Sumario





INTRODUCCIÓN…………………………………………………………………………………………….. 3


  1. EL DIOS DE LA VIDA..................................................................................... 8

  1. ¿QUÉ ES LA VIDA?…………..……………………………………………………………………….. 25

  1. VIVIR EN UN CUERPO……..………………………………………………………………………… 39


  1. LA VIDA Y SU REPRESENTACIÓN………………………………………………………………… 50


  1. LA VIDA DE JESÚS…………………………………………………………………………………….. 57


  1. VIVIR ES AMAR…………………………………………………………………………………………. 68


7. ESPÍRITU Y VIDA……………………………………………………………………………………….. 78


EPÍLOGO……………………………………………………………………………………………………….. 84







































INTRODUCCIÓN

Nacemos para la vida y la alegría”

Hay mil y una razones para vivir”


Don Helder Câmara



Con este libro se completa una serie de cinco volúmenes que constituyen un ensayo de pneumatología. Hace 25 años concebí un proyecto de teología del Espíritu Santo que estudiase un aspecto casi ignorado por los teólogos, una vez que la teología tradicional del Espíritu Santo se dedica, en primer lugar, a las relaciones intra-trinitarias y, en segundo lugar, a la presencia del Espíritu Santo en el sistema institucional de la Iglesia. Se atribuye al Espíritu Santo la formulación de los dogmas, la acción de los sacramentos y los nombramientos de los diversos cargos dentro de la organización eclesiástica. En el decorrer de los últimos siglos se acentuó bastante la impresión de que el Espíritu Santo actúa solamente por medio de la jerarquía.1


En el caso de los sacramentos, hay una manera popular de proponer el “ex opere operato”, que hace que los fieles crean que el sacramento produce automáticamente el don del Espíritu Santo – como si los sacramentos fuesen una manera de obligar a Dios a hacerse presente y a derramar su gracia. En cuanto a los dogmas, son fórmulas tratadas como si procediesen totalmente del Espíritu Santo. No se toma en cuenta la influencia de la cultura en que fueron enunciados, de la lengua, de los conceptos presentes en el contexto histórico, que hacen que cualquier fórmula – por más dogmática que se presente – sea relativa a su contexto histórico y no se pueda atribuir completamente al Espíritu Santo. Cuando es electo un nuevo Papa, se dice que fue la elección del Espíritu Santo. Eso, sin embargo, solo podrá ser verificado más tarde, durante el ejercicio del pontificado. De cualquier forma, muchos factores humanos interfieren: campañas electorales, acuerdos secretos…. ¿Cómo entonces saber cuál fue la participación del Espíritu Santo? Jesús no quiso ni tuvo la ilusión de que la Iglesia seria pura expresión del Espíritu Santo. Dijo que el Espíritu Santo vendría. No dijo dónde ni cómo.


Esas cuestiones, sin embargo, no son objeto de este libro – y a veces son tratadas en la eclesiología. Aquí no vamos entrar en los problemas levantados por la eclesiología contemporánea.


Mi intención es procurar sondear lo que hace el Espíritu Santo en el mundo. Se trata de saber qué está produciendo en la tierra y por dónde está actuando. No se trata sólo de la acción del Espíritu Santo por la Iglesia o por los cristianos, sino que por todos los que pertenecen al inmenso contingente del pueblo de Dios. Los seres humanos, movidos por el Espíritu Santo, pueden pertenecer a la Iglesia visible o pertenecer al resto del mundo. Lo cierto es que el Espíritu está presente en el mundo entero, dirige su actuar de la misma manera en todos: cristianos y no cristianos son conducidos por el Espíritu. Los cristianos saben de eso y los no cristianos no. Pero lo que vale realmente no es el saber, y sí el hacer.


Hay cinco temas bíblicos fundamentales relacionados con el Espíritu Santo y en los cuales se concentra su actuar en el mundo. Son temas ignorados por las ciencias humanas – siendo específicamente cristianos. Por consiguiente, son temas puramente teológicos. La lista no pretende ser exhaustiva. Los temas son los siguientes: el actuar o la acción; la palabra; la libertad; el pueblo de Dios y la vida. 2


Actuar, hacer, es el programa de Jesús: “Mi Padre hasta ahora está trabajando, y yo también estoy trabajando” (Jn 5, 17). “Si yo no hago las obras de mi Padre, continuad sin creer en mí. Pero si yo las hago, aunque no me creáis en mí, creed en las obras.” (Jn 10, 37-38). La parábola de los dos hijos que el padre mandó a trabajar en la viña, expresa con mucha fuerza la necesidad del hacer. No son las palabras las que valen, mas los hechos (Cf. Mt 21, 28 – 31) 3




Las ciencias humanas estudian todos los factores que influencian el actuar humano: factores biológicos, históricos, culturales, psicológicos, sociológicos, etc. Pero no hablan del propio actuar, del contenido del actuar que parece ser resultante de todos esos factores que dirigen al ser humano. Sin embargo, el ser humano actúa, produce frutos. Lo que él hace no es simplemente lo que un sistema le impone. Él decide, escoge y realiza. Cada uno tiene un actuar diferente porque está influenciado por todos esos factores. Pero puede actuar de modo personal y original. Puede producir acciones inflamadas por el Espíritu Santo, que dio la luz y la fuerza. Finalmente, ¿qué estamos haciendo? ¿Qué es lo que vale en todo aquello que estamos haciendo?


Claro que la mayoría de nuestras acciones no son escogidas, sino que son impuestas por las circunstancias en que estamos: comer, trabajar, caminar…. Sin embargo, hay momentos en la vida en que se tiene que tomar decisiones. Hay encuentros con otras personas en que se tiene que tomar alguna actitud. Hay imprevistos donde se manifiestan las oportunidades para que realicemos un proyecto de vida. Lo que Jesús enseña es la necesidad de tener un proyecto – semejante al que él mismo había escogido. El Espíritu Santo esta ahí para empujar y realizar. La vida del discípulo de Jesús es una vida de acción.


El ejemplo más típico es el actuar de s. Pablo de acuerdo con 2Cor 11, 16 – 33. Pablo vivió una vida extraordinaria. Pero no fue el único. Tuvo muchos sucesores en los dos milenios de la historia cristiana. Este actuar es fruto del Espíritu Santo. Claro que el actuar de Pablo fue influenciado por todos esos factores que enunciamos. Pero fue un actuar muy personal, un actuar creativo, un actuar que cambió el mundo. Fue un actuar creado por el Espíritu Santo que despertó la libertad, dio la luz y la fuerza. Los Santos de América Latina son otro ejemplo. 4


El segundo tema es el de la palabra. 5 Desde el Antiguo Testamento, la palabra de los profetas resuena con fuerza. Es una palabra fuerte que produce efecto. Hay diversas ciencias humanas o históricas que estudian las palabras, pero ninguna estudia esa palabra creadora y transformadora de Dios. Esa palabra denuncia, anuncia y convierte el pueblo de Dios – por lo menos el resto fiel. Esta es la palabra que anuncia una vida nueva y llama a todos los pueblos para colaborar: “la hierba se seca y la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios subsistirá siempre.” (Is 40, 8). “Así se comporta mi palabra desde que salió de mi boca: ella no volverá a mí sin resultado, sin haber ejecutado lo que me agrada, y coronado de éxito aquello para lo que yo la envié” (Is 55, 11). Esa palabra era Jesús. La vida humana de Jesús fue la palabra hecha carne, la palabra pronunciada en la debilidad de nuestra carne, como poder de Dios por medio de la debilidad.


Jesús se comunica por la palabra que transforma, llama y resuena en el mundo entero por la mediación de sus discípulos. En Jesús se realiza la profecía de Isaías 42, 1 – 4: “He aquí mi siervo, a quien yo elegí; mi Bien amado que me quise escoger. Sobre él pondré mi Espíritu, y él anunciará el derecho a las naciones” (Mt 12, 18).


Lo que el Espíritu hace es llevar la palabra a la humanidad toda, iluminando a los seres humanos y en ellos infundiendo nuevas energías. La palabra, que es Jesús, levanta una inmensa esperanza, fuerte, constante y perseverante: la convicción de que este mundo puede y va a cambiar. Esa palabra no es solamente promesa, sino afirmación: el mundo ya está cambiando, aunque sea en la vida más secreta y anónima de los pobres.


La teología tradicional valoriza la palabra debido a la doctrina que enuncia. La palabra está ligada a la revelación, y la revelación se refiere a la doctrina. Era un punto de vista intelectual, obra de teólogos intelectuales. Sin embargo, la Biblia habla de una palabra que actúa, que despierta a la acción, que creó el mundo y ahora lo quiere llevar a la plena realización. Esa es la palabra inspirada por el Espíritu.








El tercer tema es el de la libertad.6 En la modernidad se atribuye el nacimiento y fortalecimiento del concepto de libertad a los griegos. Con el surgimiento de la modernidad, la Iglesia ya se había transformado en una fortaleza de ortodoxia y la obediencia se había tornado la principal señal del cristiano. Durante siglos los cristianos lucharon contra todo lo que recordase libertad.7


No obstante eso, la fuerza principal del concepto contemporáneo de libertad es el cristianismo. Los griegos habían formado un concepto de libertad y lo exaltaron como típico de su cultura política. Sin embargo, la libertad griega era muy limitada y solamente valía para una minoría de privilegiados. La democracia ateniense sería considerada hoy una aristocracia.


En cuanto a la filosofía griega: no confiere importancia a la libertad. Esta no está en el centro de su concepción de ser humano. Para ella, el ser humano se define por el pensamiento, por el conocimiento de la esencia de las cosas, en una ascensión intelectual que puede llegar hasta el descubrimiento de un Dios “único motor del universo”. El concepto actual de libertad deriva de la Biblia y, sobretodo, del Nuevo Testamento. Las expresiones modernas son versiones secularizadas del concepto cristiano. Algunos reconocen esa filiación. Muchos la ignoran y algunos la niegan terminantemente. Sin embargo no existe otra fuente.


El ser humano participa de la divinidad en el sentido de que es hecho libre como Dios es libre. Para que la persona sea libre, Dios renuncia a su poder. Entrega el poder al ser humano – juntamente con toda la creación – para que él construya su vida con toda libertad. Dios se retira para no imponerse. Su presencia en el mundo se manifiesta en la vida y en la muerte de Jesús. Dios se hizo un crucificado para que el ser humano fuese enteramente libre. Esta libertad puede ser para el bien y para el mal. No hay libertad si no hubiera posibilidad de elección.


El deseo secreto de muchos es que Dios nos retire la libertad y gobierne el mundo él mismo con su poder divino. Solamente así habría paz y justicia en la tierra. No habría más malhechores, ni guerras y destrucciones. Sin embargo, Dios escogió otro camino. ¡Cuántas oraciones son hechas pidiendo a Dios que venga establecer la paz y la justicia! Pero esas oraciones permanecen sin respuesta, toda vez que la respuesta ya fue dada. La paz y la justicia son de nuestra responsabilidad. Somos una humanidad libre llamada a hacerse por sí misma.


Muchos quieren la libertad que no los haga depender de nada ni de nadie – libertad egoísta, individualista, que no se siente responsable por nada y por nadie. Pero no quieren libertad cuando se trata de responsabilidad, de construcción de sí mismos y del mundo. Quieren la libertad sin responsabilidad y sin compromiso. No quieren la libertad por la cual la humanidad se hace a sí misma y se responsabiliza por la caminata del mundo. En la libertad hay aspectos trágicos. Al lado de los que construyen, hay los que destruyen. Al lado de las personas que procuran la vida, hay las que procuran la muerte. Dios hizo una apuesta: creyó en la capacidad de libertad que hay en el ser humano y envía su Espíritu a los que aceptan ser libres.


“Vosotros, hermanos, es para la libertad que fuisteis llamados”(Gl 5,13). ”Es para ser verdaderamente libres que Cristo nos liberó.”(Gl 5,1). “ Donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad” (2Co 3, 17). “Si es el Hijo el que os libera, seréis realmente personas libres. (Jn 8, 36). 8


El cuarto tema es el del pueblo de Dios.9 El concepto de pueblo de Dios es bíblico. No es un concepto usado por las ciencias humanas, pues éstas lo ignoran.10 El concepto aparece en la Biblia y es una de las estructuras básicas de su mensaje. El pueblo de Dios define las relaciones humanas como resultado de la libertad. Lo que hace el pueblo es la libertad de sus miembros, la libertad constructiva y responsable. En el pueblo de Dios no hay dominación, ni explotación del hombre por el hombre. El pueblo de Dios es una esperanza escatológica. Nunca existirá en forma perfecta y definitiva en esta tierra, pero podemos construirlo y dar pasos en dirección a la justicia y a la paz.



Fue la promesa hecha a Abrahán: “Yo haré de ti un gran pueblo y te bendeciré” (Gn 12, 2). Ese pueblo es el interlocutor de los profetas. Los profetas son la conciencia del pueblo de Dios y por eso levantan la voz cuando los descendientes de Abrahán se alejan de su vocación. Jesús también habla para el pueblo. Su interlocutor es el pueblo de Dios. Denuncia que ese pueblo está siendo engañado por falsos profetas, falsos intérpretes de la palabra de Dios, que lo desvían de su vocación. El vino para cumplir las promesas hechas a Abrahán. Las barreras se van a romper: todos serán llamados a entrar a ese pueblo – todos los que buscan la libertad, los que escuchan la palabra y están actuando al servicio de sus hermanos.


“Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque visitó a su pueblo y realizó su liberación (Lc. 1, 68). El pueblo decía: “ Un gran profeta se erigió en medio de nosotros y Dios visitó a su pueblo”. (Lc. 7, 16). Los paganos reciben el anuncio: “Vosotros, sin embargo, sois la raza elegida, la comunidad sacerdotal del rey, la nación santa, el pueblo que Dios conquistó para sí... Vosotros que otrora no erais su pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios.” (1Pd 2,9 – 10).


Hubo teólogos que procuraron marginalizar el concepto de pueblo de Dios con el pretexto de que sería un concepto sociológico. Ningún manual de sociología consultado habla del pueblo. El pueblo científicamente no existe – se trata de una realidad teológica. Sin embargo, las palabras “pueblo de Dios” fueron eliminadas de los discursos y escritos romanos desde 1985 – cuando se reunió el sínodo extraordinario para corregir el Concilio Vaticano II.


El concepto de pueblo de Dios se constituyó en eje central de la eclesiología conciliar. Incluso así fue alejado sin que hubiesen sido dadas mayores explicaciones.11 La razón podría ser que el pueblo de Dios amenazaba la prioridad del sistema católico romano, que pretendía englobar la totalidad de la herencia cristiana. El Concilio Vaticano II quiso explícitamente ampliar la obra de salvación de Jesús más allá de los límites de la institución católica. Podría ser también el uso que hicieron de ese concepto las comunidades eclesiales de base en la América Latina – ya que era muy usado por esas comunidades, que eran denunciadas como marxistas, el concepto de pueblo debía ser marxista también. Sin embargo, el concepto de pueblo no es marxista. Pero, ¿quién iría a averiguar?


El concepto de pueblo de Dios abarca a la humanidad toda. Pues todos los pueblos, naciones y lenguas son llamados a formar el pueblo de Dios. En el pueblo de Dios desaparecen las barreras que aíslan los pueblos y hacen de cada pueblo el enemigo de los otros. El pueblo de Dios es toda la historia de la humanidad vista en su sentido más profundo – pues la historia de los pueblos no son los conflictos, las guerras, la ascensión de fuerzas políticas o económicas. El sentido profundo de la historia humana es la reconstitución de una humanidad unida. Ella es hecha de muchos esfuerzos para buscar la paz y la colaboración entre todos los pueblos. Es una tarea inmensa y que parece imposible, pero el pueblo de Dios va caminando aún en medio de esos obstáculos que parecen intraspasables.


Finalmente llegamos al tema de la vida, que es el centro de referencia de los otros. El actuar constructivo resulta de la vida estimulada por el Espíritu – que da solidez a la vida, para que todos tengan más vida.


La palabra llama para la vida y es fuente de vida. Ella despierta la vida, levantando a los seres humanos adormecidos. La vida también enseña a hablar la palabra de Dios. La palabra resuena como llamado para alcanzar la vida.


La vida es libertad, y la libertad tiene por fin la vida. Ser libre es vivir, y vivir es luchar para conquistar y aumentar la libertad.


La vida no combina con el individualismo. No vivimos solos. Vivimos en una red compleja de relaciones con millones de otras personas. Nuestra es la herencia de los milenios de la humanidad y ella está al servicio del crecimiento, de la liberación y de la felicidad del pueblo de Dios.




La vida no es un concepto científico. Ya decía el gran biólogo francés François Jacob : “Nadie más se hace preguntas sobre la vida en los laboratorios”.12


La vida es un concepto teológico. La teología no dirá lo que es la vida. Esta sería una pregunta absurda. ¿Cómo enunciar en conceptos abstractos lo que es la realidad concreta? Definir sería referir a otras realidades que no son la vida. La cuestión no es la definición. La cuestión teológica se desdobla en estas preguntas: ¿de dónde viene la vida? ¿Para dónde va la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida? A esas preguntas las ciencias no ofrecen respuestas. Sin embargo, Dios ya dijo lo que debía ser la vida. Por eso la vida es problema teológico – y tal vez el problema teológico fundamental.


