Los derechos humanos en América Latina: el retorno de las rupturas y contra el desperdicio de la experiencia

Carlos Alberto Ruiz

1. Un punto de partida

Al finalizar 2007 y alumbrar 2008, podemos contar con diversos hechos en el panorama latinoamericano, que dejan traslucir coyunturas importantes, unas esperanzadoras en medio de lo que hay (como es y sería el avance de procesos de integración bolivariana y el mantenimiento de los pilares de la Revolución cubana), y otras evidentemente deplorables (la situación de Colombia y su papel de bisagra para hacer un contrapeso a esos procesos, más la sumisión de los gobiernos centroamericanos a los Tratados de Libre Comercio). Pero, más allá de esos cuadros intermedios, se reconocen las expresiones prolongadas de problemáticas que suman décadas y capas, y que revelan el regreso de tensiones directas hacia conflictos nunca resueltos, así como rasgos y posibilidades de algunos quiebres estructurales que pueden recomenzar el forcejeo político, ideológico y ético en torno a los modelos de sociedad en pugna. Para abordar ese conjunto muy amplio, lo más indicado es tratar de ordenar y acotar bajo el rótulo de algunos temas o viejos problemas, y al tiempo proyectar las nuevas preguntas que se formulan en el curso de las contiendas político-sociales que conciernen a lecturas de los derechos humanos.

Al menos tres viejos y principales problemas podemos enunciarlos así:

  • la cabida formal de los derechos humanos en los órdenes constitucional y legal;
  • la relación entre espacios nacionales de defensa e instancias internacionales de denuncia y protección; y,
  • los derechos humanos como instrumentos o medios de luchas de sectores reivindicativos. Las tres cuestiones, tienen sus respectivos órdenes prácticos y teóricos.

Y las nuevas preguntas pueden presentarse también en al menos tres formulaciones:

  • ¿podemos plantearnos los derechos humanos sin interpelar sobre el poder para qué y ejercido por quiénes?;
  • ¿es posible el desarrollo de los derechos humanos circunscritos a sujetos y territorios cerrados?; y,
  • ¿podemos seguir hablando de derechos humanos sin derechos de los pueblos?

2. Las viejas cuestiones

Para poder saber de qué pasado hablamos, es necesario remontarnos a las figuras predominantes que marcaron la explosión de los derechos humanos en el discurso de los poderes y contrapoderes en América Latina a partir de la extensión del término y su común significado en el escenario post Segunda Guerra Mundial, es decir en el contexto de la llamada Guerra Fría. Supuso esa atmósfera la justificación y articulación perversas de una doctrina de seguridad nacional y hemisférica para salvaguardar el Occidente capitalista de la amenaza comunista, lo cual se entendió como un cierre de defensa, concentrando un poder total, intensificando los controles para dar con un enemigo interno, no necesariamente armado sino, sobre todo, disidente desarmado, que podía ser cualquiera. Evidentemente la cumbre de este período que se registra desde la década de los sesenta hasta los años ochenta, nos traslada la imagen típica de la dictadura militar, de los golpes de Estado, de la feroz persecución y represión política, que se desata hasta disuadir bajo el terror a amplios sectores de la población, que termina en general pidiendo y sintiendo al menos dos efectos: que es mejor bajar la cabeza y sobrevivir con hambre que morir por represión (nos lo examinó Franz Hinkelammert en su libro Totalitarismo y Democracia); y que la culpa en parte también la tuvieron quienes queriendo el cielo en la tierra (la utopía) provocaron y causaron la furia del infierno, de ahí que Sábato y otros hayan planteado la teoría de los dos demonios.

