonía con la autoridad local y con el Papa". Se olvidaba Prigione que la libertad nos hace libres; que el signo del Evangelio no es la ortodoxia, sino el amor, la justicia, la libertad. Que la comunión con el magisterio de la Iglesia no significa ser repetidores del Papa, sino corresponsables creadores críticos. Se olvidaba que la Iglesia es el pueblo de Dios. El Papa lo conduce, pero no es el pueblo de Dios.

Un enfant terrible en el coro conservador

Como fuerza social estructurada, la Iglesia católica en México ha vivido una accidentada historia de luchas con el Estado «oligárquico primero, populista después, neoliberal ahora», que la singularizan en el concierto hemisférico. Las confrontaciones entre el poder político y el clero conservador durante el liberalismo decimonónico, desembocaron en las Leyes de Reforma y la expropiación de los bienes eclesiásticos en el siglo XIX, y después de la Revolución de 1910-1917, con la promulgación de una Constitución política que impone y aplica un ordenamiento jurídico y legal restrictivo a las iglesias en sus relaciones con el Estado, la Iglesia católica pasará sucesivamente de una situación de perseguida (1920-1930), marginada (1930-1940), tolerada (1940-1960), a buscada y solicitada a partir del régimen de Gustavo Díaz Ordaz, quien en el marco del nuevo modelo de dominación fundado en la Doctrina de la Seguridad Nacional ordenó la matanza de Tlatelolco, en 1968 (1) y luego apeló al tradicional papel legitimador ideológico de la jerarquía católica. Se trataba de una jerarquía ultra-conservadora, que desde los años cincuenta había dado cobijo a medio centenar de organizaciones laicales integristas, de ultraderecha y francamente fascistas algunas, que coincidían en su anticomunismo y la utilización fanática de la religión con fines netamente políticos, y que ante la emergencia de la revolución cubana en 1959 había movilizado a su feligresía bajo la consigna de "cristianismo sí, comunismo no". Salvo excepciones - como el caso notorio de Méndez Arceo y un par de prelados más -, el Vaticano II tomó por sorpresa a los obispos mexicanos, que se mostraron reacios a una reconciliación con el "mundo moderno" al que habían condenado de manera sistemática. La puesta al día en la Iglesia, que puso en crisis al modelo de neo-cristiandad, agudizó la división entre el clero tradicionalista y progresista y derivó en un doble vacío de poder y autoridad, frente a la irrupción de algunos sacerdotes y sectores cristianos de base - con epicentro en la diócesis de Cuernavaca -, que de manera consciente se insertaron en las luchas obreras, campesinas y estudiantiles, dando forma a lo que pronto pasaría a llamarse "Iglesia de los pobres", como un nuevo modo de ser cristiano en México, organizado en Comunidades Eclesiales de Base (CEB’s) y con conciencia de clase. Hacia fines de los años sesenta, en el ámbito jerárquico, la Iglesia católica en México podía calificarse como una Iglesia muda. Parecía que para los obispos la realidad no existía. En el único punto en que coincidían la mayoría de los prelados era en no estar de acuerdo con la ideología, procedimientos y actitudes de monseñor Méndez Arceo, considerado el enfant terrible del Episcopado. Don Sergio, el hombre que unos años antes del Concilio Vaticano II había iniciado la renovación litúrgica de su diócesis, con su famosa misa panamericana interpretada por mariachis; el partidario del psicoanálisis freudiano, practicado por el prior Gregorio Lemercier en el monasterio de Nuestra Señora de la Resurrección para el normal desenvolvimiento vocacional religioso; el pastor que recorrió los nuevos caminos de lo social en la Iglesia al mismo paso que monseñor Iván Illich, fundador del Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), que impulsó desde Cuernavaca - junto con el de Petrópolis, Brasil -, la intercomunicación eclesiástica y la circulación de ideas avanzadas en todo el continente, era ya entonces piedra de escándalo. En 1960, San Juan XXIII - como llamaba don Sergio al papa Roncalli - le dijo: "Usted fórmese su conciencia y proceda tranquilamente". Y desde entonces, el hombre del aggiornamento en la Iglesia mexicana se relacionó con protestantes, inició la apertura al judaísmo - lo que implicó una condena al antisemitismo -, se enfrentó a las corrientes conservadoras y se hizo partidario del diálogo teórico y práctico con el "mundo ateo" y la