“La Buena nueva que os anunciamos es que abandonéis esas tonterías para convertiros al Dios vivo” (He 14, 15). “Tengo sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42, 3).”Yo vine para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Estos (hechos) fueron escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y que, creyendo, tengan la vida en su nombre” (Jn 20, 31).


La vida es el atributo principal de Dios. Por la analogía con nuestra vida, podemos entender algo de Dios. Él también vive. Vive y es fuente de vida. La vida se muestra fecunda, expansiva. La vida crea más vida, se multiplica. La consideración de nuestra vida nos permitirá entender alguna cosa de Dios, y la consideración de la vida de Dios nos permitirá entender mejor lo que es nuestra vida.


Jesús dice: “ Yo vivo, y vosotros viviréis” (Jn 14, 19). Esa es nuestra esperanza y nuestra confianza en el Espíritu Santo.


Si nos preguntamos: ¿qué hace el Espíritu Santo? La respuesta es: él da vida, libertad, don de la palabra, fuerza para actuar, crea el pueblo de Dios.


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1 Los proyectos elaborados por los episcopados de Francia y de Alemania para el documento conciliar sobre la Iglesia no hablaban explícitamente del Espíritu Santo. El tema fue introducido por influencia del proyecto del episcopado chileno.


2 Cf. José Comblin, Espíritu Santo, en Ignacio Ellacuria y Jon Sobrino, Mysterium liberationis, Trotta, Madrid, 1990, t.1, p. 619 – 642


3 Cf. El tiempo de la acción. Ensayo sobre el Espíritu y la historia, Vozes, Petrópolis, 1982


4 Cf. José Comblin, Los Santos padres de América Latina, en Revista Latinoamericana de Teología, nº 65, San Salvador, UCA, p, 163 – 172


5 Cf. A força da Palabra, Vozes, Petrópolis, 1986


6 Cf. Vocación para la Libertad, Ediciones Paulinas, Santiago, 1998


7 Los textos más contundentes fueron la Encíclica “Mirari vos” de Gregorio XVI (1832) y el Syllabus de Pío IX (1864). En la práctica muchos teólogos y actores sociales fueron condenados por algún motivo siempre ligado a la libertad – sea la libertad de pensar, sea la de actuar en la sociedad.


  1. Hubo una época en que los comentaristas de San Pablo decían que en esos versículos Pablo estaba exagerando y que se debía relativizar esas afirmaciones tan radicales. En la actualidad ya no se permite tal arbitrariedad porque relativizar esas afirmaciones de Pablo es suprimir las tesis fundamentales de su mensaje.


  1. Cf. O povo de Deus, Paulus, São Paulo, 2002.


  1. Cf. Pierre Rosanvallon, Le peuple introuvable, Gallimard, Paris, 1998


11 Cf Ignacio Ellacuria, Escritos Teológicos, t. II UCA, San Salvador, 2000, p.317 – 396


12 Cf. François Jacob, La logique du vivant, Gallimard, Paris, 1970, p.120; Michel Henry, C’est moi la véritê, Seuil, Paris, 1996, p. 46-70


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El DIOS DE LA VIDA




La expresión "Dios de la vida" se encuentra frecuente­mente en la Biblia. Sin embargo, esta expresión no aparece mucho en la teología, en los catecismos y en la liturgia.

La teología fue influenciada por los filósofos griegos. Estos mues­tran un Dios que es el Ser supremo. Le aplican la categoría de Ser, haciendo de él el Ser supremo, motor u origen de todo el ser. El ser humano es participación del Ser de Dios. La obra de redención tiene por objeto llevar al ser humano a otro nivel de ser.

Esa primacía del concepto de ser muestra que Dios es visto a partir de una cosmología. Para los griegos, la realidad está hecha de diversos niveles de ser, que son representados como objetos. Cada nivel es permanente, definido por una naturaleza. La naturaleza es inmutable. No se puede pasar de una naturaleza a otra. Cada elemento del mundo es definido por su situación en la escala de los seres. Por consiguiente, la antropología que corresponde a esa teodicea contempla la naturaleza permanente del ser humano, definido por su naturaleza. Ni el movimiento, ni el tiempo, ni el cambio pertenecen a la naturaleza y, por consiguiente, están desprovistos de interés. Con esas condiciones, no hay posi­bilidad de alcanzar el sentido de lo que sea la vida. 1


Tomando el ser como valor supremo, la teodicea griega no encuentra manera de interpretar el movimiento, la transformación y la vida. Ella idealiza lo permanente, lo estable, lo inmutable y todo cambio es depreciado - considerado inferior. Lo que se idealiza es la eternidad inmóvil de Dios, que sirve como modelo para los seres humanos. Por eso, la contemplación del ser eterno es superior a las actividades terrestres materiales que actúan en el mundo.


De la eternidad del ser derivan la armonía, el orden y la tranquilidad. De allí la admiración por el firmamento, donde todas las estrellas ocupan los mismos lugares y la misma relación unas con las otras. Su movimiento es permanente y siempre igual. No cambia en nada la sincronía existente entre ellas. Para los filósofos antiguos, el cielo de las estrellas era como una imagen del mundo ideal. Se proclama la superioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa – aunque Jesús haya desempeñado vida activa y no vida contemplativa. Basada en una cosmología de la estabilidad, la concepción del Dios como Ser supremo engendra una religión con­servadora. La sociedad debe imitar el orden de las estrellas. Todo cambio será visto como desorden, como desobediencia al Creador, que creó las cosas para que sean estables, cada una según su naturaleza. El ideal humano por excelencia es el or­den. De hecho, durante toda la historia de la cristiandad, el concepto de orden estuvo en el centro de la teología. La teología dogmática muestra el orden del universo, y la moral muestra cómo se debe obrar para mantener el orden. Lo bueno es lo ordenado.


Esa metafísica entró profundamente en la teología que, por ese motivo, ignora la subjetividad o desconfía de ella, como desconfía de todos los movimientos filosóficos modernos que estudiaron diversos aspectos de la subjetividad.

La misma eclesiología refleja esa teodicea. En el siglo XIX, en plena ascensión de la modernidad y del Iluminismo, un ilus­tre predicador francés, que refundó la Orden Dominicana en Francia, fray Lacordaire, considerado uno de los hombres más progresistas en la Iglesia de aquel tiempo, inauguró la famosa tradición de los sermones de cuaresma en Nôtre Dame de Paris. En cada domingo de la cuaresma un predicador ilustre estaba encargado de tratar un tema de actualidad. El primero fue Lacordaire, también conocido por su gran talento de oratoria.






Hablando de la Iglesia en medio de un mundo en plena ebullición, Lacordaire afirma que ella "mole sua stat”.2 La Iglesia está en pie gracias a su masa. Ella es como una masa inerte, como una piedra inerte que resiste a todas las presiones, a todas las vicisitudes del mundo. La sociedad estaba en pleno cambio, pero la Iglesia permanecía inmutable, firme en su masa inerte. Esa era la convicción unánime protagonizada por la figura más prominente de la Iglesia de aquel tiempo, cuando Francia era el mayor país católico de la cristiandad. ¿De dónde podía emerger ese pensamiento? De la filosofía griega integrada en la teología católica oficial, o sea, la teología de la jerarquía.

La presencia del Ser como eje principal del pensamiento cató­lico solamente podía agradar a las clases dirigentes de la sociedad, que sentían el apoyo de la Iglesia en sus luchas contra cualquier tipo de revolución o de cambio. Hasta hoy la Iglesia romana, especialmente en Europa, no consiguió y no quiso liberarse de ese conservadurismo. Se tornó en guardiana del orden. Se consti­tuyó en firme apoyo a los partidos conservadores, tolerando solamente algunos movimientos progresistas de católicos, pero con muchas reservas. Esa práctica conservadora podía invocar argumentos sacados de la teología tradicional de Occidente.3

Esto explica por qué todo cambio es considerado peligroso, una amenaza a la identidad del cristianismo. Adoptar el Dios de la vida como atributo principal de Dios sola­mente podía haber comenzado en otro continente. De hecho, eso ocurrió en América Latina.4


"En nombre de los habitantes de Villa El Salvador, y de todos los nuevos barrios pobres de Lima, Víctor e Isabel Chero, presen­tados fraternalmente por el pastor de la región, el Obispo Germán Schmitz, iniciaban así su saludo a Juan Pablo II: "Santo Padre, tenemos hambre". En su simplicidad y dureza, esa frase da el tono a todo lo que sigue: "Sufrimos miseria, nos falta trabajo, estamos enfermos. Con el corazón partido de dolor, vemos que nuestras esposas pasan los embarazos tuberculosas, que nuestros niños mueren, que nuestros hijos crecen frágiles y sin futuro... Pero a pesar de todo creemos en el Dios de la vida".5

La preocupación por la vida se vuelve particularmente sensible cuando está amenazada por la muerte. Quien consigue crear una am­plia estructura de protección contra todos los peligros, no necesita preocuparse por la vida. Puede estar en la ilusión de que la muerte no existe y que la vida es un bien asegurado. Para quien vive en una amenaza permanente, sintiendo que la muerte está muy cerca, no puede no pensar en la vida, valorizarla, preocuparse por ella y recurrir a Dios. Para ésos, Dios es el último recurso, la última defensa, el único salvador cuando todos los otros están haciendo falta. El Dios de la vida es una expresión muy significativa.

Ahora bien, la América Latina es un continente en que la amenaza de muerte está muy cerca de la mayoría de la población. Esa situación continúa después de 50 años de discursos, reuniones, asambleas, proyectos, promesas solemnes, planes, tratados etc. La situación actual es herencia de la colonización. En 50 años, el continente cambió mucho, produjo mucha riqueza para las empresas extranjeras y para las elites locales herederas de los colonizadores. Las ciudades son, por un lado, la reproducción fiel de las ciudades norteamericanas, pero, por otro lado, refugios de millones de miserables. Parece que la colonización fue una maldición para la inmensa masa de los pobres.

La conquista fue hecha bajo la señal de la muerte. Los pueblos indí­genas fueron exterminados, reducidos a la esclavitud, víctimas de enfermedades desconocidas. Se desencadenó un genocidio que hizo desaparecer a la gran mayoría de la población – tal vez 80% y en ciertas regiones más todavía. Algunos estiman en 80 o 90 millones el número de víctimas. En la isla de Santo Domingo y en la isla de Cuba no sobrevivió ningún indígena. Fue un inmenso genocidio.6






Los indígenas vivieron eso como un gigantesco cataclismo contra el cual no había defensa posible. 7 La conquista se realizó con una crueldad increíble. Los indígenas fueron torturados, quemados, cortados en pedazos. Todo lo que tenían fue des­truido. Perdieron sus ciudades, su organización social, su sistema económico, su cultura y, poco a poco, la propia lengua. Para ellos, fue como si el mundo hubiese acabado, dejando apenas ruinas.8

Chilam Balam de Chumayel, el porta-voz del pueblo Maya, narra lo siguiente respecto a lo que aconteció con la llegada de los españoles: "Entró para nosotros la tristeza... Porque los 'muy cristianos' llegaron aquí con el verdadero Dios. Pero ése fue el principio de nuestra miseria, el principio del tributo, el principio de la “limosna”, la causa de la cual salió la discordia oculta, el principio de peleas con armas de fuego, el principio de los atropellos, el prin­cipio del despojamiento de todos, el principio de la esclavitud, el principio de las deudas ficticias, el principio del sufrimiento. Fue el principio de la obra de los españoles y de los padres, el principio de los caciques, de los maestros de escuela y de los fiscales.

¡Eran niños pequeños los jóvenes de los pueblos y cómo eran martirizados! ¡Desgraciados esos pobrecitos! Los pobrecitos no protestaban contra aquél que los esclavizaba, el Anticristo en la tierra, puma de los pueblos, gato montés de los pueblos, y chupador del pobre indio. Pero llegará un día en que llegarán hasta Dios las lágrimas de sus ojos y vendrá la justicia de Dios de un golpe sobre el mundo".9

Fueron reducidos a la condición de esclavos. Centenares de milla­res murieron en las minas de plata de Potosí. La plata de Potosí enriqueció los palacios y las iglesias de España. Los esclavos indígenas tuvieron que trabajar en el interior de la montaña en condiciones insoportables, que hacían que muriesen en pocos meses. Cada comarca era obligada a proveer un con­tingente de trabajadores condenados a morir de esa manera cruel en las minas. Los jefes indígenas tenían que mandar a sus jóvenes para el sacrificio.

Los conquistadores se apoderaron de las tierras productivas, y los indígenas tuvieron que trabajar como esclavos, siendo tra­tados con crueldad.

Después de ellos, vinieron los esclavos africanos. Fue otro geno­cídio. El comercio de los esclavos africanos se transformó en relevante negocio, que permitió la primera gran acumulación de capital y el origen del capitalismo. El comercio de los esclavos hizo la riqueza de Europa. Millones de esclavos fueron llevados del África para la América. Muchos murieron en el viaje, dadas las condiciones infrahumanas en que eran transportados en los navíos. Como esclavos, tuvieron que trabajar en las plantaciones o en las minas. Los que eran escogidos para el servicio doméstico podían considerarse privilegiados.


Los esclavos africanos perdían la libertad, sus familias, sus bienes, su lengua y su religión. Entraban en un mundo totalmente ajeno, sin comunicación alguna a no ser la amenaza de castigo. Estaban rigurosamente sin nada, contando solamente con la co­mida dada por el dueño - que era siempre escasa. Morían después de pocos años, agotados por las condiciones de trabajo.


Sobre los indios y los esclavos negros la muerte revoloteaba siem­pre, sin cesar. La muerte estaba siempre rondando cerca. Todo les recordaba que eran los vencidos y dependían de los caprichos de los vencedores. La vida de ellos dependía del humor de sus dueños. Cualquier motivo extraordinario, por más insignificante que fuese, podía provocar la muerte. E incluso no habiendo eso, el trabajo excesivo llevaba a la muerte prematura casi inevitablemente.


Cuando se habla de muerte y vida en este continente, no pode­mos perder de vista esa historia, pues ella continúa determi­nando la condición de los pueblos.








Hace casi dos siglos que se proclamó la independencia en la mayoría de los países que nacieron de la desintegración del imperio español - y, en el caso del Brasil, del imperio portugués. Los nuevos Estados independientes imitaron las constituciones de los Estados europeos o de los Estados Unidos. Proclamaron la libertad de todos, pero no suprimieron la esclavitud a no ser mucho más tarde. Proclamaron la igualdad de todos los ciudadanos, pero unos pocos tenían todo y la mayoría quedaba sin nada. Toda la propiedad quedaba en las manos de las familias de los vencedores, y la solidaridad era puro discurso.


Las constituciones son actualizadas periódicamente y procuran confirmar los derechos y deberes de todos los ciudadanos, con el fin de convencerse de que tienen un Estado republicano y de­mocrático. Sin embargo, el tenor de las constituciones y de las leyes no es aplicado de modo inmediato cuando se trata del derecho de los negros y de los indios. No son ciudadanos iguales, a pesar de todos los textos. Las proclamaciones de derechos no consiguen cambiar el contenido de la sociedad. Los descendientes de los indígenas y de los esclavos ya no son tratados como propiedad de sus dueños. Pero ellos permanecen igualmente marginados. Un abismo separa a los descendientes de los vencedores y los de los vencidos. Además, una fuerte inmigración blanca reforzó a la clase dirigente, proveyéndole los cuadros necesarios para modernizar el país sin recurrir a las razas inferiores, que permanecen fuera de las ins­tituciones, del régimen de trabajo, de la economía moderna y del desarrollo cultural. El racismo es condenado por las leyes, pero es practicado en la vida diaria y permanece como estructura básica de la sociedad.


Es verdad que, en las últimas décadas, surgieron movimientos indígenas y negros que consiguieron aglutinar fuerzas políticas y procuraron ejercer un papel político importante como en Bolivia, en Perú y en Ecuador. Pero, hasta ahora, todavía no entra­ron en el tejido de la economía o de la cultura dominante. Todavía son marginalizados, aunque su poder pueda crecer en el futuro.


Todo eso hace de América Latina un continente de muerte. Las elites no quieren ver, no quieren saber y procuran esconder la realidad. Creen que, con un buen discurso, los problemas se resuelven. Un turista o un viajero pueden perfectamente recorrer muchas de nuestras ciudades y puntos turísticos sin descubrir que existen millares de miserables. Mientras las elites se nieguen a ver y a reconocer la realidad, será muy difícil cambiar la situación.


Todavía estamos próximos a la situación descrita por Bartolomé de Las Casas: "La causa por la cual los cristianos mataron y des­truyeron un número tan grande de almas fue solamente por tener como su fin último el oro, queriendo henchirse de riquezas en pocos días".10


Sin embargo esos pueblos vencidos también quieren vivir. Hacen la experiencia diaria de la precariedad de su vida. Deben luchar para sobrevivir. Muchas veces son obligados a inventar medios de subsistencia tan limitados que les permiten más una supervivencia que una vida verdadera. Sin embargo, quieren vivir, y por eso la vida tiene un sentido mucho más fuerte para ellos.