Con lo anterior, y ante el hecho no menos clave, sino, por el contrario, fundamental, que fue la propia dinámica de las burguesías latinoamericanas y de los centros de poder mundial que, principalmente desde Estados Unidos, pero también desde Europa, necesitaron en una primera fase estimular, azuzar y encubrir tales reacciones militares contra la inconformidad y el ascenso de la izquierda, para implantar una matriz neoliberal, ahora, en una segunda y complementaria etapa, más cuando el mundo soviético se derrumbó (1989), necesitaron dar otros giros, cambiar la situación, para recobrar las apariencias o ficciones de la democracia liberal o constitucional que legalizara y terminara de edificar el nuevo orden del globalismo (como lo identificó el profesor Eduardo Saxe), con lo cual se tutelaron y realizaron con éxito las transiciones correspondientes, en cada país según sus características y ritmos. En Argentina, Chile Uruguay, Paraguay, y cómo no, en Centroamérica, al término de procesos insurreccionales, cuando pactaron las organizaciones insurgentes, como en Guatemala y El Salvador, o cuando llegaron a su fin tentativas revolucionarias, fracasadas y ahogadas, como en Nicaragua. Democratizaciones, soluciones negociadas, acuerdos de paz, regreso al orden constitucional, “sometimiento” de los militares al “poder civil”, derechos de una ciudadanía sin clases sociales, reconciliaciones tras las renuncias de la rebelión, corrupción de viejos y nuevos partidos, etc.

La historia la sabemos. Hemos testimoniado sobre ella. La impunidad ha triunfado, el crimen de Estado ha larvado en sociedades que reciclaron y soterraron racionalidades fascistas. Y en el trasfondo la racionalidad que necesitó tanto de las dictaduras como de su paulatina retirada: la del modelo económico neoliberal en el desarrollo de un capitalismo mundial que para producir unas nuevas condiciones ordenó la eliminación de las amenazas que en América Latina tenían como inspiración procesos como el de la Revolución cubana. El mal ejemplo no podía cundir. Y una vez hecha la tarea, era conveniente, era “justo y necesario” recuperar las lógicas de los Estados de Derecho, de las Constituciones y la ley, en y para la administración neoliberal y sus requerimientos estratégicos. Evidentemente también pesaba el relativo desprestigio de tales regímenes, y el costo internacional de una opinión que mancillaba en foros diversos sobre los derechos humanos violados y sus cadenas de responsabilidad. Pero la respuesta ha sido no sólo tardía, sino mucho menor a lo exigido, y además hipócrita. Naciones Unidas era entonces lo que es hoy: no podía ni quería actuar en contra de aquellos que justificaron lo sucedido en nombre de valores compartidos por los núcleos de poder. Pinochet o Videla fueron procesados cuando ya ellos habían pasado a otras manos el testigo en una monstruosa carrera de relevos, más como chivos expiatorios, siendo genocidas, pero no los únicos, y al final no los que están hoy posicionados, que no están señalados ni serán juzgados: empresarios, políticos, corporaciones, impunes en New York, Londres o Madrid, que, como el rey español, se atreven todavía a mandar callar a sus incómodos críticos, que creen todavía vasallos.

Es en ese entramado donde debe verse la proposición atrás indicada: la cabida formal de los derechos humanos en los órdenes constitucional y legal. Es decir, hoy día tenemos ante sí la inclusión o el explícito reconocimiento de los derechos humanos, lo cual de por sí no es negativo, sino que sería positivo, en tanto promulgación que compromete los poderes públicos. Pero su consagración, o, al contrario, su falta de plasmación normativa, no fue la causa efectiva o substancial de los regímenes anteriores regentados por militares o semejantes (Colombia es el caso típico de los genocidas de corbata, como lo fue Fujimori en Perú, que han podido desarrollar eficazmente una guerra sucia, siendo condición sine quo non de ésta la careta de la democracia comandada por “civiles” ), con lo cual lo que hoy tenemos a lo largo y ancho del continente, que es una abundante legislación de derechos humanos, no supone por sí misma, que los pueblos estén gozando de tales derechos, cuando la base material de los recursos para su ejercicio, por lo tanto las órbitas de una economía para la vida social, es todavía la base de una concentración de la riqueza en pocas manos, más desigual su reparto o tenencia que cuatro o tres décadas antes.