masonería, anticipándose al movimiento que en los años 90 se auto-denominará "macro-ecumenismo". Ya entonces, su diócesis, enclavada en el estado de Morelos, cuna de Emiliano Zapata, era señalada por la derecha religiosa como el centro neurálgico del "neo-modernismo". El antecedente zapatista y las luchas libertarias campesinas ayudaron a la conversión de don Sergio. Se nutrió del lenguaje social de la Revolución Mexicana y se dejó influenciar por movimientos sociales liberadores, como el jaramillismo (2) en el campo y la rica experiencia de las Ligas Campesinas en el nordeste brasileño, cuyo inspirador, Francisco Julião, exiliado en Morelos, cultivó su amistad. En 1967, con pleno apoyo del obispo, irrumpirían en la diócesis de Cuernavaca los grupos de reflexión bíblica y las CEB’s, como nuevos sujetos de la vida eclesial y de la reflexión teológica, que harán posible el protagonismo del pueblo y la presencia activa de la Iglesia fuera del templo. Las CEB’s se extenderían poco después al estado de Guanajuato y al Distrito Federal y hoy abarcan 53 diócesis del país. Los casos de Lemercier e Illich fueron reprimidos por el Vaticano, pero no serían los únicos que generarían conflicto al interior de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). El surgimiento de la Unión de Mutua Ayuda Episcopal (Umae), impulsada en 1963 por Alfonso Sánchez Tinoco, obispo de Papantla y monseñor Samuel Ruiz, de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, para aplicar las reformas propuestas por el Vaticano II - con eje en la colegialidad episcopal, la incorporación de la sociología religiosa en la modernización de la estructura eclesiástica y la pastoral de conjunto -, vendría a señalar que los aires de renovación se desplazaban por todo el territorio mexicano. Pero el movimiento asesorado por el canónigo Boulard, que pronto abarcó a 27 diócesis, fue desarticulado cuatro años después por obispos conservadores que señalaron el peligro de caer en "sociologismos" y "tecnicismos" y abandonar lo teológico. El parteaguas del 68 Si el Concilio Vaticano legitimó las experiencias progresistas europeas, la Conferencia de Medellín - celebrada en 1968 con el fin de estudiar y releer los temas conciliares desde América Latina -, dio luz verde a la experiencia cristiana vivida como compromiso con los oprimidos y explotados. Quedaba atrás el desarrollismo y se empezaba a hablar de fe y liberación. Poco a poco, una definición de la identidad cristiana pueblocéntrica iría desplazando la tradicional visión eclesiocéntrica, lo que significó el abandono de una teología de la cristiandad para emprender el camino de una teología de la liberación. En México, los documentos de Medellín tuvieron un influjo movilizador entre clérigos y laicos. Se comenzó a perfilar una nueva concepción teológica: análisis económico, político y social de la realidad como "acontecimiento"; reflexión del mensaje evangélico como "profecía"; eficacia de la fe como respuesta cristiana ("conversión"). Pronto, la jerarquía se sintió amenazada por los equipos y movimientos laicales que buscaban corresponsabilidad y cogestión en la vida eclesial. La mayoría de los obispos mexicanos optaron por la concepción piramidal tradicional; eran ellos los poseedores del magisterio y del gobierno de la grey ("rebaño") católica y sólo de ellos dependía decidir sobre cuestiones y actividades vinculadas con la institución. Unos pocos obispos quedaron en el campo sin fin del anuncio profético. Uno en particular: Méndez Arceo. Su palabra se hizo oír una vez más en septiembre de 1968. El país era una caldera que explotaba. El movimiento estudiantil había catalizado las frustraciones de participación de obreros y campesinos y el poder civil autoritario no lo había comprendido. Se había cerrado. Estaba en plena vigencia el artículo 130 de la Constitución que prohibía a los obispos de culto inmiscuirse en política; el acuartelamiento de los cuerpos de seguridad anunciaba la represión. No obstante, el domingo 22 de septiembre, recordando las palabras del profeta Isaías, don Sergio anunciaba de manera angustiosa desde su cátedra: "Me aterroriza ser perro mudo (...) Me conmueve la impotencia, la frustración, la impaciencia, la rebeldía de los jóvenes ante las estructuras inoperantes (...) También nosotros, tus obispos mexicanos, hemos anunciado en tu nombre la injusticia de la marginación, de la discriminación, de la pobreza