El Dios de la vida responde más intensamente a sus aspi­raciones, por ser la única esperanza que tienen para vivir. Es frecuente oír de ellos que, si no hubiese Dios, nadie los ayudaría a vivir.

Por eso, en Medellín, los obispos latinoamericanos reunidos en la 2a Conferencia del CELAM, podían decir: "Esta miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama a los cielos".11 "Al hablar de una situación de injusticia, nos referimos a aquellas realidades que expresan una situación de pecado". 12 "Una Iglesia pobre denuncia la carencia injusta de los bienes de este mundo y el pecado que la engendra". 13




Puebla explicita todavía más las afirmaciones de Medellín: "En esta angustia y dolor, la Iglesia discierne una situación de pecado social, cuya gravedad es tanto mayor cuando se da en países que se dicen católicos y que tienen la capacidad de cambiar" (Puebla, n. 28).


"Pero a una actitud personal de pecado, la ruptura con Dios que degrada al hombre, corresponde siempre, en el plano de las relaciones interpersonales, la actitud de egoísmo, de orgullo, de ambición y envidia que genera injusticia, dominación y violencia en todos los niveles; corresponde a la lucha entre individuos, grupos, clases sociales y pueblos así como la corrupción, el hedonismo, la exacerbación sexual, y la superficialidad en las relaciones mutuas. Consecuentemente se establecen situaciones de pecado que, a nivel mundial, esclavizan a tantos hombres y condicionan adversamente la libertad de todos. Tenemos que liberarnos de este pecado; del pecado que destruye la dignidad humana" (Puebla, n.328)


A los que se preguntan por qué la Iglesia se mete en los proble­mas sociales, económicos y políticos de la América Latina, Puebla responde: porque se trata de un inmenso pecado, y el pecado es materia para la Iglesia. La Iglesia no quiere interferir en cuestiones técnicas, pero levanta la voz cuando se trata de pecado. A sus ojos, la situación de América Latina no es problema técnico, sino problema de la voluntad humana. Las situaciones inhumanas no se deben a razones técnicas, sino a decisiones tomadas por hombres concretos que defienden estructuras injustas definidas por otros hombres en el pasado.

La situación de América latina no cambió mucho desde Puebla, salvo en el sentido que hubo un gran desarrollo y que ese desarrollo enriqueció a una pequeña clase dominante, dejando a las grandes masas en una situación más precaria, con el aumento del desempleo y la ausencia de políticas habitacionales decentes. Dada la inercia de los dirigentes, podemos presumir que el futuro de América Latina es el desempleo, la favela y la violencia. Muy poco se hace para cambiar esa situación. Hay, sí, una conciencia creciente en las masas marginadas de que ya no deben someterse pasivamente a la dominación que las oprime. Hay un despertar de los pueblos oprimidos. Ése es el significado de las elecciones en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Nicaragua, en México, en Paraguay e incluso en la Argentina, en el Uruguay y en el Brasil. ¿Qué puede suceder? Todavía no sabemos. No podemos prever lo que los pueblos pueden hacer y cómo pueden vencer a las clases dirigentes que concentran poderes tan inmensos. Sin embargo, las fuerzas de vida se están expresando. Los pueblos no morirán y no serán aplastados. Pueden reaccionar un día.

Por consiguiente, hay una interpretación típicamente cristiana de la situación en que estamos viviendo. Es una aplicación práctica del drama de la humanidad manifestado en la Biblia, y que s. Pablo condensa en fórmulas contundentes. La historia va siendo teji­da en una lucha constante entre fuerzas de vida y fuerzas de muerte. Al final la muerte parece triunfar - lo que se manifiesta en la historia del pueblo de Dios y en la muerte de Jesús -, pero, con la resurrección de Jesús y con la resurrección permanente del pueblo de Dios en medio de tanta muerte, es la vida la que triunfa.

Lo que la Biblia nos dice no puede ser una historia pura­mente literaria. No puede referirse a un mundo sobrenatural paralelo al nuestro. Ella nos enseña lo que viene aconteciendo en la vida de los seres humanos en todos los tiempos - y, de modo particular, en nuestro tiempo. La América Latina es el ejemplo más evidente de esa revelación del misterio de la historia de la humanidad.

La Biblia solamente puede ser entendida si nos referimos a situaciones reales vividas por seres humanos también reales. Y las situaciones de nuestra vida solamente reciben su sentido verda­dero cuando hay referencia a la Biblia - de modo particular a la vida, a la muerte y a la resurrección de Jesús.








El mensaje cristiano transforma las perspectivas humanas. El problema que perturba a los seres humanos y que los preocupa es que tenemos que morir. Lo que preocupa es nuestra muerte personal. Las religiones proponen una infinidad de recetas para recurrir a las fuerzas sobrenaturales que nos pueden salvar de la muerte. El miedo de la muerte preocupa a todos, también a los privilegiados de la sociedad. Procuran alejar ese pensamiento, pero, a pesar de una vida de distracción, no consiguen escapar. En el fondo esa preocupación está presente y va creciendo con la edad. La industria de la diversión procura alejar la idea de la muerte, pero en la práctica no lo consigue.


Las filosofías enfrentaron la realidad de la muerte y procuraron amenizar esa perspectiva con la sabiduría, para tornarla menos cruel, menos perturbadora y menos sufrida.

En la Biblia la perspectiva es invertida. Lo que preocupa no es nuestra muerte, sino la muerte que provocamos en los otros. No es la muerte que sufrimos, sino la muerte que desencadenamos, que nos usa como instrumentos para matar a nuestros hermanos. Pues, si hay en nosotros fuerzas de vida que nos permiten crear vida, servir a la vida, también hay fuerzas de muerte que matan. Somos capaces de destruir y de matar a otros seres humanos. Algunos pocos matan de un golpe. Pero es posible también matar sometiendo a todo un pueblo a la esclavitud y a la miseria. Cuando el mundo rico da a sus trabajadores un salario diez veces más alto de lo que ganan los trabajadores del tercer mundo para hacer el mismo trabajo, mata. Cuando el capital sirve para enriquecer a un puñado de accionistas, dejando a los trabajadores en un nivel de subsistencia, mata.

Los sabios de este mundo inventaron teorías para explicar que esas muertes son consecuencia inevitable de las leyes de la economía y que no hay nada que hacer, a no ser aliviar los sufrimientos con limosnas y ayuda asistencial. No quieren reconocer que decisiones humanas pueden transformar la economía. Ahora bien, no podemos buscar refugio en las leyes de la economía para sentirnos libres de toda responsabilidad.

El problema mayor no es que vamos a morir, sino que pode­mos - consciente o inconscientemente - matar o ser cómplices con quien mata a los pocos. Se mata incluso por la indiferencia delante de la muerte lenta o rápida de los otros - que son personas como nosotros.

Por eso, la América Latina entra en nuestra perspectiva. Ella constituye una manifestación del drama explicitado por Jesús y por Pablo. Todos los pueblos mueren, pero aquí en esta América se mata. Un puñado de poderosos condena a muerte a una gran masa, con total indiferencia o por la explotación sistemática. Su dios continúa siendo el oro, y el oro mata. Tenía razón el cacique indio que había descubierto que el dios de los blancos era el oro, y que, para conquistar sus favores, era preciso organizar el culto al oro. El culto al oro continúa funcionando perfectamente también hoy.


Pablo describe esa situación con fuerza y energía. La muerte es con­secuencia del pecado. El pecado está en nosotros y el pecado consiste en matar al hermano, cualquiera que sea la forma. La muerte está en nosotros como capacidad de matar, como inclinación para matar.

"Así como el pecado había reinado para la muerte, así por la justicia, la gracia reine para la vida eterna por Jesús Cristo nuestro Señor" (Rm 5,21). "Que el pecado no reine más en vuestro cuerpo mortal para hacernos obedecer a sus tendencias. No pongáis más vuestros miembros al servicio del pecado como armas de injusticia, sino, como vivos salidos de entre los muer­tos, haciendo de vuestros miembros armas de justicia, poneos al servicio de Dios" (Rm 6,12-13). 14

"Pues yo sé que en mí - quiero decir, en mi carne - el bien no habita: querer el bien está a mi alcance, no, sin embargo, practicarlo, visto que no hago el bien que yo quiero, y hago el mal que no quiero. Ahora bien, si hago lo que no quiero, no soy yo quien obra, sino el pecado que está en mí" (Rm 7,18-20).




Pablo expresa esa idea dentro del cuadro de la representación bíblica del Génesis - que describe cómo el pecado entró en el mundo con Adán. Pero no debemos tomar al pie de la letra las figuras literarias de la Biblia, que son mitos corregidos y adaptados a la revelación de Dios. Lo que Pablo enseña como novedad es que todos nosotros estamos en el pecado, que el pecado actúa en nosotros y que nuestra vida será una lucha contra ese pecado - contando con la gracia de Dios.

En las últimas décadas – sobre todo después de la conferencia de Me­dellín - se destacaron los conceptos de pecado social y de pecado estructural. La dominación y la exclusión se tornaron estructuras de la sociedad de tal modo que renunciar al pecado supone reformas estructurales. Está claro que las clases dominantes no reconocen el pecado social y también no ven pecado alguno en la economía establecida. Sin embargo, la experiencia vivida por todos los que luchan por la justicia y por la paz enseña que el mal está en la estructura. Por eso seres humanos pueden no darse cuenta de que están en el pecado, porque no ven las estructuras de pecado.15

Ahora bien, por la gracia de Dios, podemos librarnos de esa fuerza de muerte que está en nosotros e ingresar en una nueva existencia que es de vida. La vida triunfa sobre la muerte desde ahora por el don de Dios que está activo en el presente.

La muerte deja de estar presente y activa en nuestro obrar. Ya pode­mos producir vida, y no muerte. La vida triunfa sobre la muerte.

Esta lucha entre la muerte y la vida constituye el drama de la historia humana. Claro que en esa historia ocurrieron muchas otras cosas. Hubo la formación y el desarrollo de civilizaciones, cambios en el modo de vivir, prolongación de la vida gracias al conocimiento más exacto tanto de las enfermedades como de los remedios - y así sucesivamente. Todo esto es evidente, ni precisaría ser recordado. Sin embargo, en el fondo de cada expresión de la historia humana está siempre presente una cuestión fundamental: ¿esto favorece la muerte o la vida?

Esta lucha entre fuerzas de vida y fuerzas de muerte es el desafío de la libertad: ¿vamos a matar o a dar vida? Esa elección, ese ejercicio de la libertad desafía a cada persona. Cada una se define por la respues­ta a la pregunta: ¿estoy dando vida o destruyéndola? ¿Hasta qué punto yo estoy dando vida y hasta qué punto la estoy destruyendo?

Los seres humanos están llamados a tejer su vida; el nivel más profundo de la opción es la elección entre el servicio a los otros o la destrucción de los otros. Es en esa elección que se define para siempre el valor de la persona. Su suerte, al final de esta vida ter­restre, depende de la elección hecha durante esta vida.

La historia humana está hecha de guerras casi ininterrumpidas. Los monumentos de la historia de los pueblos antiguos se refieren esen­cialmente a las guerras y sobre todo a las victorias, porque a los pueblos vencidos no les gusta recordar las derrotas - aunque a veces las recuerden para mantener la esperanza de una venganza.

Hubo guerras en que fue practicado un verdadero exterminio. Hubo guerras que duraron varias décadas - como la guerra civil colombiana, que todavía continúa y de la cual no se prevé un final. En el presente hay guerras en el Oriente Medio, en Sri Lanka, en las Filipinas y en las fronteras de la República del Congo.

Hay matanzas que procuran destruir un pueblo entero, como ocurrió en el Holocausto nazista. Hay guerras raciales, religiosas, po­líticas y económicas que tienen por finalidad la destrucción de una raza, de una religión, la afirmación del poder de dominación política o la dominación económica sobre los recursos naturales.






La propia Iglesia fue responsable de innumerables guerras. Hubo las cruzadas contra los musulmanes y contra los herejes. El Papa fue, durante siglos, el jefe de los ejércitos cristianos, teniendo como subordinados emperadores, reyes y duques o condes. Para poder ser jefe del ejército, tenía que esconder el evangelio y adoptar como cristianismo una ideología imperial heredada del Imperio bizantino de Constantinopla.

Hoy, la guerra del Oriente Medio en Afganistán o en Irak - con la amenaza de extenderse para el Irán - es una guerra hecha en nombre del cristianismo, con el fin de imponer el modo de ser de los americanos al mundo entero. Los musulmanes sienten en ella la continuación de las cruzadas. Así como perciben en el Estado de Israel una continuación del reino cristiano de Jerusalén - que duró 250 años.

Esa omnipresencia de la guerra muestra lo que son las fuerzas de muerte en la historia humana. Cuántos pueblos aniquilados, cuántas ci­vilizaciones destruidas, cuántos pueblos viviendo en esclavitud.

En este momento, dominan las fuerzas económicas de los grandes grupos financieros y de las multinacionales, que pueden contar con la fuerza militar de los Estados Unidos y de la Europa. El resultado es visible: grandes masas populares excluidas y condenadas a sobrevivir con las sobras; reducción de la remuneración del trabajo, orgullo de una clase dominadora que moviliza cada vez más los recursos mostrando con arrogancia su riqueza. El rendimiento del capital va creciendo y la parte de los trabajadores está disminuyendo. Es una verdadera guerra de los dueños del capital contra los trabajadores y las masas populares en general. Si las víctimas son descendientes de los esclavos negros o de la población indígena, la destrucción es peor todavía - como ocurrió en África por parte de las potencias económicas, que recurrieron a la guerra para mantener su imperio económico.

La historia de las guerras muestra el gigantismo de las fuerzas de muerte - con el agravante de que las guerras fueron sacralizadas. Los combatientes pretendieron matar en nombre de su Dios o de sus dioses. Los que murieron en la guerra son tratados como héroes o mártires, cuando en la realidad fueron simple­mente víctimas de los dominadores. Fueron víctimas de las fuerzas de muerte. Creen que Dios es quien da la victoria y que él está implicado en el conflicto queriendo dar la victoria a su preferido. De ahí la im­portancia de la oración y de los sacrificios ofrecidos para conseguir la victoria, o sea, para poder matar a los otros. De ahí la importancia de la presencia de obispos o por lo menos de sacerdotes en los campos de batalla y en los cuarteles. Se trata de dar un sentido religioso a la guerra, lo que excita más el impulso guerrero de los soldados combatientes.

Todavía hoy, en una sociedad bastante secularizada, continúa existiendo la sacralización de las fuerzas armadas, a las cuales se les reconoce en tantos países el derecho de dirigir la nación. Las fuerzas armadas son los últimos objetos sagrados de una cultura secularizada. Basta ver lo que aconteció y aún está aconteciendo en los Estados Unidos.

Gran parte de las investigaciones científicas actuales consiste en descubrir instrumentos de destrucción cada vez más potentes, de tal manera que se pueda en pocos minutos destruir mi­llones de personas. Cuotas fabulosas de recursos de las naciones son aplicadas en la modernización del aparato bélico. Los gastos en armamentos son aceptados por los pueblos, porque ven en las fuerzas armadas una institución sagrada. Ellas encarnan, en cierto modo, el espíritu de la nación. Criticarlas significaría ser mal ciudadano o, eventualmente, traidor. En la América Latina, en los tiempos de los gobiernos militares, la ideología oficial enseñaba que las fuerzas ar­madas eran la última reserva moral de la nación y que ellas estaban encargadas de salvar la nación en la hora de los grandes peligros. No se percibía que ahí estaba la voz del dios de la muerte.








El gobierno del presidente Bush inventó y proclamó la guerra preventiva. A partir de ahí, se dio un nuevo paso en la legitimación de la guerra. La guerra se justifica no solamente como respuesta a una agresión extranjera, sino que también pretende impedir que otra potencia pueda ser un día un rival poderoso. De esa manera todas las guerras de conquista quedan legitimadas. El imperio romano conquistó 50 pueblos, pero siempre encontró raciona­lizaciones para mostrar que todas sus guerras eran defensivas y respondían a la agresión de los pueblos.

Ahora todo queda más fácil. No es necesario que un país haga una agresión. Basta que un día, aunque supuestamente, se torne capaz de una agresión.

Cuando se declara la guerra, casi todos quedan entusiasma­dos y apoyan a las fuerzas armadas. Basta ver lo que sucedió en los Estados Unidos. Muchos norteamericanos vibraron cuando su país destruyó a Irak. Eso sucedió en un país que se declara democrático e inspirado por el cristianismo. Los otros países de Occidente - con pocas excepciones - dieron apoyo efectivo o tácito, asumiendo la destrucción del pueblo iraquí. Cuando el presidente Bush invadió a Irak, el Papa Juan Pablo II protes­tó, pero su portavoz luego desmintió las palabras del Papa, recordando que la doctrina cristiana de la guerra justa - que justificó tantas guerras - siempre es válida.

El entusiasmo de las multitudes, cuando un país entra en guerra, muestra la fuerza del instinto de muerte en cada uno de nosotros. Matar se torna un acto sagrado. Sin embargo, puede ser el último acto sagrado que una cultura secularizada todavía admite.