Además, no desaparecida sino mimetizada la violencia política, transferida como violencia social, los pobres que continúan siendo empobrecidos, hasta la indigencia, siguen sufriéndola bajo realidades inconmensurables de inseguridad humana y exclusión. Ya no hay en Guatemala o Argentina, ni en Brasil, el mismo número de detenidos-desaparecidos, pero sí un verdadero sistema de corrupción que compartimenta sus sectores y asegura sus beneficios, del que dependen tanto el llamado “gatillo fácil”, la brutalidad policial, las componendas del narcotráfico y los consabidos ajustes de cuentas de diferentes agencias vinculadas con el poder político y económico, con la reconversión militar y las prestaciones de la seguridad, que cuentan con la sinfonía de los medios de comunicación para invisibilizar esto y otras duras realidades que victimizan a las mayorías, en el orden del día a día de sociedades míseras. No obstante, las formalidades de los Estados de Derecho se mantienen y mantendrán, y su debido provecho en cuanto a ostentación de artificios para la legitimidad, será enrostrado a quienes busquen denunciar la falacia de tales democracias. Y se dirá que esto es absolutamente preferible al estado anterior de dictaduras o guerras civiles.

El peso de esa nueva realidad, en la materia ya específica del debate de mecanismos de protección y de ubicación de responsabilidades por la vigencia de los derechos humanos, se refleja en la segunda cuestión anotada: la relación entre espacios nacionales de defensa e instancias internacionales de denuncia y protección. Ya a nivel internacional, en tanto no existen las máscaras de unas dictaduras o regímenes de excepción, la racionalidad que regresa es la de la aplicación y el registro convencional de los instrumentos o tratados de derechos humanos, siguiendo esos foros de vigilancia internacional como la OEA o la ONU, parámetros formalistas que si bien pueden contribuir a documentar la casuística o el balance de los derechos humanos clásicos, no van a salir con esos resortes, del inmovilismo, la inercia o la pasividad frente a las violaciones sistemáticas producto de estructuras sociales y económicas injustas que gestionan los Estados subordinados a supremos intereses privados e imperiales. La apariencia de una nueva participación política, el hecho de hallarnos ante un
número ciertamente menor de casos de crímenes, o modalidades de éstos que se toleran o recubren, hace que sí funcione el sofisma de los Estados de Derecho sin reformas que hayan significado pasos hacia la justicia social. Y esto no se remedia tampoco agregando que son Estados sociales de Derecho. Sigue siendo un desafío crucial ver cómo se construyen, de abajo hacia arriba, otras organizaciones multilaterales que representen a los pueblos y superen los vacíos de las entidades mundiales ayer y hoy dominadas por los centros de poder hegemónico y sus lógicas de reparto.

El tercer viejo problema que se menciona, se refiere a un pasado en el que los derechos humanos fueron concebidos como medios de luchas de sectores reivindicativos. Así era, cuando por la alta o creciente conciencia política en procesos de confrontación social, política, e incluso armada, en los años sesenta, setenta y ochenta, los derechos humanos se entendieron por los diferentes movimientos críticos, como instrumentos para visibilizar su lucha, para demostrar la injusticia de la represión estatal, cómo acudían los regimenes a métodos salvajes como los grupos paramilitares, los escuadrones de la muerte, las tortura, la desaparición, matanzas y demás hechos reprochables en el derecho internacional. Esto puede ser mal entendido, y pensarse que tenían entonces esos sectores en lucha, una mera visión instrumental, táctica y de cálculo, y que los derechos humanos para esos sectores no eran más que recursos retóricos o parte de un discurso para sus operaciones.