institucionalizada «prosiguió su homilía». Hemos manifestado los temores de que la violencia de un orden envejecido llegase a provocar la violencia de los oprimidos o impotentes. No entiendo el legalismo, la dureza, la incomprensión, la amenaza, la impaciencia del poder; me confunden sus pasos contradictorios, el empleo de la fuerza violenta, la ausencia de su flexibilidad tradicional. Me hace hervir la sangre la mentira, la deformación de la verdad, la ocultación de los hechos, la autocensura cobarde, la venalidad, la miopía de casi todos los medios de comunicación. Me indigna el aferramiento a sus riquezas, el ansia de poder, la ceguera afectada, el olvido de la historia, los pretextos de la salvaguardia del orden, la pantalla del progreso y del auge económico, la ostentación de sus fiestas religiosas y profanas, el abuso de la religión que hacen los privilegiados". Como muchas veces antes, su palabra fue seguida de un profundo silencio institucional. El 2 de octubre, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en una ratonera para miles de estudiantes. El Ejército disparó sobre una multitud inerme y hubo más de 500 muertos; sólo 35 según la versión oficial. La masacre y el horror dieron la vuelta al mundo y exhibieron el paroxismo criminal del presidente Díaz Ordaz, el "padre colérico" que escindió de un tajo la vida pública de México. La matanza de Tlatelolco fue un parteaguas. Hubo un antes y un después. El país vitrina hecho añicos. México también era América Latina.Al año de la matanza, Méndez Arceo celebró una misa en Cuernavaca y en su homilía, tras algunas citas del Evangelio de Mateo, dijo: "Descendamos, hermanos, con el riesgo de todo anuncio concreto a semejanza del riesgo del Señor: el culto al poder económico, opresor, desilusionante e inhumano ha tomado la forma de sistema de producción, de consumo, de acumulación, de la propiedad ilimitada, es decir, el capitalismo «en cualquiera de sus formas» que la Populorum Progressio describió como sistema nefasto, causa de muchos sufrimientos injustos. Esa es la raíz de muchas inconformidades, fue el origen de nuestra revolución (...) La Biblia contiene la condenación irremisible de la violencia de los opresores y estimula la violencia de los oprimidos (...) La opción entre la violencia de los opresores y la de los oprimidos se nos impone, y no optar por la lucha de los oprimidos es colaborar con la violencia de los opresores". Después, de acuerdo con el Vaticano II, citó el Decreto sobre Libertad Religiosa número 74, que fundamenta la licitud de los ciudadanos de defenderse contra el abuso de autoridad. El diálogo cristiano-marxistas En 1970, ante tres mil estudiantes de la Universidad de Puebla, don Sergio formuló desde la fe cristiana una condena del capitalismo y del imperialismo, y se pronunció por el socialismo, presentándolo como un sistema más coherente con los principios evangélicos: "La palabra de Dios es lo más explosivo y revolucionario que hay para la transformación de las personas, de la Iglesia y de la sociedad (...) El espíritu evangélico de comunión y comunidad entre los hombres no se puede realizar en el sistema capitalista, individualista y materialista, es necesario un socialismo democrático (...) La Iglesia no es una sociedad perfecta, es un pueblo que va peregrinando, buscando la verdad... un pueblo sediento de verdad (...) Los sacerdotes deben cambiar estructuras dentro de la propia Iglesia, para que luego ésta sea agente del cambio de las estructuras".Los obispos tradicionalistas, el Opus Dei, grupos de laicos fascistas y la iniciativa privada se le echaron encima. La participación de Méndez Arceo en el I Encuentro Latinoamericano de "Cristianos por el Socialismo", realizado en Santiago de Chile, en abril de 1972, habría de generar nuevas polémicas al interior de la CEM. La vía pacífica al socialismo impulsada por Salvador Allende había despertado gran expectativa en América Latina. La delegación mexicana fue la más numerosa y en ella hubo un grupo de clérigos que tomó el nombre de "Sacerdotes para el Pueblo", que de manera gradual habían ido encontrando su expresión teórica en la Teología de la Liberación. El obispo de Cuernavaca fue el único prelado del continente que tomó parte de las deliberaciones. Don Sergio justificó su presencia en Santiago a partir de su convicción de que "para nuestro mundo subdesarrollado, no hay otra salida que el socialismo, como