Otra forma de destrucción de la vida es la esclavitud. Durante siglos - y probablemente milenios -, la esclavitud fue la base de la sociedad. Las grandes obras que recibimos del pasado fueron edificadas por esclavos. El esclavo es un ser humano reducido a la condición de objeto. Es un objeto capaz de trabajar y los dueños de los esclavos procuran explotar al máximo la fuerza de trabajo de sus esclavos.

Hoy oficialmente la esclavitud no podría existir, toda vez que en casi todas las naciones está prohibida por ley. Sin embargo, la práctica puede ser muy diferente de las leyes. África todavía es un manantial de esclavos - por ejemplo, para ciertos países de Medio Oriente. En Brasil todavía hay esclavos, aunque no reconocidos ofi­cialmente, pero esclavos de hecho, y que la policía y el poder judicial no consiguen eliminar. Más allá de estos esclavos que trabajan en empresas agrícolas, en las regiones más alejadas de los grandes centros industriales, están los trabajadores urbanos que viven en la condición de casi esclavitud - por ejemplo, los bolivianos en Sao Paulo. Esas personas no tienen derecho a ninguna ley social. Trabajan ininterrumpidamente, con pocas horas de descanso, por un salario irrisorio que les permite subsistir. Son tratados como esclavos.

En la encíclica Laborem exercens, el Papa Juan Pablo II re­afirmaba con fuerza el principio básico de la moral cristiana: "La prioridad del trabajo frente al capital".16 Lo que estamos viviendo hoy es exactamente lo contrario de ese principio. El objetivo buscado por toda la actividad humana es el lucro. Ninguna escapa; ni las actividades culturales, educativas, de salud y hasta las actividades religiosas que se someten a las reglas del marketing católico. Todo debe someterse al principio del lucro. La mejor religión es aquella que da más lucro. El marketing católico existe sin la protesta de las autoridades eclesiásticas. De cierta manera se reconoce que dios es incluso el dinero, y que la finalidad de la religión es acumular más dinero.

Todo el conjunto de la economía ejerce una presión constante sobre los trabajadores. El capital exige lucros cada vez mayores, las víctimas son los trabajadores. Hay presiones para disminuir el salario y las ventajas de las leyes sociales, presiones para exigir un ritmo de trabajo que aumente la productividad sin cesar y, mediante ella, el crecimiento del lucro. El sistema genera el desempleo, sin preocuparse de la destrucción material y moral provocada. El sistema ofrece trabajos temporales mal remunerados a la nueva generación, que se siente tratada como esclava. ¡O así (esclavos) o nada!




Nuestra sociedad no genera la esclavitud en el sentido clásico de la palabra, pero tiende a un régimen de trabajo en el que el tra­bajador es puro factor de producción, sin consideración por su dignidad humana. Siguiendo ese camino, el trabajo será reducido a la condición de trabajo esclavo. Dada la competencia entre algunas grandes empresas - que luchan con la finalidad de destruir a los competidores -, la dirección procura ejercer presión creciente sobre los trabajadores, tales como: la supresión de la garantía de trabajo; la reducción del número de trabajadores fijos, sustituidos por los tercerizados; la contención de los reajustes de salarios; el aumento del ritmo de trabajo; el debilitamiento del poder de los sindicatos. Además de eso, la amenaza de transferencia de las industrias intimida a los trabajadores.

En el horizonte está el restablecimiento de la esclavitud de una manera cada vez más parecida con las formas clásicas, en cuanto un puñado de riquísimos capitalistas acumula rique­zas semejantes a las de los faraones o de los emperadores romanos.

Las fuerzas de muerte están presentes y activas. Ellas controlan los medios de comunicación, que celebran sus méritos de manera vergonzosa. Gran parte de los trabajadores de esos medios, a semejanza de esclavos, necesitan vender su inteligencia colocándola al servicio de un sistema que destruye lo humano.

El mensaje de Jesús es mensaje de vida. El vino a anunciar y promover la lucha contra las fuerzas de muerte y la victoria final de las fuerzas de vida. Las palabras y los actos referidos por los evangelios lo muestran siempre "haciendo el bien " (Hech 10,38), o sea, dando vida y luchando contra las fuerzas de muerte. La curación de los enfermos y la expulsión de los demonios son bien representativas del sentido de su vida en la tierra. ¡No nos asustemos con la presencia de tantos demonios! En la época de Jesús todos consideraban que las enfermedades físicas o psicológicas eran resultado de la destrucción realizada por los demonios. Ya no creemos más en esos de­monios, pero los males están ahí. Expulsar a los demonios es restituir la salud.

Jesús sabe que todos nosotros pasamos por la tentación de las fuerzas de muerte. La lucha contra ellas comienza dentro de cada uno de nosotros. Los evangelios narran, a su modo, las tentaciones de Jesús. ¿Cuál era esa tentación? Era la tentación de usar su fuerza al servicio de la dominación. Era la tentación del poder. En la víspera de su pasión, Jesús pasa por la tentación de huir delante de sus enemigos, lo que sería reconocer la victoria de las fuerzas de muerte y la derrota de las fuerzas de vida.

Jesús levanta la voz contra aquellos que representan, en su época y en su pueblo de Israel, las fuerzas de muerte: los jefes de los sacerdotes, los doctores de la ley y los jefes de las familias poderosas. Incluso sabiendo que ellos tienen el poder de matarlo, Jesús denun­ciaba en ellos la presencia de las fuerzas de muerte. Con su culto, su ley y su propiedad, ellos destruyen, reducen a una condición miserable a los pobres de su país. Jesús viene a defender a esos pobres tan maltratados. Anuncia e inicia la victoria de la vida.

El mensaje de Jesús es una convocatoria para que el pueblo de los pobres levante la cabeza, despierte a la esperanza e inicie la lucha por la vida. Las bienaventuranzas son un llamado, una exhortación, para que todos esos pobres, sin poder, sin armas y sin dinero, descubran y acepten su misión de transformar este mundo de pecado, instalando en él el reino de Dios.

En cuanto a los ricos, Jesús enseña que su conversión es muy difícil porque tendrían que abandonar muchos privilegios si quisiesen asociarse a la lucha por la vida que los pobres asumen. Lo creen muy difícil. Por otra parte, pocas personas se atreven a enseñar el evangelio para ellos. Lo que se ofrece a ellos es un evangelio esterilizado, inofensivo, que no contesta su modo de vivir. No perciben que están al servicio de las fuerzas de muerte. Sin embargo, el llamado está dirigido a ellos también.




La historia muestra, sin embargo, que siempre hubo algunos ricos que recibieron el llamado de Jesús y adhirieron a las fuerzas de vida, renunciando a sus privilegios.

Esa lucha de las fuerzas de vida contra las fuerzas de muerte es, en la realidad, la trama de toda la historia de la humanidad. Ella comenzó desde el inicio de la humanidad, pero, con la venida del propio Hijo de Dios, recibió impulso decisivo.

Jesús dio una gran señal de esperanza, que abrió nueva etapa de la historia de la humanidad: esperanza de un mundo nuevo, donde ocurriría la victoria de las fuerzas de vida sobre las fuerzas de muerte.


Él mismo enfrentó a las fuerzas de muerte con todas sus energías. Enfrentó la muerte en los enfermos y en los endemoniados; enfrentándose, así, con el mal que había invadido el cuerpo humano. Enfrentó el mal de los hombres, presente en las autoridades de Israel - que acabaron matándolo. Los enfrentó en su doctrina, en sus enseñanzas y en sus denuncias. Sabía que eso lo llevaría a la muerte. Pero tuvo la misión de vencer la muerte y abrir el camino de la vida.

Después de eso, él mismo venció, por la resurrección, las fuerzas de muerte. La lucha contra las fuerzas de muerte lo llevó al extremo de ser derrotado, aplastado por sus enemigos. El día de su muerte en la cruz, Jesús era la imagen de la derrota, la imagen de la inutilidad del combate. Daba la impresión de que las fuerzas del mal, el pecado y la muerte habían sido más fuertes y que era preciso conformarse y someterse a esas fuerzas.

Vino entonces la resurrección como señal de la victoria final de las fuerzas de vida. Pablo proclama la alegría de la certeza de ese triunfo de la vida sobre la muerte, del triunfo de las fuerzas de vida sobre las fuerzas de muerte. "La muerte fue destruida en la victoria. Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Muerte, ¿dónde está tu aguijón?" (l Cor 15,54-55).

El precio de la victoria puede ser caro, toda vez que las fuerzas de muerte pueden matar, sin embargo no pueden triunfar definitiva­mente. Pueden tener victorias aparentes, pero esas victorias son ilusorias.

Por la fe en Cristo estamos unidos en su muerte y en su resur­rección - disponiéndonos a luchar con él contra las fuerzas de muerte, para resucitar con él. Esta participación en la resur­rección de Jesús ya existe desde ahora y ya produce vida ahora en nosotros.

"Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva...Si estamos muer­tos con Cristo, creemos que también viviremos con él" (Rm 6,4.8).

Esta vida nueva puede comenzar a ser vivida desde ahora, ya en este mundo. Nuestra situación en la evolución de este mundo y de todos sus habitantes enseña que somos limitados, parciales, sujetos a cambios y nunca seguros. Nuestra condición es frágil. Además de eso, el combate contra las fuerzas de muerte está sujeto a fallas, errores y derrotas. Sin embargo, dentro de esos límites - debidos a nuestra condición corporal, social e histórica -, la resurrección de Jesús produce vida y nos permite vencer las fuerzas de muerte. Aunque sea de modo parcial y precario, encontramos victorias de la vida en esta nuestra caminata terrestre.

Jesús resucitado nos envía al Espíritu de Dios - que es fuente de vida. Animados por el Espíritu, podemos no solamente vivir, sino producir vida. Podemos vencer fuerzas de muerte y hacer reinar la vida. "La ley del Espíritu, que da vida en Jesucristo, me liberó de la ley del pecado y de la muerte" (Rm 8,2). "Sabemos que pasamos de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. Quien no ama permanece en la muerte" (l Jo 3,14).

La resurrección de Jesús anuncia también la venida futura de un mundo nuevo donde la vida triunfará definitivamente de la muerte.




En el final de esta caminata, que habrá sido una larga lucha contra la muerte y su fuerza, vendrá el punto final: "He aquí la morada de Dios con los hombres. El habitará con ellos. Ellos serán su pueblo y él será el Dios que está con ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte. No habrá más luto, ni clamor, ni sufrimiento, porque el mundo antiguo desapareció" (Ap. 21,3-4).

En este mundo los seres vivos luchan contra la muerte, pero acaban muriendo. Los seres humanos son también corporales y luchan toda la vida contra la propia muerte, pero acaban muriendo. Sin embargo, para éstos hay un detalle especial: no solamente luchan contra las fuerzas amenazadoras de la muerte biológica, sino también contra las fuerzas de muerte que matan.

Esa es la tarea del Espíritu. El Espíritu está presente desde el comienzo como una fuerza de vida que torna a hombres y mujeres capaces de luchar contra las fuerzas de muerte; contra la muerte, que es pecado - destrucción de la vida por los propios seres humanos. Es una fuerza inmensa que envuelve al mundo entero y a los mismos seres humanos.

Por la fuerza del Espíritu los seres humanos participan también del don de la vida de Dios. Ellos también pueden, de alguna ma­nera, dar vida. La humanidad participa del poder creador de Dios. Con la fuerza del Espíritu, cada uno de nosotros está llamado a entrar en esa lucha inmensa de reconquista de la vida.

No podemos saber detalladamente como será la nueva vida después de la resurrección. Jesús no nos dejó explicaciones a ese respecto, sino solamente imágenes poéticas que evocan alegría, felicidad, fraternidad y paz.

Sabemos que será la realización de aquello que buscamos en este mundo. "Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y él, Dios con ellos, será su Dios. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, pues nunca más habrá muerte, ni luto, ni clamor y no habrá más dolor. Sí, las cosas antiguas pasaron" (Ap 21,3-4). Con eso no sabemos mucho, pero sabemos por lo menos que será lo que nosotros deseamos.

Esa visión de la historia humana no es tan común entre los cristianos. Lo que aún predomina es la imagen de Dios que exi­ge la expiación de los pecados. La historia sería un inmenso esfuerzo de expiación para evitar los castigos divinos. Dios se sentiría tan irritado por el pecado, que, para no destruir su creación, exigiría una reparación y una forma de expiación.

Para expiar los pecados, los hombres y las mujeres tendrían que sufrir con paciencia, destruir parte de sus bienes en ofrenda a Dios, y llevar una vida de tristeza. Nietzsche ya denunciaba que los cristianos parecían muy tristes y se preguntaba por qué no eran alegres. Esa era una cuestión fundamental en aquella época y lo sigue siendo todavía hoy.

De ahí una infinidad de actos penitenciales que los seres huma­nos se inflingen pensando así agradar a Dios y calmar su irritación. Son actos de sufrimiento que las personas se aplican a sí mismas: ayuno, privaciones de satisfacciones, humillación, autofla­gelación, uso de instrumentos de tortura como cilicios, pérdida de sueño y otros tipos de sufrimiento. Todo eso inspirado en la convicción de que Dios se complace en ver seres humanos sufrien­do. Eso le permitiría perdonar los pecados.

En esa misma línea de raciocinio, los accidentes, las enfermedades, los terremotos, las inundaciones, las tempestades, la destrucción por el fuego, por el agua o por el viento son atribuidos a Dios, que castiga, y necesitan ser reconocidos como medios de expiación del pecado.






En el mismo contexto aparecieron los sacrificios. En la teoría de los sacrificios los seres humanos deben ofrecer parte de sus bienes a Dios para compensar las ofensas del pecado. Los sacrificios son siempre pérdida o destrucción de bienes. Lo que normalmente se sacrificaba eran animales, pero en el pasado, en muchos lugares del mundo, se pensaba que Dios exigía el sacrificio de seres humanos. Los sacrificios humanos pertenecen a la historia de la hu­manidad y de la religión.17

Todo ese sistema de expiación - de autodestrucción de la persona para satisfacer a Dios -es común a muchas religiones antiguas y fue integrado de diversas maneras en los grandes conjuntos reli­giosos. La vida de penitencia y de sacrificio fue integrada dentro del propio cristianismo. La penitencia fue una parte importante de la vida monástica y de la vida religiosa que de ella procede. El tema del sacrificio fue adoptado como centro del misterio de la eucaristía y así incluso como centro de la vida eclesial. La Iglesia necesitaba de sacerdotes para ofrecer el sacrificio y, de esa manera, calmar la ira de Dios.

Cuando las personas tenían dudas sobre la suerte eterna de parientes o amigos, mandaban rezar muchas misas pensando que así podrían agradar a Dios y conseguir una atenuación de los castigos. Se desarrollaron prácticas religiosas basadas en la concepción de que es necesario dar satisfacción a un Dios que castiga.

Sin embargo, ya los antiguos profetas denunciaron el vicio fundamental de esa concepción religiosa que había penetrado profundamente en la religión de Israel. La influencia de las religiones del Oriente Medio hizo que los israelitas creasen todo un sistema cultual en torno del templo, de los sacerdotes y de los sacrificios. Hay muchos pasajes de la Biblia que exponen todo ese sistema y lo atribuyen a Dios, aunque los profetas siempre habían denunciado esas concepciones del paganismo en el seno del pueblo de Dios.


"¿De qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios? dice el Señor. Los holocaustos de carneros, la gordura de los becerros, estoy harto de ellos. La sangre de los toros, de los corderos y de los bueyes, no quiero más. Cuando vienen a presentarse delante de mí, ¿quién se lo ha pedido? Dejad de traer ofrendas vanas: ¡el incienso, le tengo horror! Luna nueva, sábado, convocación de asamblea... ¡ya no aguanto más crímenes y fiestas!. Vuestras lunas nuevas y vuestras solemnidades, las detesto, son un fardo para mí. Cuando extendéis las manos, cubro los ojos; podéis multiplicar las oraciones, no las escucho: vuestras manos están llenas de sangre. Laváos, purificáos. Alejen de mi mirada vuestras malas acciones, cesad de hacer el mal. Aprended a hacer el bien. Procurad la justicia, den sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, tomad la defensa de la viuda" (Is 1,11-17).


"¿De qué me sirve el incienso traído de Saba y la canela fina que viene de un país lejano? No me gustan vuestros holocaustos, me desagradan vuestros sacrificios” (Jr 6,20).

En esa misma línea, habría muchas otras citas. El men­saje de los profetas fue siempre predicar el retorno de Israel a la verdadera religión, al Dios de la vida que no quiere la muerte.

Dios salva y perdona gratuitamente. No necesitamos pagar um precio para que Dios se disponga a perdonar. El amor de Dios es gratuito y no está condicionado por obras de religión que procuram agradar.

Pero, entonces, ¿por qué será que esa idea de la satisfacción - neces­aria para la contraposición a los pecados – fue tan aceptada a lo largo de la historia de la humanidad? ¿De dónde viene la fuerza de esa idea que ocupó un lugar tan importante en las religiones? Lo que se puede es formular hipótesis. He aquí una de ellas, que me parece tener cierto valor explicati­vo. La necesidad del precio que se tiene que pagar para evitar el castigo es una transferencia para la relación entre Dios y los seres humanos, de la relación entre los que tienen poder y los que no tienen poder en la sociedad.