A pesar de esa impresión, se testimonió lo contrario: los objetivos o las aspiraciones de esas luchas eran verdaderas causas de derechos humanos, altruistas, liberadoras en su inmensa mayoría, castigadas precisamente por el hecho de suponer un potencial de transformación, que incorporaba los derechos humanos liberales, para elevarlos a una dimensión social, para todas y todos, en procesos de cambio que dignificaran las condiciones de vida de los pueblos. Y por eso fueron con saña acorralados, y derrotados en gran parte. Por ello, es preferible esta conciencia, la que hubo, la que fue casi extinguida y que ahora retorna, no ingenua, no neutral o apolítica sobre los derechos humanos. Es deseable entonces aquella, a la que se cree tener hoy en una postmoderna y servil ciudadanía que no mira más allá de las pomposas declaraciones de derechos, que no cuestiona la violencia sistémica, estructural e institucional, y que realiza expiaciones según los productos y consumos que los medios de masas ofrecen entre sobresaturaciones, justificaciones, tergiversaciones y silencios.

3. Las nuevas tensiones, o el retorno de las rupturas

Por eso, y porque la historia no se ha detenido, sino que irrumpen o se van gestando nuevas fuerzas de movimientos sociales muy diversos, que postulan principios y ensayos a partir de las necesidades límites y de contradicciones para ser resueltas, van desarrollándose dinámicas que enfrentan con mediana conciencia esta fase del capitalismo, su extensión como su articulación global, el latrocinio que han significado los procesos de privatización o apropiación privada de lo común, el no tener fronteras para la mayor y más acelerada acumulación de capital, con los efectos ya conocidos de destrucción o amenaza a las comunidades y los territorios que resisten tales lógicas de explotación y expolio, y la devastación planetaria.

En esa continuidad de la humanidad que el capital no subsume, y que resiste de muchas formas, es donde debe otra vez preguntarse por los sujetos que mueven esa historia. Luego las nuevas preguntas de la época, que asumen con las lecciones vividas que los derechos humanos se derivan de luchas que remueven privilegios e injusticias y no de inamovibles teóricos, se refieren de modo implícito o explícito, de nuevo, al problema del poder, obviamente no desde dogmáticos puntos de vista, sino desde construcciones concretas, no desde tomas simples, sino desde complejas cimentaciones no exentas de refutaciones internas. De ahí que se responda hoy en muchos lugares y lunares de este planeta, y más en la lenta ebullición de América Latina, que no podemos plantearnos los derechos humanos sin interpelar sobre el poder, para que sea ejercido desde dentro y desde abajo, por quienes lo amasan para el día presente, los que hoy mueren, y el futuro, los que tendrán que vivir. Esto supone las perspectivas del corto, mediano y largo plazo. Que muchas pequeñas conquistas no supongan anclarse en la administración de parcelas del modelo que las concede a condición de no alterar las esencias capitalistas, sino caminar hacia la ruptura, hacia transformaciones y garantías radicales para que otro mundo sí sea posible. Y quizá conlleve la pregunta sobre cómo combinar accesos institucionales con reivindicaciones y litigios que se verifican por fuera de las esferas reglamentadas, en el terreno de lo extralegal, como es y sucede con la interposición que cuerpos humanos, de hombres y mujeres casi en soledad, o de comunidades enteras, efectúan para que proyectos depredadores (puertos, infraestructuras, represas, agro-necro-negocios, como la palma aceitera y otros), no se lleven a cabo. Para interferir con esos planes de saqueo.

Preguntamos también: ¿es posible el desarrollo de los derechos humanos circunscritos a sujetos y territorios cerrados? No parece viable. Debe quizá replantearse que nuevas categorías e identidades, acompañan y enriquecen los sujetos clásicos que los proyectos de emancipación inconclusos situaron como únicos en la vanguardia. Hoy día también lo son los pueblos indígenas, los afrodescendientes, las mujeres, los jóvenes, los desempleados, los marginados urbanos, y otras construcciones, junto al campesinado y los sectores obreros organizados que el propio modelo de dominación ha recluido y reducido. Y así como no se puede simplemente hablar de una sumatoria, sino de la necesidad de sinergias y configuración de fuerzas nuevas cuyo cuerpo más general es el de las multitudes deseables y los pueblos, para que tales resistencias sean más y puedan ahondar hasta sostenerse como alternativas que van madurando en alternativa a la racionalidad del capital, es igualmente imprescindible para el desarrollo de los derechos humanos como parte de las potencias, que los sujetos y los territorios de lucha se abran y articulen. Sólo así es posible que surjan las nuevas tensiones en las que se configuran situaciones, acontecimientos, sujetos y hechos constituyentes.