apropiación social de los medios de producción, con una representación auténtica de la comunidad, para impedir que sean utilizados como instrumentos de dominación en manos de una oligarquía o de un gobierno totalitario (...) Es tiempo de que los cristianos no aparezcamos siempre como contrarrevolucionarios y no demos posteriormente la apariencia de oportunistas, cuando urgidos por la palabra de Dios, nos sumamos, tardíamente, a procesos cuyo dinamismo nos vuelve a dejar atrás de la realidad y a plantearnos la disyuntiva de la fidelidad a Dios o al hombre, que no debiera existir, pues sólo se plantea entre Dios y el pecado, estructurado de mil formas en las instituciones opresoras de los mismos hombres". Ese mismo año, en Sucre, durante la XIV reunión ordinaria del Consejo del Episcopado Latinoamericano (Celam), el obispo colombiano Alfonso López Trujillo tomó el control del organismo y daría inicio una contraofensiva conservadora para desmontar las líneas eclesiales derivadas del Vaticano II y Medellín, y en particular a la Teología de la Liberación. Uno de los puntos de atención de López Trujillo, apoyado por la Curia Romana, sería Cuernavaca, su obispo y su entorno religioso corporizado en "Sacerdotes para el Pueblo" y "Cristianos por el Socialismo", identificados como un "peligro" por la jerarquía conservadora, no tanto por su fuerza política como por su línea de izquierda que rompía con la tradicional doctrina social católica, antología de principios morales inmutables y buenos consejos, ajenos a la realidad sociopolítica, histórica y de hecho justificadores y encubridores del sistema imperante. Una secuela de conflictos entre obispos y sacerdotes en las diócesis de Aguascalientes, Colima, Querétaro, Texcoco y Tula marcarán la polarización creciente de una sociedad que, con la masiva participación de cristianos de base quería sacudirse al férreo sistema autoritario hegemonizado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde 1929. La participación de cristianos radicalizados en los movimientos populares autónomos, a partir de las CEB’s «que en esa etapa vivirán un proceso acelerado de crecimiento cuantitativo y cualitativo en varias regiones del país», traerá aparejada la represión gubernamental, incluido el asesinato de dos sacerdotes ligados al Secretariado Social Mexicano y la llamada Iglesia Solidaria. Asimismo, recrudecerán las tensiones entre los obispos y la Confederación de Institutos Religiosos de México, ante la desconfianza que provocaba el uso de cuatro conceptos: profetismo, independencia, reflexión y organización, que fueron traducidos por los prelados como un "magisterio paralelo" que escapaba al control de la jerarquía; una "filosofía extraña" y una "visión marxista".En febrero de 1978, después de una entrevista con Fidel Castro en La Habana, don Sergio declaró: "La Iglesia católica debe sumergirse en los procesos revolucionarios para comprenderlos y ayudarlos. El futuro pertenece al socialismo (...) Para colaborar con la revolución del continente se debe producir una alianza entre cristianos y marxistas. Ese es el camino más viable para la liberación de los pueblos latinoamericanos". Junto con el sacerdote y poeta sandinista Ernesto Cardenal y el cristiano marxista Alfonso Comín, miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España, don Sergio suscribió en la Isla un documento que habría de tener el efecto de una bomba: "Reflexión cristiana en Cuba": "Las revoluciones socialistas que se están llevando a cabo en todo el mundo constituyen el gran reto que se le plantea a la Iglesia contemporánea. En América Latina este reto es decisivo; según sea la respuesta de los cristianos, el proceso revolucionario seguirá un curso u otro y, al mismo tiempo, el significado de la palabra en la historia cumplirá o no el llamado que le asignara Jesús (...), suscribimos las palabras del comandante Fidel Castro: ‘La alianza entre cristianismo y revolución debe ser estratégica’ (...) en este contexto, las relaciones entre marxistas -como teoría revolucionaria- y cristianismo -como mensaje de liberación universal proclamado hace veinte siglos por Jesús de Nazareth, raíz de la auténtica fe, esperanza y amor cristianos- podrán desarrollarse en mejores condiciones (...) Recordamos la firme y lúcida palabra del arzobispo de la Ciudad Ho Chi Minh a los obispos reunidos en el último Sínodo (octubre de 1977): si la Iglesia