Los que dominan exigen una satisfacción y una compensa­ción, un castigo o algo equivalente para perdonar. Su poder reposa sobre esa necesidad. De esa manera, ellos imponen su dominación e impiden la revuelta de los subordinados. En nuestras sociedades, las ideas de castigo y de satisfacción, de que el sufrimiento es el precio que se debe pagar para ser perdonado, están en la base del sistema judicial. Esa relación entre los poderosos y los otros permanece en pleno vigor - aunque nuestras sociedades afirmen defender los derechos humanos. Inflingir el mal es necesario para poder perdonar. El sistema de cárceles estaba y todavía está fundado en ese principio, a pesar de las bellas teorías jurídicas que en la práctica son dominadas por el viejo principio de la venganza y del sagrado deber de la venganza.

Los pueblos hacen esa transposición para Dios. Los poderosos explican que Dios es todopoderoso y como cualquier podero­so exige satisfacción, castiga el pecador y le exige sufrimiento.

Por eso fue tan fácil difundir la idea de que Dios exigía la muerte de su Hijo y la sangre de él para perdonar los pecados. Los sacerdotes enseñaron eso con toda tranquilidad porque su mente estaba más orientada por el inconsciente religioso que por Jesús y su evangelio.

Si un padre terrestre exigiese la muerte de un hijo para poder perdonarle, todos encontrarían que ese padre sería un monstruo. Sin embargo, idéntico criterio es aplicado a Dios sin provocar escándalo. No se percibe que un Dios así sería un mons­truo, porque se está acostumbrado a monstruosidades en la sociedad en que se vive.

Hay también otro obstáculo para la correcta comprensión de Dios, que salva y perdona gratuitamente. Se trata del problema del sentido de la muerte de Jesús crucificado. Hay una expresiva tradición teológica defendiendo que Dios no podía perdonar sin que hubiese sangre derramada. No exigió la sangre de todos, pero perdona a todos por causa de la sangre derramada por Jesús. Jesús compra nuestra liberación por su sangre, por su muerte. Ese tema fue expuesto durante siglos de diversas maneras y todavía está muy presente en la mente de los católicos tradicionales, pues fue eso lo que les fue enseñado en el catecismo.

Para esta teoría, la muerte podría tener un valor positivo. Ella sería fecunda. Si la muerte de Jesús fue fecunda y positiva, la misma cosa podría ser dicha de los mártires – y eso fue hecho muchas veces.

Es verdad que esa tesis de la fecundidad de la muerte atraviesa los siglos y permanece hasta hoy. Por ejemplo, cuando se hace referencia a la muerte de soldados en una guerra, celebrada como si fuese fuerza de salvación de la patria. Hasta en una sociedad secu­larizada como la nuestra ese tema continúa existiendo.

Esa idea de la fecundidad de la muerte es insoportable. Dios solamente quiere vida y no quiere la muerte, incluso como medio de salvación. No quiso la muerte de Jesús, ni la muerte de los mártires, no quiere la muerte de los soldados en la guerra.

En la muerte de Jesús, lo que constituye valor positivo no es la muerte, sino la fe, la esperanza y el amor de él para con los seres humanos. Jesús murió porque las fuerzas de muerte de Israel, conjugadas a las fuerzas del Imperio romano, lo mataron. El no quiso huir, no quiso desmentir todo lo que había hablado y hecho para entregarse a sus acusadores. El los había denunciado y no podía volver atrás.

Su muerte no fue voluntad del Padre. La resurrección no fue el premio de la muerte, sino el premio de la fe, de la constancia y de la fidelidad hasta aceptar la muerte.

La salvación proviene de la vida de Jesús y no de su muerte. Viene de la vida vivida intensamente hasta la afirmación final delante de los jueces y del pueblo - que lo abandonaron y lo condenaron. El acto final de la vida de Jesús, marcando la fidelidad hasta el fin, fue el momento decisivo de su vida. Esa muerte abre el camino de la liberación no por ser muerte, sino por ser trayectoria de coraje hasta el fin.



La resurrección de Jesús no consistió en retornar a su vida anterior. Jesús había llegado a este mundo sin disfrutar de poder y el Padre había desistido de todo poder para que el mundo perteneciese a los seres humanos. Volver a la vida anterior significaría quitarnos la libertad. Un milagro tan grande quitaría la libertad y crearía coacción al ser humano. Era necesario dejar abierta la libertad de creer o no, para que la fe fuese posible y fecunda.

Él fue el primero en entrar en el mundo nuevo, en la nueva Jerusalén, donde la vida irradia y la muerte no existe más. Él abrió el camino y envió el Espíritu para que siguiésemos tal rumbo. Él está en medio de nosotros para inspirar y dar fuerza a nuestra lucha contra las fuerzas de muerte. No toma nuestro lugar, pero hace que podamos seguir su camino, dando vida hasta el punto de perder la vida.

La teoría teológica que defiende la expiación deseada por el Padre para poder perdonar tiene consecuencias en la espiritualidad y en la devoción. Jesús crucificado aparece como un misterio sagra­do. Él es la víctima necesaria para que el Padre pudiese perdonar. Ese misterio asusta y fascina al mismo tiempo. Provoca el sentimiento de que no estamos en este mundo, sino que esta­mos más allá de las reglas, de las normas y de los valores de este mundo. En este mundo no se aceptaría que un padre exigiese la muerte de su hijo, pero, en Dios, todo es diferente. En el mundo sagrado las normas son diferentes y se aceptan cosas que provocarían horror en esta tierra.

Esa fascinación por la muerte en un ambiente sagrado está en la raíz de comportamientos extraños. ¿Cómo explicar el hecho de que la Iglesia haya lanzado tantas cruzadas contra los infieles, contra los musulmanes y contra los herejes? ¿Cómo explicar el hecho de que la Inquisición haya hecho tantos millares de víctimas y que todo eso fue considerado como algo agradable a Dios? En la raíz está esa fascinación por la muerte sagrada. En la realidad todo procedió del inconsciente de lo sagrado, que penetró en la Iglesia cristiana y fue más fuerte que la enseñanza de Jesús. El pueblo siente ese acontecimiento como si fuese de nuevo el Padre exigiendo el sacrificio de su Hijo.

De la idealización de la muerte sagrada, procede otra consecuencia pastoral. Durante siglos, hasta hace pocos años, la base de la pastoral se pautó en el miedo.18 Ella consiste en primer lugar en mantener el miedo de pecar, porque el pecado genera el castigo. Dios es visto como justiciero que castiga a los pecadores, comenzando desde ya. Él puede castigar enviando flagelos: falta o exceso de lluvia, tempestades que destruyen las cosechas, rayos que pueden matar o destruir casas y así sucesivamente.

El miedo tiene como objetivo final el juicio después de la muerte. Está el juicio particular luego del momento de la muerte. Ese momento es terrible porque nadie sabe cómo Dios va a juzgar.

La pastoral continúa ofreciendo los remedios, los medios de sal­vación. La Iglesia es la única que dispone de los medios de salvación; fuera de esos medios no hay salvación posible. De allí la preocupación por recibir los medios que la Iglesia pone a disposición. Es sobre todo neces­ario preparar para la muerte. La pastoral de los agonizantes siempre fue fundamental. Una de las tareas de los sacerdotes es visitar los enfermos y los moribundos para llevarles los medios de salvación.

Entre esos medios no están solamente los sacramentos. Está el recur­so a los santos, sobre todo a Nuestra Señora. Hay oraciones especiales supuestamente más eficaces. Hay objetos sagrados que ofrecen una protección para el día de la muerte. Cada familia religiosa tiene todo un repertorio para poder enfrentar la muerte con menos miedo. Imágenes, estatuas, medallas, agua bendita, objetos benditos, escapularios, velas, hábitos religiosos ....








La pastoral del miedo dispone, especialmente, de dos medios poderosos: el purgatorio y las indulgencias. La doctrina del pur­gatorio apareció en la Edad Media y tuvo inmensa popularidad. El purgatorio diminuye la ansiedad porque deja más esperanza a muchos pecadores. Por otro lado, el purgatorio tiene un tiempo determinado, variable para cada persona. Además de eso, ese tiempo de purgatorio puede ser abreviado gracias a la ayuda de los que todavía están en vida. Si solamente existe el cielo y el infierno, no hay nada que los parientes o amigos puedan hacer para determinar la suerte de quien falleció. Gracias al purgatorio, sin embargo, hay mucho que puede ser hecho. Y como la gran mayoría no se encuentra digna de entrar inmediatamente en el cielo, el purgatorio es la salida más probable para los católicos, ya que los otros están condenados al infierno.

Para sustentar esa pastoral, la doctrina de las indulgencias sirvió de mucho. Se tornó posible aplicarlas a los difuntos. Eso hizo que se multiplicase el uso de todos los recursos que proveen indulgencias. Había un voluminoso libro dando a co­nocer un extenso elenco de las indulgencias disponibles, cada una determinando el respectivo tiempo de abreviación de los sufrimientos del purgatorio. Se recomendaba también la aplicación de misas a los difuntos. De allí la multiplicación de las misas. Durante siglos los sacerdotes celebraron diariamente al menos una misa por un difunto. En la Edad Media hubo sacerdotes que celebraban varias misas por día con esa intención, pero ese exceso fue reprimido por el concilio de Trento.

La pastoral del miedo dio inmenso prestigio al clero. Los sa­cerdotes eran los que podían salvar a las personas del castigo del infierno y de diversos flagelos. Esa pastoral que fue el principal instrumento de la Iglesia para mantener en su seno una multitud de fieles. A su vez, en esos siglos de la cristiandad, el evange­lio dejó de ocupar un lugar destacado en la pastoral. La propia eucaristía era un rito para disminuir las penas de los difuntos que estaban en el purgatorio.

La pastoral del miedo gira alrededor de la muerte. La muerte fue su gran tema y el gran medio de prestigio de la Iglesia, pues ella era el refugio contra los efectos negativos de la muerte. La Iglesia tornaba la muerte más aceptable, menos asustadora.

La predicación se pautaba, sobre todo, en ser una preparación para la muerte, en lugar de ser una preparación para la vida. Ahora bien, en lugar de todos esos remedios que constituyen las prácticas de preparación para la muerte, podemos contar con el Espíritu que da vida, el Espíritu que nos da fuerza, coraje e inteligencia para vivir.

El combate entre la muerte y la vida se concluye con la victoria final de la vida. El Espíritu vence llevando a Cristo al mundo nuevo por la resurrección y, después de él, a todos los seguidores fieles.


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1 Cf. Nicolas Berdiaev, Esprit et liberté, Desclee de Brouwer, Paris, 1984.


2 O sea, la Iglesia se sustenta por su inercia.


3 Cf. Franz Hinkelammert, El Grito del Sujeto, DEI, San José (Costa Rica), 1998; Crítica a la razón utópica, ed. Paulinas, Sao Paulo, 1988.


4 Cf. Gustavo Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Sigueme, Salamanca, 1986.


5 Cf. Gustavo Gutiérrez, O Deus da vida, Loyola, Silo Paulo, 1990, p. 11.


6 Cf. Gustavo Gutiérrez, Em busca dos pobres de Jesus Cristo, Paulus, Sao Paulo, 1996.


7 Cf. Miguel Leon Portillo, Cronicas indígenas. Visión de los vencidos, Madrid, 1985


8 Cf. Como exemplo John Hemmimg, The Conquest of the Incas, Penguin Books, New York, 1983.


9 Cf. Chilam Balam de Chumayel, Historia 16, Madrid, 1986, p. 68.


10 Brevísima relación de la destrucción de las Indias, 36.









11 DocumentoJusticia” n.1.


12 DocumentoPaz” n.1.


13 DocumentoPobreza de la Iglesia” n.4.


14 Cf L. Cerfaux, Le chrétien dans la théologia paulinienne, Cerf, Paris, 1962, p. 378­38


15 Cf. José Ignacio González Faus, Pecado em Ignacio Ellacuria y Jon Sobrino Myste­rium liberationis t.ll, Trotta, Madrid, 1990,.p. 93-106.


16 ef. Laboram exercens (1981), n. 12.


17 Cf. José Comblin, El sacrificio en la teología cristiana, en Pasos, San José (Costa Rica), 2001, n. 96, p.1-


18 Jean Delumeau. Le péché et la peur. La culpabilisation en Occident, XII'" _XVIII" siecles, Fayard, Paris, 1983.













































2

¿Qué es la vida?



Los seres humanos saben lo que es vivir. Todos los seres vivos, de acuerdo con su nivel de conciencia, sienten lo que es la vida. El ciclo de la vida consiste en nacer, crecer, hacerse adulto, envejecer y morir. Más allá de eso, ese ciclo deja abierta la posibilidad de reproducirse. La vida se prolonga en la sucesión de las generaciones y cada cual se encuentra en un punto determinado de la evolución del mundo vivo. Vivir es estar inserto en la sucesión de las generaciones, en la renovación constante de la vida. Vivir es heredar la sucesión de los padres y preparar la sucesión de los hijos. Hay una corriente de vida que se renueva por la reproducción y cada cual ocupa su lugar en la cadena de las generaciones.


Los pueblos antiguos estaban muy conscientes de eso y, por esa razón, practicaban el culto a los antepasados. Iban a dar cuenta a los antepasados de la manera como estaban administrando la herencia de la vida. Se preocupaban mucho de dejar hijos e hijas para que continuasen la vida. Procrear era una gran responsabilidad. Las mujeres se desesperaban cuando no podían tener hijos. La propia Biblia da testimonio de esa concepción tradicional de la vida.


Hoy, en la civilización occidental, esa preocupación por la vida fue sustituida por la preocupación por el capital. Lo que importa no es la perpetuación de la vida, sino la perpetuación del capital. En la elección entre la continuidad de la vida o del capital, generalmente se prefiere el capital, por considerarlo más importante.


A pesar de eso, felizmente aún subsisten tribus de civilización antigua y restos de la civilización medieval – aunque sean cada vez más escasos – para recordar la verdadera jerarquía de los valores.

De la misma manera, vivir es compartir la vida con otros. Nadie vive solo. No se puede subsistir como Robinson Crusoe, que en el siglo XVIII fue el icono del individualismo, base del capitalismo. El ideal del individualismo moderno consiste en hacer la propia vida solo. Ya que ese ideal es imposible, él justifica las prácticas de dominación sobre otros. Los otros son utilizados como objetos de tal modo que el dominador puede ilusionarse y pensar que él se hizo solo: en inglés el ideal se expresa por el “self made man”. La civilización occidental no quiere aceptar que la vida tenga que ser vivida en comunidad, entre seres vivos iguales. No reconoce que cada uno de nosotros es hecho por otros – por la interacción con muchos otros -, y que el “self made man” se torna inhumano en su soledad.


La cultura occidental es competitiva. La competencia es la regla de las empresas, toda vez que el capital siempre escoge la mejor de ellas. La competencia existe también entre los individuos: se ansía ser el mejor atleta, el mejor estudiante, el mejor profesional, el mejor artista y en tener la mayor belleza. Ahora bien, la competencia consiste en suprimir mentalmente al otro. Los vencidos de la competencia se sienten como si fuesen eliminados. Ya no viven más. Solamente vive el vencedor. Es verdad que las civilizaciones primitivas conocían también competencias, pero aparentemente ellas no eran el eje fundamental de la vida.


Hoy el evangelio es la publicidad. ¿Qué dice la publicidad? Ella ofrece lo mejor en todo. Cada producto anunciado es como si fuese el mejor, el producto que dará la felicidad. ¡El individualismo como ideal de vida es repetido innumerables veces!










Y, sin embargo, no solamente vivimos en medio de muchos otros seres humanos, sino que también en el medio de la naturaleza – con centenas de miles de especies animales y vegetales diferentes. La tierra es un inmenso ser vivo. Somos parte de ese inmenso ser vivo. Dependemos de él. Podemos respetarlo o destruirlo. Las civilizaciones antiguas estaban muy conscientes de su dependencia de la naturaleza viva y sabían cuál era el uso que mejor garantizaba la supervivencia de todos.


Los pioneros en la destrucción de la naturaleza fueron los monarcas del siglo XV. Los reyes de Portugal y de España destruyeron sus bosques para construir flotas capaces de adquirir el dominio de los mares. La globalización del siglo XIX realizó el descubrimiento y el control de los mares por las potencias de entonces. Descubrieron, por ejemplo, que la grasa de las ballenas iluminaba mejor que las velas tradicionales. Con eso las mataron casi todas – solamente 4% sobrevivieron. Lo que las salvó fue descubrimiento del petróleo.


Hoy la cuestión más aguda es el calentamiento de la atmósfera terrestre por causa de las emisiones de CO2 proveniente de la quema del petróleo. El cimiento de la sociedad industrial es el petróleo. Por ahora aun no se han desarrollado tecnologías que permitan dispensar la quema de petróleo, de carbón, de gas o de sustitutos vegetales. Sin embargo, hay algunos que ya tomaron conciencia de ese problema. Pero los Estados Unidos se resisten a tomar esa conciencia, toda vez que dependen de los grandes grupos industriales que no tienen como prioridad preocuparse del calentamiento de la tierra – y no aceptan cambiar el sistema de producción, arriesgando capital.