El actual planteamiento de trabajo en redes, y más globalmente de redes de redes, donde los sujetos se van conociendo y acompañando con la evaluación y el reconocimiento de los límites de las experiencias de lucha, supone un vector a tener en cuenta en la reivindicación material de los territorios, en su amplia diversidad y biodiversidad, comprendido en el término bio, el ser humano mismo, que el capitalismo enajena y devora. No hay otra forma. Es sin más la defensa de los espacios para la vida, frente al pillaje que supone la muerte; para la dignidad y la indignación, ante la indignidad, la pacificación o el apaciguamiento. Esto sólo es posible en la actual correlación internacional o global de fuerzas, si no sólo una ruptura tiene lugar, sino dos o tres, cuatro y más, como interferencias, que se crean y corresponden, para sabotear los circuitos de la dominación, con réplicas que no pueden hacer abstracción de las condiciones precisas o de las particulares limitaciones de cada país, localidad o región, pero que comunican, en lo posible todas en una cierta sintonía, el mismo y múltiple antagonismo a una lógica neoliberal capitalista, bajo cuyo peso no es posible, por definición, hablar de vigencia de los derechos humanos para todas y todos, ni reconstrucción alguna de nuestro habitar en la Tierra.

Crear y recrear esas mismas oposiciones, en diferentes escalas, es hoy día posible, comunicando, haciendo presencia y presión, acompañando, formando(nos) líderes de diferentes movimientos, entre los movimientos mismos y sus aliados, accediendo a las administraciones, bloqueando carreteras, puertos, así mismo realizando condenas morales o constancias públicas en las propias puertas de los centros de poder, de las empresas, los gobiernos y núcleos donde se enseña a matar y a despojar. Allí, donde pueda además abrirse causas judiciales contra los responsables, y donde también deben concitarse solidaridades, de organizaciones de base, universidades, intelectuales, institutos de investigación. En fin, traspasando no sólo los obstáculos físicos, sino sobre todo los mentales, que el sistema nos echa en cara para truncar apoyos mutuos, no meramente simbólicos, sino materiales, que afecten el funcionamiento del capital, sus ganancias y blindajes.

Y el tercer interrogante, ¿podemos seguir hablando de derechos humanos sin derechos de los pueblos?, adquiere en este estado del debate su incontestable energía. Lo que antes parecía retórico, propio de un voluntarismo o de una ideología de descolonización y de liberación supuestamente ya envejecida, frente a centros de poder reforzados, encarna o enseña una luz, que ni dos ni mil manos pueden tapar. Que los derechos humanos no pueden ser producidos y comprendidos al margen de las realidades sociales, económicas, culturales y políticas de los pueblos o de las colectividades, y que esto significa tanto el derecho y principio de la autodeterminación, como condiciones reales de independencia ante esos poderes dominantes, sólo desde la cual es factible entrelazar solidaridades y con ellas nuevos bloques con capacidad de no renunciar, de disentir del orden imperial y neoliberal. Bloques desde los de abajo y para sus proyectos, que cuenten también la realidad de los derechos de los otros, donde el otro también soy yo, donde todos somos nosotros.

En consecuencia, la solidaridad eficaz, de la que trató Camilo Torres, no es ni la compasión lejana o cercana, ni el mero respaldo local entre desiguales que no ven alteradas sus posiciones, sino la identificación con una humanidad que ha llegado al límite y debe plantarse como tal; que produce en ámbitos diversos nuevos sentidos de ruptura con el orden actual de cosas, para que se abogue por su cambio radical, superándose, en primer lugar, las relaciones de servidumbre y las divisiones entre los oprimidos. Es en este curso cuando puede y debe analizarse con qué y con quién es la disputa esencial, y cómo puede y debe hacerse causa común con los empobrecidos de otras latitudes, a veces más fácil de urdirse, y con más proximidad los que caminan junto a nosotros, lo que supondrá en el día a día la exigencia de un ejemplo, hacia fuera y hacia adentro, no sólo en cuanto al verbo político, sino personal, de coherencia de quien habla en nombre de nuevos valores.

