Dagoberto Gutiérrez
[Italiani]
El poder del Estado en nuestro país ha supuesto una alianza con la Iglesia Católica porque, desde la invasión europea al continente, la espada que cortaba cabezas y el porvenir de los pueblos fue auxiliada por la cruz que apaciguaba las almas y construía la mansedumbre para el sometimiento.
Esta relación, con el paso de los siglos, sufre transformaciones y hasta negaciones, pero siempre que esto ocurre, el poder del Estado, oligárquico y de minorías, se defiende, eliminando el peligro. Esta defensa llega a incluir hasta la eliminación física de la amenaza y la imposición de silencios cómplices.
Monseñor Romero encarna, tanto una posición de la institución religiosa católica, como una expresión de esa conducta estatal silenciadora y asesina. Por supuesto que Romero es más, mucho más que eso, y su muerte martirial produce una especie de recreación de la vida del pueblo, de la esperanza y de la fe, y es éste un ejemplo de una vida suprema venciendo a la muerte y de una fe implacable en un Dios de justicia, de compromiso con los débiles y confrontado con los poderosos y explotadores.
Con Monseñor Romero, dijo Ellacuría, Dios pasó por El Salvador, y me parece que esta expresión de mucha creatividad intelectual es, sobre todo, la mejor alusión a la fe insobornable, invencible e indestructible que Monseñor Romero construyó para determinar su posición frente a la realidad de su pueblo y desde esa realidad iluminada por su fe. Monseñor encarna, por eso, al Pastor, al Guía, que orienta a su rebaño, y no lo abandona aunque esto le cueste la vida, tal como ocurrió.
Esto es correspondiente a un hombre que desde su fe iluminó el mundo, su mundo, y encontró a un pueblo, su pueblo, necesitado de justicia, de verdad, de fuerza, de poder, de conciencia, de organización y de resistencia, de pan y de esperanza. Monseñor, desde luego, se entregó a este pueblo diciendo magníficamente que “con este pueblo es fácil ser buen pastor”.
Aquí encontramos la raíz de la confrontación, porque Monseñor supo muy bien que su entrega a su pueblo pobre lo enfrentaba con las fuerzas que, como sanguijuelas sangrientas, chupaban y chupan la sangre y la vida de los desprotegidos, y he aquí que el hombre de fe y clerical acepta el reto y lo convierte en desafío y no rehuye en ningún instante la guerra desatada en su contra. Incluso, a sabiendas que su asesinato era inminente, tal como Jesús en el huerto de Getsemaní, Monseñor se enfrentó, sometió y entregó su vida preciosa, sin ceder nada de su voz, su posición y su mensaje justiciero.
Hay que saber que este hombre de fe se basó en la doctrina social de la Iglesia Católica, que es la posición oficial de esta iglesia, y esto nos dice, una vez más, que el papel del ser humano resulta fundamental a la hora de hacer cumplir los textos, y su ejemplo, de cara a la Iglesia Católica, resulta estremecedor para la institución porque demuestra que pese al boato, las luces y escándalo de poder de El Vaticano romano, esos corredores pueden ser invadidos, algunas veces por el escándalo de la fe, y en este caso, la fe de un hombre sencillo e inesperado, sin pose alguna y sin poder ni lujo alguno, más bien un simple siervo de su Dios, pobre, modesto, pero valiente y honrado, e iluminado y alentado por una fe que pareció y parece ser extraña y, hasta perturbadora, ante los mismos administradores del Estado Vaticano.
Monseñor Romero, como hombre de su tiempo, está situado ante la historia de su pueblo, que es su principal aliento, situado ante la Iglesia Católica, que es su pertenencia institucional, situado ante El Vaticano como una jefatura no vivencial, lejana y europea.
El hombre asesinado hace 28 años vive y pervive cada minuto y cada segundo, resucitado en el corazón y en la fe de su pueblo pobre, que es su principal torrente de vida.
Estoy diciendo que el puente más poderoso y más vital es el del Pastor que se encuentra a cada instante con sus ovejas y estas ovejas, que no son físicamente las mismas que presenciaron y oyeron la muerte del Pastor, necesitan de esa voz y de esa interpretación de la realidad para hacer lo que él decía y sigue diciendo, porque el pueblo pobre, hoy como ayer, necesita conciencia liberadora, poder organizado, hacer política propia, casarse con la verdad y la justicia, y en una palabra, ser como Monseñor Romero, que es ser cristiano comprometido hasta la muerte con el mensaje de liberación. Ser como Monseñor Romero es ser como Jesucristo.
El pueblo pobre salvadoreño tiene su propio santo, que no es el de todos los salvadoreños, porque Monseñor sigue siendo odiado y temido por la oligarquía que lo asesinó, y para éstos sigue siendo el enemigo a eliminar; pero sigue siendo amado por su pueblo para quienes es fuente de fe y milagro de la conciencia y de la liberación.
Su santidad popular no se corresponde con la santificación vaticana porque ni el amor es el mismo, ni la luz que ilumina la realidad desde Roma podrá sentir el eco de la voz del Pastor, que no siempre encontró en esas puertas el aliento, apoyo y comprensión que su pueblo sí le entregó a raudales. (COLATINO/Dagoberto Gutiérrez)
La fede incrollabile di Monsignor Romero
di Dagoberto Gutiérrez
Il potere dello Stato nel nostro paese ha come presupposto l’alleanza con la Chiesa cattolica, perché, dall’invasione europea del continente, la spada, che tagliava le teste e l’avvenire dei popoli, fu aiutata dalla croce che pacificava gli animi e costruiva la mansuetudine per la sottomissione.