De cualquier manera es inevitable tratar de la ecología. La urgencia del peligro de destrucción de la tierra sólo puede aumentar la preocupación – aunque el gobierno de Estados Unidos de la impresión de querer ser el último en no querer percibir.


En las últimas décadas viene quedando cada vez más claro que la tierra está alcanzando una situación en que la naturaleza ya no puede más renovarse. Hay un proceso irreversible de destrucción. Nunca más la tierra será como antes, con aire puro en todos los lugares, con centenas de miles de especies animales y vegetales y con agua abundante y pura para todos.


Hoy estamos más conscientes de ese estado de cosas. Percibimos que estamos matando el mundo vivo que nos rodea y, con eso, nos estamos suicidando, toda vez que no podemos subsistir sin la vida de esos millones de entes con los cuales interactuamos y en medio de los cuales estamos sumergidos.


Esa es la concepción inmediata que está en la conciencia de todos los seres. Ella no nos hace comprender lo que es realmente la vida. Sabemos lo que es porque la vida es justamente conciencia. No hay manera de expresar con conceptos lo que es la vida. Nuestros conceptos son hechos para expresar realidades exteriores, objetos de percepción, pero no nos permiten expresar sujeto. Los seres humanos saben lo que es la vida y la diferencian de la muerte. Quien habla de la vida son los poetas y los artistas. Hablan de modo simbólico.


Sobre eso hay también otro enfoque, preocupado de la calidad de vida – toda vez que hay varios tipos de vida. Hay personas de quien podemos decir: esta vida no es vida. Y hay otras de quienes debemos decir: ¡esta, sí, es vida! Hay vidas que no son vidas y vidas que son vidas. Con esta problemática estamos entrando en el ámbito de las preocupaciones del mundo cristiano. ¿Por qué hay personas que viven y otras que no viven?


Hay personas que se sienten fuertes, capaces de resistir a las fuerzas de muerte, de crecer, de aprender y de realizar. Hay personas cuya vida es un éxito y que consiguen hacer lo que quieren.








Pero también hay personas que están siempre inseguras, cuya vida es una cadena de fracasos, que nunca pudieron hacer lo que deseaban y saben que jamás crecerán, y se obligan a conformarse con la inferioridad y el sentimiento de incapacidad. Esas personas dicen: ¡mi vida no es vida!


¿Por qué la mayor parte de los jóvenes no quiere más trabajar en el campo? He aquí lo que dicen: mi padre trabajó como esclavo durante toda la vida y al final estaba sin nada. Trabajó solamente para sobrevivir. Esos jóvenes sienten que esa no es la vida que quieren.


¿Será que Dios y la naturaleza hicieron que las cosas fueran así o habría otra explicación? La naturaleza hace su parte, pues hay animales más fuertes y otros más débiles, hay plantas más resistentes y otras menos resistentes – probablemente como consecuencia de la herencia, por los accidentes imprevisibles o por las circunstancias mas o menos favorables en que están viviendo.


Para la humanidad, todo eso existe también, pero tal explicación es insuficiente. Hay seres fuertes, poderosos y otros sin fuerza y sin poder, como resultado de acciones humanas. Hay seres humanos que subordinan a otros seres humanos y los obligan a vivir a su servicio. Son acciones humanas que hacen que haya dominadores y dominados. La naturaleza, pues, no explica todo.


Hay individuos que tienen una identidad fuerte. Son los que pueden decir: “¿Sabe con quién está hablando?”. Hay también los que bajan los ojos y no pueden decir nada. Saben que son considerados personas sin importancia. Los primeros adquirieron poder sobre los otros. De alguna manera pueden hasta eliminarlos, sin temer las consecuencias. Los que viven bajo amenaza saben que no pueden hacer nada a no ser humillarse y conformarse con la condición de dominados. Los primeros viven con la sensación de “vivir”, y los otros con la sensación de “no vivir”. Hay vidas que se parecen con la muerte.


Es verdad, sin embargo, que son pocos los casos de personas completamente vaciadas y reducidas a la condición de nulidad. ¿Por qué, por ejemplo, tantas veces los negros parecen tan felices y alegres?


Acontece que, al lado de la sociedad que los humilla y los oprime, ellos reconstituyen un pequeño mundo que les es propio. En ese pequeño mundo ellos encuentran identidad. Pueden tener sus terreiros (* Son locales de la religión afroamericana) escuelas de samba, escuelas de capoeira y, en ciertas regiones, hermandades. Allí pueden ser reyes o reinas. Están lejos de la otra sociedad en que no son nada. Allí pueden “vivir”.


La misma cosa acontece con los pueblos indígenas. En la sociedad global son víctimas de un desprecio total. Pero, entre ellos, reconstituyen una vida social paralela en que cada uno tiene su identidad, existe y es reconocido como gente de valor.


Sin embargo, esos no dejan de ser paliativos que no compensan el rechazo por la sociedad global y por las elites dominantes. Quien se beneficia de esa compensación no puede ignorar o dejar de sentir la presencia de una sociedad global que lo rechaza y lo reduce a la nulidad.


Cuando los negros consiguen tener acceso a una educación mejor y pasan a formar parte de la vida urbana, descubren su lugar en la sociedad y se rebelan. Las compensaciones no bastan para no sufrir por el rechazo en la sociedad global.










En el nivel mundial, hay naciones dominantes que disponen de todos los medios y recursos para el crecimiento, gastan, consumen y desprecian a los otros pueblos – llamados subdesarrollados o en vías de desarrollo, que no son blancos ni son miembros del club de los elegidos. Hay los pueblos que “viven” y los que apenas “sobreviven”. Pero también es verdad que incluso en las naciones fuertes y poderosas, hay minorías que no consiguen vivir dignamente.


En esa situación resuena el llamado de Jesús en las bienaventuranzas. Es un llamado para vivir, y una promesa de vida para los que están sin poder, dominados y oprimidos. El propio Jesús pertenece a esa clase que se siente rechazada. Él es solidario con el pueblo pobre de Galilea. Promete una vida mejor no solamente para la otra vida, después de la resurrección, mas desde ya, en esta vida – aunque sea apenas un comienzo1.


Vivir es actuar, producir, cambiar el mundo en que estamos zambullidos, toda vez que esa acción nos torna creadores, autores de nosotros mismos. Esta no es la concepción común de la humanidad. Muchas veces los dominadores querían una vida de tranquilidad, sin esfuerzo, una vida de gozo y de delicias representada por los banquetes. En los evangelios, los banquetes aún representan la visión de la felicidad y de la vida buena. En cuanto al trabajo, está reservado a los esclavos o a hombres libres, mas que necesitan vender su trabajo para sobrevivir.


En la actualidad la publicidad ofrece vacaciones y viajes turísticos como el ideal de la vida, y tal publicidad penetró profundamente en la conciencia de los pueblos ricos. Las vacaciones ocupan cada vez más espacio e incluso las clases inferiores hacen lo posible para imitar a las clases superiores. Los economistas dicen que el turismo va a crecer y que es bueno invertir en el turismo.


Ahora bien, ¿la vida sería un gran viaje en un trasatlántico de lujo por los mares del mundo, visitando los lugares paradisíacos?

La concepción cristiana de la vida es diferente de ésa. No podemos impedir la muerte final, pero podemos transcurrir el tiempo que nos es dado para vivir realmente. Esto se hace por el actuar en el mundo.


La persona se define por lo que hizo o por lo que hace. Pero ¿y cuando no hay oportunidad para eso? Hay tantos desempleados expulsados del mundo del trabajo por la competencia entre las grandes empresas que reducen al máximo el número de trabajadores. Hay tantos jóvenes sin perspectiva. Hay mujeres sumisas e impedidas de expresar la creatividad. Hay campesinos expulsados de su tierra y que nunca más tendrán la oportunidad de recomenzar, cuya única esperanza es la jubilación.


Para centenas de miles de brasileños, la jubilación es la única salida. Un día un agente de pastoral preguntaba a un joven nordestino: “¿Cuál es su ideal de vida?”. Respuesta: “La jubilación”. Es preocupante cuando una sociedad no puede ofrecer perspectivas para sus jóvenes.


El trabajo es el primer factor que confiere identidad y personalidad a alguien. Por eso las personas siempre lucharon para poder trabajar. Esa es la doctrina constante de la Iglesia, aunque en la práctica no se insista tanto en las parroquias, en las escuelas católicas o en las programaciones católicas de radio y televisión. Sin embargo el trabajo es una parte importante del mensaje cristiano2.


En gran parte el hombre y la mujer son lo que hacen. Se definen por su trabajo. El trabajo es lo que trae autoestima a la persona. Es verdad que hay muchos trabajos de poco valor – como el de limpieza, el de los basureros, o el de lavar ropa – sin embargo, solamente el hecho de poder trabajar ya es fuente de autoestima y permite que una persona tenga el gusto de vivir.





El trabajo es lo que da a la persona el sentimiento para la vida – aunque sea trabajo simple, que posibilite comer el pan cotidiano dignamente3.

También están las actividades deportivas, que despiertan deseos y ambiciones en muchos adolescentes y jóvenes. ¿Cuál es el niño pobre de la favela que no sueña en ser un jugador de fútbol, jugando en Europa? El fútbol confiere a sus practicantes el sentimiento de vivir y de ser importante. Eso también ocurre con los cantantes, músicos y actores. El deporte, la música y las artes pueden ser también fuentes de trabajo, más allá de la distracción o de la diversión.


El trabajo pocas veces genera grandes fortunas; así, los trabajadores difícilmente se tornan ricos. Lo que genera las grandes fortunas es el sistema capitalista, que promueve el aumento de la diferencia entre lo que ganan los altos ejecutivos y los demás trabajadores. La diferencia entre lo que gana un simple empleado y un ejecutivo de una gran empresa puede ser de 1 a 1000. Hacen algunas décadas era de 1 a 40 – en los países escandinavos es de 1 a 4. Incluso así, en la conciencia del trabajador, el trabajo es una afirmación de valor.


El sistema capitalista no consigue envolver los múltiples aspectos de la vida y del trabajo humano – lo que limita o impide la valorización del trabajo. Quien está trabajando únicamente para aumentar el lucro de la empresa no se siente tan feliz. El campesino que trabaja en tierra ajena siente una permanente frustración, toda vez que su trabajo va, en gran parte, para el otro. La sociedad trabaja cada vez más para enriquecer una clase de accionistas, que acumulan fortunas sin trabajar, aprovechando el trabajo de los otros. La distancia entre el rendimiento de los accionistas o de los altos ejecutivos y el simple empleado va creciendo.


¿Por qué la Iglesia aún no denunció el vicio radical del sistema?4 ¿Por qué se contenta apenas con denunciar algunos abusos del capitalismo, pero no habla del sistema en sí, que humilla a los trabajadores? ¿Cuáles son las fuerzas secretas que le impiden hablar? ¿El Opus Dei sería tan fuerte en Roma al punto de conseguir impedir que la Iglesia hable de las relaciones de trabajo diciendo la verdad? Si el Papa no habla, la voz de los obispos no tendrá repercusión. El episcopado fue de tal modo reducido a la insignificancia, que su palabra ya no cuenta mucho.


Pero el evangelio destaca otro tipo de trabajo. Se trata del trabajo de anunciar el propio evangelio. Ese trabajo anuncia el advenimiento del reino de Dios e insiste para que hombres y mujeres se dediquen a la construcción de ese reino. San Pablo habla mucho de su predicación del Evangelio como de un trabajo. “Sois frutos de mi trabajo” (1 Co. 9, 1). “No nos gloriamos desmedidamente apoyados en trabajos ajenos” (2 Co. 10, 15). Pablo enumera las duras condiciones de su misión: “Fatigas y duros trabajos” (2Cor 11,27) “Recelo haber trabajado en vano por vosotros” (Gl 4, 11).


Ese es el trabajo del anuncio del Evangelio que no se hace solamente por medio de palabras, sino que por todas las obras que traen salud y felicidad a los necesitados.

Vivir dando sentido a la vida es dedicarse a ese trabajo que lleva hombres y mujeres al reino de Dios – trabajo que funda comunidades y las orienta, estimula y exhorta.


Vive efectivamente quien es feliz, no cerrándose a los otros. Vive feliz quien está en paz con los otros, les presta servicio, está atento y disponible a las necesidades de ellos. Ser feliz es poder contar con la amistad de los otros. Vive feliz quien comparte un ambiente de amistad y fraternidad.


La felicidad está presente en la vivencia de la instrucción de Jesús: “No andéis preocupados diciendo: ¿Qué iremos a comer? O ¿qué iremos a beber? O ¿Qué iremos a vestir?... vuestro Padre que está en los cielos sabe que tenéis necesidades de todas esas cosas. Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán dadas por añadidura” (Mt 6, 31 – 33)





La felicidad no proviene de la abundancia material. Para que alguien sea feliz, es suficiente que tenga las necesidades básicas atendidas. Nuestros antepasados vivían con bastantes menos bienes materiales que nosotros. Y, sin embargo, había felicidad entre ellos. La felicidad no está directamente ligada a la posesión de bienes. Antes bien, depende de la confianza que las personas pueden tener unas en las otras.


¿Cómo ser feliz en las privaciones, en las injusticias y en las humillaciones? La conquista de la felicidad pertenece a la condición humana, siendo horizonte vislumbrado por todas las personas.


Jesús anunció y prometió la felicidad. La prometió a los pobres porque ellos la procuran con más fundamento.

“Felices los pobres en el espíritu: de ellos es el reino de los cielos.” “Felices los no violentos: su herencia será la tierra. Felices los que lloran: ellos serán consolados” … (Mt 5, 3 – 12). Las otras promesas de felicidad en los evangelios van todas en el mismo sentido.


Felicidad es poder librarse de la miseria, de la violencia, del temor y del pecado. La felicidad consiste en poder participar de los cambios ya a este mundo, para que todos puedan tener acceso a los bienes que garantizan la vida digna y no acomodarse esperando apenas la felicidad futura en el cielo.


Durante siglos la Iglesia prometió a los pobres el cielo, lo que sería una compensación por las privaciones de que eran víctimas en la tierra. El padre Vieira llegaba al extremo de declarar felices a los negros que fueron hechos esclavos porque de ese modo recibieron el bautismo y el cielo. Sin embargo, Jesús no prometió solamente el cielo. Prometió el reino de Dios. Anunció que este reino estaba por llegar a este mundo. Las promesas hechas a los pobres valen para este mundo, para esta vida terrestre.


La felicidad no consiste en conformarse, ni en aceptar todo con resignación, sino en buscar activamente el objeto de las promesas. Con la fuerza del Espíritu es posible conquistar eses bienes en la tierra, aunque sea de forma precaria e incompleta –mas esa búsqueda constituye la felicidad. La felicidad consiste en buscar el Reino de Dios, luchar y trabajar para instalar ese reino por la gracia del Espíritu Santo.


La cultura occidental actual – capitalista y radicalmente individualista – enseña y propaga la convicción de que la felicidad consiste en el bien- estar. Quien pueda gozar de todos los bienes que el mundo ofrece, sería feliz. Por eso existe una avalancha de publicidad volcada al consumo. En ella, los productos ofrecidos prometen traer felicidad a quien los utiliza. Basta ver los rostros de los actores y de las actrices de esas publicidades: de ellos se desprende que la gran felicidad en esta vida sería consumir el producto que proponen. Se trata de un sistema cada vez más perfeccionado para que las personas vivan en un mundo de ilusiones. La propaganda de viajes para países exóticos insiste: allí está el paraíso, allí existe un mundo de fantasía, allí durante algunas semanas la persona goza de una felicidad absoluta. Para quien no tiene dinero, esa publicidad es bastante deprimente. Incluso así, ella introduce el mundo de la fantasía también en las casas más pobres. Estos pueden fantasear por medio de las imágenes de inmensa felicidad de aquellos que acuden a esos paraísos. Pero siempre hay los que desconfían en la existencia de mucha ilusión en esa oferta de paraísos de felicidad. Hay quien sospecha que la felicidad consiste en algo que va mucho más allá de eso.


La felicidad de Jesús viene de la procura del reino de Dios. Esa procura consiste en el amor al prójimo. Se trata de un amor activo, de servicio, que establece una relación de reciprocidad. Ese amor tiene su simbología representada en el amor entre hombre y mujer, de acuerdo con el cantar de los cantares. Esa es la encarnación más básica del amor del reino de Dios (cf. Ef. 5, 21 – 33).







Ese amor se dirige a todas las personas, especialmente a las más necesitadas. La experiencia confirma que en ese amor está la felicidad. Las personas que aman de esa manera son felices – incluso en las dificultades y sufrimientos. En eso se realiza la profecía de Jesús: “Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por causa de mí y del Evangelio la salvará”. (Mc 8, 35). Jesús se refiere a la muerte de los mártires, pero eso se aplica también a todas las privaciones o sufrimientos encontrados en el servicio al prójimo.