4. Conclusión: contra el desperdicio de la experiencia

Así, la ética que pueda construirse para el ejercicio de la política, si ésta es sólo como puede ser, en nombre de la democracia de los de abajo, como vocación hacia lo público o defensa del bien común, nacerá de valoraciones y miradas realizadas sobre la realidad social, sobre el mayor conjunto que nuestra mente pueda abarcar y discernir, no a espaldas de la evidencia de la injusticia, ni tampoco en contra de la experiencia acumulada para confrontarla. Parafraseando o citando a Boaventura de Sousa Santos, se trata de socializar nuestro aprendizaje en el compartir de conocimientos, y no desperdiciar lo que sabemos en el sufrimiento. No mera teoría, sino en el continuum de la rebeldía del ser humano, las obras y el ejemplo de que sí es posible otro mundo, otra América Latina. Es otra formación en el caleidoscopio de la memoria histórica.

Nuevos bríos, por lo tanto, para la alteridad y el altruismo que libera, no sólo como desprendimiento del individuo que se reconoce en lo colectivo sin alinearse, sino construcción de una base material de la que los pueblos disponen para reconstruir tejidos y distribuir riquezas contenidas que deben asegurar el ejercicio de derechos básicos, antes de plano negados: salud, educación, vivienda, empleo, alimentación, tierra, dentro de los muchos derechos de una deuda histórica.

¿Utopía? Sí, en parte, porque en parte hay un proceso esperanzador en tanto real, que está ya comportando la fuga parcial, apenas en ciernes, hacia nuevas realidades. A ellas asistimos para nuevas rupturas históricas, para quiebres y no para reconciliaciones. Si su nombre es ahora Socialismo del Siglo XXI (término que ya comienza a ser manoseado por políticos del sistema), no lo es solamente por los muy relativos pero importantes avances que en Venezuela, Bolivia, Ecuador y otras batallas se esté librando por gobiernos, sino porque con ellos, pero por encima de ellos, otra cultura política de resistencia está emergiendo en la brega de los sectores populares que por sí mismos y para sí se autoconstituyen en alternativas; otra cultura, que señala a la que vendió las banderas sociales entregándose a manos de un neoliberalismo criminal; otra, no sólo diferente sino radicalmente distinta, a la que dicta una ética funcional al mercado y a la impunidad, la del consejo del sálvese quien pueda.

La ética de la política, al servicio de la vida y la dignidad humanas, será, en resumen, la que vivifique y dignifique esos procesos de obstrucción e interposición a la lógica mercantil y su terror, en cuyo apocalíptico e interminable esplendor los derechos humanos y de los pueblos no pueden ser materialmente posibles. La ética que se sirva de análisis sobre la vigente realidad de las contradicciones sociales, económicas y políticas, para educarnos acerca de ellas y defender entonces el derecho a develar la ley, viendo más allá de sus formalidades lo que ella esconde en Estados de Derecho hueros; proponiendo que ésta sea un instrumento y no un fin, para que sujetos y territorios de los pueblos que se forjan rebeldes, tengan una base material cierta, no en la letra, con la cual los derechos humanos no sean simples enunciados, ni la ética de la política un anticipo de descarnado cinismo amparado en la impunidad que prepara las condiciones de nuevas vejaciones. Quizá la proposición de Eduardo Galeano otra vez nos interese y anime: “Somos lo que hacemos, y, sobre todo, lo que hacemos para cambiar los que somos”.

Enviado por editores el Dom, 2007-11-25 15:56. categories [ ]