Con il passare dei secoli, questa relazione ha subito delle trasformazioni e persino delle negazioni, ma succede sempre così: il potere dello Stato, oligarchico e minoritario, si difende eliminando il pericolo. Tale difesa giunge a includere persino l’eliminazione fisica della minaccia e l’imposizione di silenzi complici.
Da parte sua, Monsignor Romero incarna tanto una posizione dell’istituzione religiosa cattolica come un’espressione di questa condotta statale che riduce al silenzio e assassina.
Certamente Romero è molto più di questo e la sua morte martiriale produce una speciale ricreazione della vita del popolo, della speranza e della fede; e questo è l’esempio di una vita suprema che vince la morte e della fede implacabile in un Dio della giustizia, dell’impegno con i deboli, e dello scontro con i potenti e gli sfruttatori.
Ellacuría disse che con Monsignor Romero Dio passò per El Salvador: mi sembra che questa espressione, di molta creatività intellettuale, sia la migliore allusione alla fede incorruttibile, invincibile e indistruttibile che Monsignor Romero sviluppò per determinare la sua posizione di fronte alla realtà del suo popolo e a partire da questa realtà, illuminata dalla sua fede. Perciò Monsignor Romero incarna il pastore, la guida, che orienta il suo gregge e non lo abbandona nemmeno a costo della vita, così come avvenne.
Ciò è tipico di un uomo che a partire dalla sua fede illuminò il mondo, il suo mondo, e incontrò un popolo, il suo popolo, bisognoso di giustizia, di verità, di forza, di potere, di coscienza, di organizzazione e di resistenza, di pane e di speranza. Da ciò Monsignor Romero si consegnò a questo popolo dicendo magnificamente che: “con questo popolo è facile essere un buon pastore”.
E qui troviamo la radice dello scontro, perché Monsignor Romero comprese molto bene che la sua dedizione al popolo povero lo avrebbe fatto scontrare con quelle forze che, come sanguisughe, succhiavano e succhiavano il sangue e la vita degli indifesi; ed è qui che l’uomo di fede e il clericale accetta il compito e lo trasforma in sfida, senza rifuggire in alcun istante dalla guerra scatenata contro di lui. Compreso il fatto che pur sapendo che il suo assassinio era imminente, come Gesù nell’orto del Getsemani, Monsignor Romero si scontrò, si sottomise e offrì la sua vita, senza cedere, nemmeno nella voce, dalle sue posizioni e dal suo messaggio di giustizia.
Bisogna sapere che quest’uomo di fede si basò sulla Dottrina Sociale della Chiesa cattolica, che è la posizione ufficiale di questa chiesa, e ciò ci dice, una volta di più, che il ruolo dell’essere umano risulta fondamentale nell’ora di mettere in pratica i testi; così il suo esempio, in faccia alla chiesa cattolica, è tale da far tremare l’istituzione, perché dimostra che malgrado il boato, le luci e lo scandalo del potere del Vaticano romano, questi corridoi possono essere invasi, talvolta, dallo scandalo della fede… in questo caso, la fede di un uomo semplice e inatteso, senza alcuna apparenza e senza nessun potere né lusso, ma piuttosto un semplice servo del suo Dio, povero, modesto, ma coraggioso e onorato; illuminato e incoraggiato da una fede che sembrava e continua a sembrare strana – persino perturbante - per gli stessi amministratori dello Stato Vaticano.
Monsignor Romero, da uomo del suo tempo sta di fronte alla storia del suo popolo, che è il suo principale stimolo; sta di fronte alla Chiesa cattolica, che è la sua appartenenza istituzionale; sta di fronte al Vaticano, inteso come centro direzionale, non esistenziale, lontano ed europeo.
L’uomo assassinato 28 anni fa vive e continua a vivere ogni minuto e ogni secondo, risuscitato nel cuore e nella fede del suo popolo povero, che è il suo torrente principale di vita.
Sto dicendo che il ponte più potente e più vitale è quello del pastore che in ogni istante si trova con le sue pecore e queste pecore – che fisicamente non sono più le stesse che presenziarono o ascoltarono la morte del pastore – hanno bisogno di questa voce e di questa interpretazione della realtà, per fare ciò che egli direbbe e continua a dire, perché il popolo povero – oggi come ieri - ha bisogno di una coscienza liberatrice, di un potere organizzato, di fare propria la politica, di sposarsi con la verità e la giustizia... in un parola, essere come Monsignor Romero, un cristiano impegnato, fino alla morte, con il messaggio della liberazione. Essere come Monsignor Romero significa essere come Gesù Cristo.
Il popolo povero ha un suo proprio santo, che non è di tutti i salvadoregni, perché Monsignore continua ad essere odiato e temuto dall’Oligarchia, che lo assassinò, e per questo continua ad essere il nemico da eliminare; continua però ad essere amato dal suo popolo, per cui continua ad essere una fonte della fede e un miracolo della coscienza e della liberazione.
La sua santità popolare non corrisponde alla santificazione vaticana, perché né l’amore è lo stesso, né la luce che illumina la realtà da Roma potrà sentire l’eco della voce del pastore, che non sempre trovò dietro queste porte l’incoraggiamento, l’appoggio e la comprensione che il suo popolo gli diede in abbondanza. (COLATINO/Dagoberto Gutiérrez)
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Dagoberto Gutierrez, ex comandante del FMLN y dirigente ahora de la UNES