La felicidad está en el compartir. La familia es el primer ambiente de compartir y los niños deben aprender, desde el inicio de la vida, que solamente la comunidad permite vivir. La experiencia muestra que tantas familias desunidas, deshechas, producen verdaderos desastres humanos. Más allá de eso, Jesús presenta un criterio esencial para hacer parte de su familia: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Mostrando con la mano a sus discípulos, dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo aquel que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, este es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt. 12, 48 – 50).

La sociedad capitalista actual enseña que el individualismo es el único camino de la felicidad. Ella estimula el consumo individual. Enseña la ley de la competición universal. Unos deben luchar contra los otros para ocupar el mejor lugar, pues la vida es competición. Esta sociedad visibiliza los campeones de todas las categorías y no deja espacio para los vencidos. La ley fue proclamada desde los orígenes del pensamiento capitalista, celebrando la maravilla del mercado. Se dice y se repite sin cesar que en el mercado cada uno gana si lucha contra todos. Si cada uno busca su interés particular habrá paz y prosperidad y la sociedad humana tendrá armonía. Nuestra experiencia de cada día desmiente esas promesas, pero ellas continúan formando la doctrina dominante de las clases dirigentes en el mundo entero. Las consecuencias de eso, también entre nosotros, están ahí para ser vistas.


Según las leyes de mercado, cualquier forma de solidaridad, cualquier límite impuesto al mercado para abrir espacio a los más pobres, sería un desperdicio y un obstáculo al progreso.


Se creó, de esa manera, una sociedad de individuos aislados que no miran a los otros a no ser bajo el punto de vista de las ventajas o desventajas que cada uno puede representar. Los otros son hechos para ser explotados o combatidos.


El sistema, aunque domine casi toda la economía, aún no consiguió destruir la herencia de vida comunitaria de las generaciones pasadas. La humanidad aún es viable gracias a esa herencia. Existe la herencia de la antigua familia, la herencia de una educación cristiana, la herencia de las leyes sociales de gobiernos de izquierda, la herencia de la vida comunitaria en los poblados y en las capillas o en los movimientos sociales – sin excluir las comunidades eclesiales de base.


Sin embargo, sabemos que toda esa herencia está amenazada. La economía ocupa un espacio fundamental en la sociedad, sobretodo en la actualidad, cuando ella consiguió prácticamente destruir la política y anular la fuerza del Estado. El Estado encargado de la comunión y participación de todos los ciudadanos perdió la mayor parte de su capacidad. Las normas son dictadas por las grandes fuerzas económicas. El papel del Estado consiste en aplicar las normas dictadas por las grandes empresas, crear una infraestructura que les permita operar sin tener que contribuir y, después de eso, procurar esconder su dependencia en relación a los grandes de la economía. Y los medios de comunicación colaboran en eso, mostrando que todo está bien, que el Estado funciona y que la economía podría adquirir más autonomía aún, esto es, más capacidad de dominación.


La propia Iglesia está siendo callada, intimidada, avergonzada por ese sistema económico. Ella está siendo acusada de ser retrógrada, no entender nada de la economía, ignorante de la vida moderna. Lo que se espera de ella es que dé la bendición a las empresas y a los bancos, a los grandes del sistema y se quede callada. Este resultado casi se consiguió.






Es verdad que el sistema dispone de un inmenso aparato de propaganda en los medios: TV, radio, diarios, publicidad, revistas, cursos de economía en millares de facultades e institutos. Sin contar las reuniones anuales en Davos, en que se reúnen los conquistadores y vencedores del mundo junto a sus invitados para recordarles que los dueños son ellos y que, en sus decisiones, a los invitados les cabe concordar.


Si la Iglesia se calla en relación a ese sector tan esencial para la humanidad de hoy, es señal que prefiere no posicionarse delante de lo que está puesto. Sin embargo, es justamente allí donde se encuentra el punto crucial. En los primeros siglos, la Iglesia hablaba contra el culto de los emperadores. Hoy los modernos emperadores son aún más arrogantes que los del pasado, disponiendo de medios mucho más eficaces – e, incluso así, estamos callados, subyugados y esclavizados. La Iglesia pretende evangelizar. ¿Pero cómo puede hacerlo si ella se curva delante del gran dios del mundo, el sistema económico en vigor – sostenido por los pilares del mercado y del dinero – en que triunfan los arrogantes vencedores? Si el evangelio solamente expresase lo que los dominadores del mundo aceptan o hasta aplauden, ¿dónde podría haber evangelización? Por eso tantos discursos, encíclicas y documentos eclesiásticos permanecen letra muerta, porque no consiguen esconder que están sumisos al poder dominante. Todos esos documentos no dicen lo que debían decir y, por eso, sería mejor que no existiesen – así, al menos, no mostrarían explícitamente que la Iglesia perdió la libertad.


Esta situación genera otra sospecha que no queremos admitir. Si la Iglesia queda tan callada, ¿no será porque está de alguna manera integrada en el sistema? No estamos, con eso, afirmando que ese pensamiento esté presente en la jerarquía. Pero, para tanto, basta que haya un administrador, un funcionario que acepte esa práctica, y que los demás se queden callados. En ese campo, es bastante común que las autoridades sean manipuladas por sus auxiliares.


En Brasil, los medios critican al presidente con libertad y mucha ironía. ¿Pero cuáles de esos grandes órganos de comunicación osarían criticar el director del Banco Central? Saben que atacar el presidente no tiene consecuencias, pero ya la crítica al presidente del Banco Central significaría ofender al representante del dios principal de este mundo.


Es verdad que las empresas tienen, en su presupuesto, la previsión de gastos en beneficios sociales – conquistando, con esto, la fama de generosidad. Pero tal gasto constituye excelente publicidad, trayendo retorno a la propia empresa.


La felicidad está en la vida comunitaria, en el compartir y en la ayuda mutua. En la historia de la Iglesia, los capítulos 2 a 5 de los Hechos de los Apóstoles, nunca dejaron de provocar a los discípulos de Jesús. De modo particular, la provocación venía de los resúmenes de la vida comunitaria, en primer lugar de Hechos 4, 32-37: “Todo era puesto en común…” (He. 4, 32-37).


El autor de los Hechos de los Apóstoles puso ese resumen en los capítulos dedicados a describir la primera comunidad de Jerusalén, porque en aquel momento aún era vivo el recuerdo de los tiempos de la fundación y del ideal de vida comunitaria que había en el comienzo. Debía ser un ejemplo para las comunidades de su tiempo, aunque sea posible entrever que no siempre ese ideal estaba siendo perfectamente aplicado. La advertencia de Pablo a la comunidad de Corinto demuestra que muchos no habían entendido: “Cuando vosotros os reunís en común, no es la cena del Señor que tomáis. Pues a la hora de comer cada uno se apresura a tomar su propia comida, de manera que uno tiene hambre mientras que el otro está embriagado. Entonces, ¿no tenéis casas para comer y beber? ¿O despreciáis a la Iglesia de Dios, y queréis afrentar a los que no tienen nada?” (1 Co 11, 20 – 23).








Las amonestaciones de Santiago contra los ricos (cf. Stgo 4,13-5,6) y la advertencia del autor de la primera epístola de Juan recuerdan que el amor es servicio de ayuda en las necesidades del próximo, y no está en los sentimientos o en las bellas palabras: “No amemos con palabras, ni con la lengua, sino con obras y en verdad” (1 Jn 3, 22).


Esos textos muestran que el ideal de comunidad permanece vivo, a pesar de las dificultades encontradas. Siendo ideal tan difícil, no debemos tener la ilusión de que toda la Iglesia podría practicarlo. Pero siempre hubo grupos que hicieron esa tentativa.


El desafío son los pobres, pues viven fuera de las comunidades, siendo moralmente rechazados por los que supieron salvarse en la vida. Como dice s. Gregorio Nacianzeno: “Creo que la parte principal del amor es el amor a los pobres, la misericordia compasiva para con nuestros semejantes. No hay culto mejor que se pueda prestar a Dios, pues él tiene predilección por la misericordia y por la verdad”5.


Los judíos conocieron formas de comunidad. Una de ellas fue la famosa comunidad de Qumran, en el desierto de Judá, al lado del Mar Muerto. Sin embargo, lo que prevalecía no era propiamente la comunidad, o sea la fraternidad, el amor a los otros. Importaba la disciplina destinada a mantener la fidelidad a la Ley, conservándose la distancia en relación a la ortodoxia de Jerusalén. Se asemejaba a la solidaridad de una minoría que se protege contra la mayoría que considera equivocada. Hoy no sabemos cuáles podrían ser los contactos o los puntos de dependencia de las comunidades monásticas cenobíticas que aparecen en el tercer siglo.


Una de las formas de vida comunitaria surgida en la historia del cristianismo, fue la vida monástica – por lo menos en su forma cenobítica, que poco a poco se tornó la más común. No sabemos de dónde procede la vida monástica que aparece inicialmente en Egipto y en Asia Menor, tierras de la más antigua evangelización. Faltan documentos. Mirando hacia los pueblos vecinos, no se nota ningún indicio de esos orígenes. ¿Se necesitaría mirar más lejos, hasta la India? Sin embargo, hay muchas diferencias entre el monaquismo hindú y el monaquismo cristiano. Al mismo tiempo, hay también muchas semejanzas y no se puede descartar una influencia venida de la India.


La Biblia no hace referencias a la vida monástica – ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. En el cristianismo primitivo y en la Biblia todos son llamados a la perfección y a la santidad. La Iglesia no está dividida entre una parte santa y otra pecadora. La vida monástica, que se institucionaliza, constituye una novedad ulterior. No pertenece a los orígenes cristianos. No fue algo pensado por Jesús. Mas fue la adaptación del evangelio en un contexto histórico específico.


Dentro de la vida monástica, según las fundaciones de s. Pacomio, apareció un sector de vida comunitaria, el cenobitismo. Hubo comunidades de hasta centenas de monjes. Sin embargo, lo que puede sorprender es el espacio relativamente reducido ocupado por la propia vida comunitaria en la espiritualidad de los monjes que viven en comunidad. Desde el inicio, lo que constituye la comunidad es el superior y la común dependencia al superior: Todos están unidos porque todos obedecen al mismo superior. No se atribuye importancia a las relaciones horizontales. Esta será una preocupación contemporánea.


Lo esencial de la vida monástica es la transformación del propio monje, y la comunidad no parece ocupar un lugar importante en esa conversión permanente o en esa vida contemplativa, a no ser un medio ascético más para alcanzar la perfección6.










El tema de la comunidad no está totalmente ausente, aunque esté menos presente de lo que podríamos esperar hoy. El tema se inspira en los textos clásicos sobre la comunidad de Jerusalén en los Hechos de los Apóstoles7. Sin embargo lo que se destaca es la comunidad de bienes, mas no hay nada que haga referencia a la propia comunidad, o sea, sobre la relación entre los monjes. De hecho esta nunca ocupó un lugar importante. Cuando ciertas experiencias recientes quisieron introducir en la vida monástica el diálogo de la vida común, prácticamente siempre fracasó. Se trata de un elemento moderno que supone una revisión completa de la vida monástica, y una espiritualidad nueva que aún no se inventó.


Hoy percibimos el embasamiento histórico de la vida monástica. Ella está relacionada con la cultura de aquel tiempo, cultura religiosa y social que permaneció hasta la mitad del siglo XX y comenzó a ser cuestionada desde entonces. Los monjes están en la búsqueda de la vida monástica del siglo XXI. Claro que ellos también sufren el impacto de la cultura contemporánea, radicalmente individualista.


A primera vista podríamos imaginar una buena relación entre la vida cenobítica antigua y el individualismo contemporáneo. Pero la distancia entre los ideales de vida es demasiado grande.


El monaquismo busca la soledad, la vida alejada del mundo, la dedicación a la contemplación y cada uno trabaja por su cuenta. Nuestros contemporáneos procuran tener muchas relaciones humanas que los ayuden a promoverse o a defenderse contra las agresiones de los competidores. Las relaciones humanas actuales están fundadas en el principio de que cada uno resuelve su vida, pero usando los servicios de otros. La comunidad monástica está lejos de la cultura contemporánea.


Los monjes eran laicos, pero a partir del cuarto siglo pasó a haber algunas experiencias de vida comunitaria en el clero. San Agustín dio una gran visibilidad a esa experiencia. Él había vivido en una comunidad de algunos filósofos amigos. Pensó en reunir presbíteros, diáconos y sub-diáconos de Hipona, en una comunidad clerical. Su fuerte personalidad logró mantener lazos comunitarios en su clero8. Desde entonces, el ideal de comunidad en el clero se renueva en cada generación, pero las dificultades eran y aún son grandes. Pocas son las experiencias de vida comunitaria entre sacerdotes.


Durante la Alta Edad Media hubo nuevas experiencias, sobretodo a partir del siglo XI, con las Órdenes de Canónigos regulares. San Norberto fue un gran fundador creando los Canónigos premonstratenses que perduran hasta hoy, pero ya no son aquello que eran: el clero que dirige la Diócesis al lado del Obispo. Se transformaron en religiosos de status semejante a las Órdenes y Congregaciones definidas por el Derecho Canónico9.


La vida comunitaria fue dominada durante 18 siglos por la separación entre el pueblo, los laicos y las comunidades monásticas o clericales. ¿Estaríamos llegando al fin de ese período? No parece que esa separación haya sido factor de vida para la inmensa mayoría de los bautizados. Fueron dejados de lado como si fuesen definitivamente incapaces, siendo mantenidos en una condición de dependencia. Pío X decía que, en la Iglesia, el papel de los laicos es obedecer al clero. Esa condición no favorece la vida de la Iglesia. La salida masiva de los católicos ¿no tendría en ese hecho una de sus explicaciones fundamentales? Los católicos ya no aceptan ese único papel de obedecer.


En segundo lugar, en la vida comunitaria de los religiosos y del clero, no aparece la prioridad del amor, de la caridad. En el ideal monástico o religioso, la caridad no es prioritaria, lo que no deja de ser un gran problema. La vida comunitaria del clero tampoco coloca la caridad, el amor de unos para con los otros, como prioridad. Por consiguiente, alguna cosa falta. Ese es uno de los mayores desafíos de la Iglesia hoy. La centralidad de la obediencia nos llevó a un impasse y ahora no se sabe qué hacer para salir de él.







En el siglo XX hubo muchas experiencias de formación de comunidades de laicos, todos iguales y todos participantes. Por falta de reconocimiento solamente algunas de esas experiencias consiguieron perseverar, otras desaparecieron y otras entraron en la disidencia formando grupos independientes de la Iglesia como institución global.


Hace algunas décadas, en la América Latina, por la primera vez tuvimos una experiencia de extenso alcance, que envolvía a millones de católicos y en varias regiones consiguió el apoyo de la jerarquía y del clero: la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs)10. Resultado: fueron denunciadas como infiltración comunista en la Iglesia, siendo duramente atacadas. ¡Se les atribuyó el concepto de escuelas del marxismo, escuelas de guerrilleros! A pesar del apoyo constante de muchos obispos y de una generación de sacerdotes, sin olvidar el papel decisivo de numerosas órdenes religiosas, las CEBs fueron tratadas como sospechosas. A pesar del apoyo dado por la Conferencia de Puebla, la ofensiva de denuncia continuó. Se decía que al Papa no le gustaban las CEBs y esto era bastaba para tomar distancia de una experiencia sospechosa. En el Sínodo de América, realizado en Roma en 1997, ellas fueron omitidas. ¿Olvido? ¿Distracción? ¿O voluntad deliberada de suprimirlas?


A partir de los años 1990 ellas fueron abandonadas por la nueva generación sacerdotal. Hoy se dice simplemente que ellas pertenecen al pasado y que es necesario inventar otros caminos. Desgraciadamente, esos nuevos caminos no son nada más que el regreso a las devociones tradicionales del pasado. Las CEBs miraban para el presente y para el futuro. Las nuevas generaciones miran para el pasado, creyendo que de esa manera la Iglesia se salvará.


¡Fue un enorme error! Eliminaron las CEBs y la consecuencia fue que las masas populares empezaron a buscar las Iglesias pentecostales. Al volver a la parroquia, el clero volvía al pasado. Pero las masas populares no siguieron ese camino. La Iglesia católica ofreció gratuitamente las masas populares a los pentecostales.


Las CEBs eran una gran novedad, que respondía a las aspiraciones de los contemporáneos y preparaba un cambio de estructuras. Pues la estructura parroquial no tiene más futuro. Ella se mantiene en las regiones más atrasadas de América Latina, pero no atrae la juventud.


Lo que las CEBs ofrecían era justamente lo que se deseaba, y correspondía a la evolución cultural y social de las masas populares. Ellas volvían a una comunidad hecha de relaciones horizontales. Abandonaban el esquema clerical. El clero conservaba su misión, pero no se constituía en jefe que mandaba y las Comunidades no se definían por la pura obediencia. En segundo lugar, ellas destacaban la prioridad de la caridad por encima del culto. La parroquia está centrada en el culto y la CEB está centrada en el servicio al pueblo.