asumió en su tiempo el aristotelismo como vehículo del mensaje evangélico, nosotros debemos asumir hoy el discurso marxista para la evangelización y la catequesis".A su regreso a México, el Consejo de Presidencia de la CEM condenó sus declaraciones y señaló que "el marxismo es incompatible con la fe cristiana". Los grupos integristas llamaron a Méndez Arceo "rebelde contumaz", "obispo comunistoide", "camarada Sergio". En abril de 1978, el cardenal José Salazar, presidente del Episcopado, condenó sin matices a la Teología de la Liberación, la Iglesia Popular y "Cristianos por el Socialismo", acusándolos de estar presentes en la Iglesia como "grupos contestatarios y de resistencia" y de formar parte de "una verdadera conjura internacional". La virulencia del ataque, seguido por una carta de apoyo desde Roma del cardenal Sebastiano Baggio, presidente de Comisión Pontificia para América Latina, había que ubicarlo en el contexto de la próxima realización de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. El documento borrador para la reunión, elaborado por López Trujillo, en Bogotá, sede del CELAM, iba en el sentido de un desmonte total del Vaticano II y Medellín, y la sede misma del evento era todo un símbolo de ello: Puebla católica y anticomunista.La marginación de Méndez Arceo y varios obispos latinoamericanos progresistas y la totalidad de los teólogos de la liberación de la Conferencia de Puebla, además de la mecánica misma de trabajo, parecían indicar que la derecha tenía todo bajo control. Sin embargo, ninguno de los tres objetivos de los grupos conservadores: las condenas de la Teología de la Liberación y las CEB’s y el rechazo de la opción por los pobres fue logrado entonces. Esa sería la tarea en México de monseñor Girolamo Prigione, quien durante 19 años se desempeñó primero como delegado apostólico y luego como nuncio. Prigione fue enviado a México en 1978 con el objetivo de resolver el "caso Cuernavaca" y revertir el avance de la Iglesia de los pobres. Pero tuvo que esperar hasta que Méndez Arceo quedara "desempleado", en 1983, para empezar el "desmonte" de su labor pastoral liberadora. Para ello, Prigione utilizaría a monseñor Juan Jesús Posadas, antiguo obispo de Tijuana, quien como sucesor de don Sergio inició la obra de "demolición", persiguiendo de manera frontal al clero diocesano, desarticulando equipos sacerdotales y enviando algunos curas al destierro. Como premio por su labor destructora Prigione hizo arzobispo de Guadalajara y, después, cardenal a Posadas, quien sería trágicamente asesinado en 1993. ¡Queremos obispos al lado de los pobres! En el inmediato post-Puebla y hasta su deceso en 1992, monseñor Méndez Arceo acrecentaría su solidaridad con Nicaragua "ayudar a Nicaragua es libertarnos nosotros mismos", donde actuó como puente de comunicación entre el gobierno sandinista y la jerarquía católica local. Asimismo, tras el asesinato del arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, en 1980, asumiría la reivindicación permanente del pastor mártir y redoblaría su solidaridad cristiana con el proceso popular salvadoreño. Ya entonces, decenas de exiliados latinoamericanos que habían encontrado un segundo hogar en México, llamaban a don Sergio "Patriarca de la Solidaridad". Cuba, Chile, Argentina, Colombia, Guatemala, su propio pueblo mexicano y todos los pobres de América Latina siguieron siendo el norte de sus desvelos. También persistió en su fecunda tarea como animador y dinamizador del movimiento de CEB’s, en momentos en que la Iglesia atravesaba lo que él llamó un "invierno general". Buena parte de su tiempo lo dedicó a crear una red de "Comités Oscar Arnulfo Romero" en toda Europa, con un objetivo definido que era su sueño: la globalización de la solidaridad. Don Sergio concebía la solidaridad como compromiso y lucha, global, politizada, crítica y dirigida a cambiar las estructuras injustas. Él lo sintetizaba así: "Frente a la globalización del capitalismo, globalización de la solidaridad". Concibió la solidaridad internacional como una red de redes, como una maraña insurreccional. Por eso dedicó los últimos años de su vida a "enredar" a los cristianos. A organizarlos para la solidaridad, respetando autonomías e identidades. Había salido a sembrar y su semilla cayó en tierra buena; por eso, dio muchos frutos. Al caminar junto a él, las bases cristianas de los "Comités Romero" y sus fieles de Cuernavaca, que acudían a verlo a Ocotepec, su casa de "jubilado", acuñaron una consigna que daría la vuelta al mundo: "¡Queremos obispos al lado de los pobres!". Dice el filósofo y teólogo de la liberación Giulio Girardi que, en la Biblia, profeta es la persona que se enfrenta a los grupos dominantes en la sociedad y en la religión y a su cultura, para "rescatar el proyecto originario de Yavé, Amor Liberador, que han traicionado"; para rescatar el proyecto de un pueblo nuevo, libre y solidario y una concepción de la religión que considera "la solidaridad liberadora como la expresión auténtica del culto que agrada a Dios". El papel de Sergio Méndez Arceo fue clave en la construcción de una Iglesia de la liberación en México. Pero ésta no habría perdurado si otros pastores proféticos como José Llaguno, de la Sierra Tarahumara, don Bartolomé Carrasco, ex arzobispo de Oaxaca (ambos fallecidos); Samuel Ruiz y monseñor Arturo Lona «el obispo emérito de Tehuantepec que hizo explícita su opción "por los jodidos"», todos de diócesis mayoritariamente indígenas, no se hubieran acercado al pobre y articulado redes a partir de sus agentes de pastoral, de las CEB’s y medio centenar de grupos laicales «entre ellos el Centro de Estudios Ecuménicos (CEE), el Centro Antonio de Montesinos (CAM), el Secretariado Social Mexicano (SSM), el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), el Centro de Reflexión Teológica (CRT, de los jesuitas) y Desarrollo Económico y Social de los Mexicanos Indígenas (Desmi), por citar algunos», en una labor de asesoría y acompañamiento que abarcó en todo el país cursos de análisis de la realidad, talleres de formación y capacitación de dirigentes, centros de promotores de salud y agricultura alternativa y grupos cooperativistas de ahorro y crédito popular. Impulsada por el obispo Lona, la Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo, con sede en Ciudad Ixtepec, sigue activa en la conflictiva diócesis de Tehuantepec, promoviendo acciones económicas para comercializar y exportar su café. A su vez, la Red de Solidaridad Sacerdotal, auspiciada por el SSM, articula hoy a más de 500 clérigos de unas 20 diócesis, que intercambian experiencias en ámbito local, regional y nacional, en la línea de opción por los pobres y ayuda mutua. La Red y otros grupos han constituido el Observatorio Eclesial para seguir de cerca a la Iglesia institucional y hacer propuestas desde las bases. Asimismo, las CEB’s, modelo eclesial joven y en movimiento, siguen siendo un signo de vitalidad como Iglesia sencilla, semilla del Reino, en el seguimiento de Jesús. Comprometidas y solidarias, las CEB’s han creado espacios de realización y liberación en donde los pobres son sujetos y protagonistas de la transformación social. Desparramadas en más de 268 parroquias articuladas en más de 50 diócesis «en Estados como Morelos, Guerrero, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, Aguascalientes, Guanajuato, Veracruz, Chiapas, Oaxaca, Jalisco, Tabasco, Sinaloa, Baja California, el Estado de México y el Distrito Federal», viven y aplican el método de ver, juzgar, actuar, evaluar y celebrar, para impulsar la conciencia y el desarrollo integral de personas y comunidades en la perspectiva de la Iglesia de los pobres. Según la Memoria del XVI Encuentro Nacional de las CEB’s, celebrado en la Arquidiócesis de México en el año 2000, había 3,394 grupos de base registrados, con incidencia en las zonas más marginadas del país. Marcadas por el acontecimiento de María de Guadalupe, la gran evangelizadora del pueblo mexicano que retoma los símbolos de la cultura indígena (el color, el canto, los rayos del sol, los pájaros, las rosas) y ayudó a recibir el Evangelio como una "buena noticia" y no como imposición por la fuerza y por la espada, las CEB’s están integradas en un 70 por ciento por mujeres que, en su seno, han vivido un proceso de dignificación y profundizado una teología femenina con sentido crítico. En los últimos años, articuladas con la sociedad civil, las CEB’s han tenido una participación importante en la lucha por la democracia en México, organizando consultas ciudadanas y apoyando elecciones municipales, estatales y nacionales; impulsaron un sinnúmero de proyectos alternativos en educación popular, trabajo comunitario, comedores y guarderías, siembra y compras en común, medicina alternativa, agro-ecología, vivienda, nutrición, acupuntura, etcétera. Otros ámbitos específicos de su accionar han sido la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con Chiapas, a partir de la irrupción del movimiento indígena zapatista, en un acompañamiento de las iglesias autóctonas, promoviendo una espiritualidad de resistencia y la inculturación del mensaje evangélico. Asimismo, la presencia de las bases cristianas ha sido permanente en las denuncias y movilizaciones contra el pago de la deuda externa, la guerra de Estados Unidos contra Irak y en defensa del patrimonio nacional frente a los planes imperiales del ALCA, el Plan Puebla Panamá y el Plan Colombia. Un ejemplo paradigmático del caminar de las CEB’s en México es la comunidad de San Pedro Mártir, Tlalpan, en la periferia casi rural del Distrito Federal. A la parroquia erigida en 1966 llegó tres años después su párroco actual, Jesús Ramos, quien junto con su feligresía participó en las luchas en contra de la expropiación de tierras (1972) y en demanda de servicios (agua, transporte, alumbrado público, regularización de la tenencia de la tierra, caminos, puentes, biblioteca), impulsando después proyectos autogestionarios como tiendas de abasto popular, medicina alternativa, alimentos (soya, amaranto), cocina popular, consultorio médico, policlínica, dos estancias infantiles, alfabetización, primaria y secundaria. En el marco de esas luchas, en 1980 surgió allí el Movimiento Popular de Pueblos y Colonias del Sur, que cuenta con su propio Comité de Defensa de los Derechos Humanos "Pueblo Nuevo" y cuya base social está constituida mayoritariamente por mujeres cristianas que siguen las bases pastorales de la solidaridad, la encarnación, ecumenismo, la religiosidad popular y el acompañamiento del pueblo a partir de la teología de la liberación. Fue precisamente allí, en la parroquia de San Pedro de Verona Mártir, que en 1983, a unos meses de haber dejado su diócesis de Cuernavaca al cumplir el límite de edad, Sergio Méndez Arceo recibió de manera simbólica de sus fieles mexicanos y latinoamericanos, una catedral sin paredes que lo limitaran; de inmensos ventanales desde los cuales podía ver todo el continente americano; de puertas siempre abiertas a la esperanza de los pobres, y de piso tan firme como su solidaridad de pastor.Al hacer un balance del legado de Méndez Arceo para Adital, dice Giulio Girardi: "El pueblo cristiano reconoce a don Sergio como testigo y restaurador del proyecto de solidaridad liberadora de Jesús y de sus primeros discípulos; percibe el antagonismo entre su mensaje y la cultura dominante en la sociedad y en la Iglesia, especialmente por su toma de partido al lado de los oprimidos (...) La Iglesia profética, como Jesús, no se limita a denunciar los poderes opresores, sino que anuncia un modelo alternativo de sociedad, solidaria y participativa, y un modelo alternativo de religión, donde el culto de Dios y el amor humano comprometido vuelven a encontrar su unidad. Si la solidaridad liberadora fue el compromiso característico de don Sergio en su madurez, es normal que esa pasión represente también el alma del mensaje con el cual pasará a la historia de nuestra América y de nuestra Iglesia: el alma del mensaje con el que él seguirá haciendo historia".Notas de la redacción:(1) Las Olimpíadas de 1968, que se celebraron en México, fueron marcadas por la famosa chacina de Tlatelolco, el 2 de octubre, que dejó más de 500 muertos entre estudiantes y la población civil. Varias manifestaciones de protesta fueron preparadas por las organizaciones estudiantiles locales que querían llamar la atención del país y del mundo sobre las pésimas condiciones sociales vividas por la nación. Una de las manifestaciones en la Plaza de las Tres Culturas, llamada también Plaza de Tlatelolco, fue sofocada por el ejército que, desde helicópteros y de puntos estratégicos, tiró para matar.(2) Entre las décadas del 40 y el 60, el pastor y líder campesino Rubén Jaramillo llevó adelante en Morelos una nueva etapa de agitación y lucha campesina. Había sido soldado zapatista. Logró despertar en el Estado ansias de reforma agraria. Combatió a los terratenientes. El 23 de mayo de 1962 murió acribillado por el ejército juntamente con su esposa, embarazada de ocho meses, y tres hijos.* Escritor y periodista, es colaborador habitual del diario La Jornada de México y el semanario Brecha de Montevideo.

Enviado por editores el Sáb, 2007-10-13 20:54. categories [ ]