Al volver a la prioridad del culto, el clero pretende volver a un pasado que está definitivamente condenado y pretende ignorar la nueva cultura y las aspiraciones de las masas populares. Estas ya no son como en el pasado; no tienen más la mentalidad de rebaño que busca un patrón para servir. Hubo escolarización y, a pesar de las insuficiencias de la escuela pública, por lo menos adquirieron una personalidad nueva. A pesar de todas las insuficiencias de las Iglesias pentecostales y de sus pastores, las masas escogen esas Iglesias. Ese hecho muestra hasta qué punto ellas ya se alejaron del modelo tradicional fundado en la verticalidad y en el culto.


En varios lugares, las CEBs fueron mantenidas en las apariencias, pero quedaron vaciadas de su contenido original. Volvieron al sistema parroquial, a la dependencia del padre y la prioridad de los sacramentos y del culto en general. Con eso se suprimió lo esencial de las CEBs, dando la impresión de conservarlas.








Un día será preciso volver a esa nueva estructura que la América Latina inventó gracias a la confianza de obispos proféticos y de sacerdotes que tomaron en serio lo que el Concilio Vaticano II decía de los laicos. ¡Las CEBs nacieron en América Latina, pero tienen valor universal!


El sistema clerical está condenado por la historia y solamente sobrevivirán las comunidades de cristianos que asuman juntas una parte de la misión, grupos suficientemente homogéneos en la manera de percibir esa misión. Habrá variedad, pero todas darán respuesta a la necesidad de relaciones entre iguales, fraternales y solidarias. Las Comunidades de Base podrán volver a sugerir muchas cosas, aunque los tiempos hayan cambiado. La afirmación de los laicos creció desde entonces. Esas comunidades contaban con muchos miembros del clero en su dirección – que eran aceptados porque los sacerdotes que entraban en ese camino procuraban esconder o disminuir el liderazgo que ejercían. En el futuro la autonomía de esas comunidades será mucho mayor.


Es evidente que los miembros de las Comunidades de Base vivían con más intensidad. Hoy, como decía el cardenal Oscar Rodríguez, estamos en una Iglesia adormecida. Este sueño viene del desaparecimiento de las comunidades populares. Conseguimos encontrar aún algunas señales de vitalidad en las últimas que sobrevivieron. Quien conoció las comunidades de aquel tiempo puede dar testimonio: irradiaban vida, sus miembros eran felices porque tenían certeza de que estaban realizando una obra importante al servicio de su pueblo y seguían los pasos de Jesús como buenos discípulos y discípulas. Eran pobres – tal vez, en muchos casos, aún más pobres que ahora – pero se sentían animados por el Espíritu. La fraternidad vivida con intensidad estaba en la base de esa felicidad, así como los servicios prestados al prójimo. Los fundadores de las CEBs se sentían roturadores de nuevas condiciones de vida y esta participación en la obra de redención de la humanidad los tornaba felices. Allí estaba la Vida.


La vida es libertad11. Muchas sociedades humanas cayeron en la tentación de formar una fuerza por la disciplina de tipo militar. Así fue Esparta frente a Atenas. De Esparta no subsiste nada y de Atenas deriva la civilización occidental. En la primera se cultivaba la fuerza y en la otra se cultivaba la libertad. Al final, ésta se mostró más fuerte que aquélla.


La tentación consiste en transformar la sociedad en una fuerza militar. Con eso, puede tenerse la impresión de alcanzar gran vitalidad y afirmación de fuerza. Así sucedió en las dictaduras y en los Imperios del mundo. Los Imperios subsistieron mientras pudieron dejar cierta libertad a sus súbditos. Así fue con el Imperio Británico. Algunos gobernantes norteamericanos parecen no haber aprendido la lección. Creen en la fuerza bruta de sus ejércitos, con la ilusión de que esa es la verdadera fuerza, siendo factor de vida. Es ilusión querer trasmitir a los soldados un sentimiento de fuerza, antes de que partan para la batalla.


Los soldados hasta pueden mantener ese sentimiento de vitalidad mientras son vencedores. Pero una vez vencidos, entran en estado de depresión. Su sentimiento de fuerza y de vitalidad era artificial, producto de manipulación, no procediendo de ellos mismos.


Así se sentían los soldados de Alejandro Magno o de Julio César, las fuerzas que conquistaron la América, las fuerzas de Hitler o de Napoleón cuando estaban en el inicio de su trayectoria. Estaban convencidos que la vida resulta de la unidad, en la uniformidad, de la obediencia de todos a una sola voluntad.


Para conseguir esa obediencia es necesario crear una ideología de guerra. Es necesario convencer al pueblo de que está siendo amenazado de destrucción por un enemigo poderoso. Es preciso mostrar que se tiene la fuerza para vencer y quedar libres de esa amenaza. Fue lo que los gobiernos americanos consiguieron inculcar en su pueblo en las guerras del Vietnam y del Irak. Después del sentimiento triunfal de la vida por la imposición de la fuerza, vino la frustración y la depresión. No era la vida verdadera.






Hoy, la disciplina militar reina en las grandes empresas, sin embargo, ellas saben recurrir a las ciencias psicológicas. Aprendieron el arte de convencer, seducir, mezclando el agrado con la amenaza. Aprendieron a convencer a los empleados que la sumisión es la mejor salida. Quien no concuerda será tratado como enfermo mental y existen buenos tratamientos para eso. O, en vista de eso, estarán en la lista de la próxima reducción del número de empleados.


De la misma manera opera la fuerza moral que consigue unidad y uniformidad gracias a la manipulación del miedo o del terror – por motivaciones religiosas, por ejemplo. Es la ilusión de la fuerza de la ley, y la persuasión o ilusión de que la ley es vida. Sin embargo, Jesús mostró en su vida y s. Pablo explicitó que la ley no es vida, mas está asociada a la muerte. La ley reduce la vida. Crea la ilusión de seguridad. Como compensación al sacrificio de la libertad, los dirigentes religiosos prometen bienes espirituales, prometen la salvación del alma después de la muerte y muchas ventajas ya en esta vida. Este sistema funcionó en la Iglesia católica durante 1.600 años.


La sumisión a ese sistema – que Roma consiguió imponer a todas las Iglesias del Occidente – crea la impresión de fuerza y de vida. Los miembros se sienten protegidos, fortalecidos por la presencia de innumerables colegas que actúan en el mismo sentido. No es en vano que instituciones católicas frecuentemente usan un vocabulario militar. La Iglesia se transformó en un ejército espiritual que vence por su fuerza moral. Mejor dicho: que venció, pues hoy paró de vencer. Esa disciplina moral legalista ya no convence, salvo a los miembros de algunos movimientos fundamentalistas a los cuales el sistema ofrece más seguridad – ofrece seguridad, pero no vida.


Las Iglesias separadas conviven con tensiones, divisiones, carecen de homogeneidad y permiten muchas dudas. Frente a esas Iglesias los católicos manifestaban fuerza de convicción, no había dudas y tenían la certeza de estar en el único camino correcto. Como decían muchos: “quien está con el Papa nunca yerra, siempre vence”. Pero, ese tipo de católico se torna cada vez más raro.


Hoy la realidad cambió. Hay ciertas personalidades que consiguen sobrevivir y desarrollarse en cualquier situación, también en un sistema de ley absoluta. Pero la gran masa no es así. Cuando las grandes masas abandonan la Iglesia católica para ingresar en otras Iglesias u otros movimientos religiosos, tienen la impresión de entrar en la vida. De hecho manifiestan más vitalidad. Consiguen vencer el alcoholismo o las drogas – que los católicos no consiguen. Crean el sentimiento de una vida diferente, mucho más personalizada. La razón es que las masas ahora están más escolarizadas. Quieren escoger y decidir – también los más pobres.


Esa diferencia entre las Iglesias históricas y las nuevas Iglesias no es debida al contenido de la doctrina, sino que al sistema de obediencia legalista, o sea, a las restricciones hechas a la libertad. Lo que promueve vida es la libertad. Con certeza la libertad trae problemas porque la armonía no es espontánea entre los seres humanos. Entre ellos hay oposiciones, luchas internas, discusiones teóricas y sobre la práctica pastoral. Las divisiones aparecen también a los que están afuera. Sin embargo, la Iglesia católica impide la formulación de divisiones, ella reprime cualquier tentativa de división aunque no consiga el silencio completo de los opositores. Pero esa pastoral es cada vez más contraproducente. Cualquier intervención arbitraria de la autoridad suscita protestas, indignación, y provoca nuevas salidas.


A primera vista, la homogeneidad parece ser mejor porque da impresión de fuerza. Sin embargo, los problemas traídos por la práctica de la libertad, son ampliamente compensados. La libertad suscita la creatividad. Esta permite asimilar rápidamente las novedades que proceden de otros. Un sistema fundado en la disciplina queda siempre atrasado. El Concilio Vaticano II llegó con cuatro siglos de atraso. Todo lo que dijo, estaba siendo esperado en el siglo XVI. Para evitar la desunión la Iglesia permanece conservadora y continúa sin cambiar hasta que todos estén convencidos de la necesidad de un cambio, lo que casi nunca ocurre. El resultado es que los católicos abandonan esa Iglesia.



Durante siglos las novedades son reprimidas, lo que debilita la vida. Responder a los desafíos de las nuevas situaciones, de la evolución cultural, quiere decir preocuparse de la vida. Cuando no se responde a los desafíos del tiempo, acontece lo que ocurrió en el siglo XVI: se dio la división de la cristiandad occidental, la fuga masiva de los católicos durante toda la modernidad en un fenómeno que llega al auge en este momento.


La vida exige un proyecto. Cuando una sociedad no tiene más proyecto de vida, ella pierde la vitalidad, se debilita, se torna una sociedad aborrecida, que no se siente llamada a hacer nada más y pierde la creatividad. Es el caso de Europa en la actualidad – sobretodo de la Europa Occidental. No tiene nada más que hacer en este mundo. Para esa región la vida son las vacaciones, los viajes turísticos, el descanso. Ahora bien, la vida supone un proyecto colectivo. Las épocas de mayor vitalidad fueran las épocas en que una sociedad tenía un proyecto colectivo. Suscitaba el entusiasmo de todos.


En ese sentido, basta comparar el pueblo de Venezuela y el de Brasil. El pueblo de Venezuela tiene un proyecto colectivo y por eso consigue movilizar energías y crear realidades nuevas en medio de las masas populares. En Brasil no hay más entusiasmo. Cada uno se dedica a sobrevivir, pero no sabe por qué y para qué vive. Falta un elemento para dinamizar, para despertar el sentimiento de urgencia de un proyecto asumido colectivamente. Falta un proyecto de transformación de la sociedad, un proyecto colectivo en que todos colaboren, cada uno de acuerdo con su capacidad y su creatividad.


La Iglesia tampoco tiene más proyecto colectivo. Experimentó momentos de entusiasmo cuando, en las décadas de los 60 y 70 (del siglo XX), tenía un proyecto. Ahora está sin proyecto. No basta decir que el proyecto es la misión y que todos los católicos van a ser misioneros. Temas tan generales no suscitan el entusiasmo de nadie. No son proyectos, sino apenas fragmentos de teología.


Mataron las CEBs y ahora quedan sin proyecto, volviendo a las devociones del pasado, lejos de la evolución de la sociedad actual, sin dar respuesta a los desafíos de la sociedad contemporánea. La vida está ausente. Se queda en los discursos.



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1 Es importante repetir aquí lo que ya se encuentra en los libros de la Teología de la Liberación. Cf. Ignacio Ellacuria, Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, Sal Térrea, Santander, 1984; Escritos Teológicos t. II, UCA, San Salvador, 2000.


2 Cf. la encíclica de Juan Pablo II Laborem Exercens. Tenemos allí una amplia exposición de la doctrina cristiana sobre el trabajo. Falta ahora sacar las consecuencias.


3 Cf. la doctrina de Pablo: 1 Co 9, 6; 15, 10; Ts 3, 10. El evangelio no suprime el trabajo. Por el contrario, lo dignifica.


4 Cf. Jean_Yves Calvez, Les silences de la doctrine sociale de l’Eglise, Paris, 1999, p. 69 – 84


5 Cf. San Gregorio Nacianzeno, Discurso sobre el amor a los pobres, en C. Folch Gomes, Antología de los Santos Padres, San Pablo, 1979, p. 254


6 Cf. García M. Colombas, El monacato primitivo, II La Espiritualidad, BAC, Madrid, 1975


7 Cf. García M. Colombas, El monacato primitivo, II Espiritualidad, p. 89


8 Cf. F. van der Meer, San Agustín, pastor de almas, Herder, Barcelona, 1965, p. 267-310.


9 Cf. Mattoso, Espiritualidad monástica medieval, en Historia de la espiritualidad, t.1, Barcelona, 1969, p. 888 – 889


10 Cf. Marcelo Azevedo, Comunidades Eclesiais de Base e inculturação da Fe, Loyola, São Paulo, 1986.


11 Sobre esto ya me referí ampliamente en el libro Vocación para la libertad, San Pablo, Madrid, 1999

















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Vivir en un cuerpo



Nuestra vida se vive en un cuerpo. Se pueden tener varios puntos de vista respecto del propio cuerpo. Por ejemplo: “tengo este cuerpo”, “soy este cuerpo”, “no soy prisionero del cuerpo”, “este cuerpo soy yo”…. Platón defendía que el alma sería prisionera del cuerpo. Para la filosofía griega, el cuerpo no tenía valor, era algo que se debía soportar o aceptar – pero que no formaba parte de la realidad del ser humano, que se definía por la capacidad de pensar. Los filósofos griegos se ocupaban con el pensamiento racional y el cuerpo no los motivaba a la reflexión. Se vanagloriaban de ser entes pensantes. Por el pensamiento podían penetrar hasta el conocimiento de la realidad más allá de los límites del cuerpo.


La filosofía griega tuvo una influencia grande en la cristiandad. Si el espiritualismo de los filósofos no explica todo, por lo menos explica en parte la actitud tradicional de la cristiandad para con el cuerpo humano.


En la tradición espiritualista nacida de los griegos, el ser humano se considera como plenamente realizado cuando consigue desprenderse de las necesidades o de los movimientos del cuerpo para ser puro espíritu emancipado del cuerpo.


En la Biblia no hay dualidad entre el cuerpo y el espíritu. Fue solamente en los últimos siglos del Antiguo Testamento que los judíos empezaron a pensar en una sobrevida espiritual después de la muerte. La realidad humana consistía en el cuerpo y nada más. En el Nuevo Testamento hay varios pasajes que defienden una sobrevida después de la muerte – por ejemplo, las palabras de Jesús al llamado “buen ladrón”.


El ideal de los discípulos de Jesús no es de tipo contemplativo. La oración que Jesús enseña a los discípulos no es contemplativa – no es operación reflexiva de la mente como actividad intelectual. Los discípulos son los que creen en Jesús, aceptan su mensaje de esperanza y se tornan servidores del prójimo. Jesús muestra particular atención para con el cuerpo de las personas, al preocuparse tanto por los enfermos, restituyéndoles la salud. Para la Biblia, el cuidado con la vida corporal de las personas es fundamental.


Sin embargo, el optimismo bíblico en relación al cuerpo encontró oposiciones. Hubo el monaquismo oriental, cuyos orígenes son desconocidos. Para esos monjes la vida cristiana era ante todo actividad mental por ser contemplativa. No debemos imaginar una contemplación intelectual, porque los monjes eran personas simples – eran iletrados o poco letrados. Su contemplación era muy simple. Incluso priorizaban la vida contemplativa y forzaban al cuerpo a adoptar el ritmo de la vía contemplativa. Alejaban el cuerpo de los contactos exteriores, guardando el silencio, evitando las miradas de curiosidad, así como todo tipo de sensaciones agradables. En la práctica, procuraban hacer que el alma fuese algo distinto y, de alguna manera, separada del cuerpo. Procuraban encontrar medios que hiciesen olvidar el cuerpo.


En el Occidente Medieval, desde la alta Edad Media, los monjes originarios de Irlanda practican una vida austera y bien más dura de lo que postula la regla de Benito. De ahí la importancia que se dio a las mortificaciones del cuerpo. Era necesario no solamente dejar de buscar, sino rechazar las sensaciones agradables. El cuerpo fue tratado como enemigo que se debería vencer, pues no desaparece a pesar de ser reprimido. La lucha debe ser constante para evitar cualquier sorpresa.


Últimamente las mortificaciones desaparecieron del programa cristiano. Durante siglos, sin embargo, hubo la obligación del ayuno y fueron estimuladas las prácticas de mortificaciones, tales como luchar contra el sueño, contra la sed o el hambre, inflingirse heridas, usar instrumentos de penitencia – cilicios y autoflagelación – que mantenían al cuerpo sufriendo. Era necesario castigar al cuerpo y tratarlo como potencial causante de tentación y de pecado.



Nuestros contemporáneos tomaron el rumbo exactamente opuesto. Entregaron el cuerpo a la voluntad del consumismo y a aquello que es dictado por la publicidad. El cuerpo queda expuesto para servir a la publicidad. Hay una colección interminable de productos para adelgazar, cuidar la piel, del rostro y de todas las partes del cuerpo – de la cabeza a los pies. Otrora había una gran preocupación en cubrir el cuerpo lo más posible, principalmente el de las mujeres. Actualmente existe la preocupación contraria: descubrirlo al máximo. El cuerpo se torna objeto de consumo. Con eso, el nivel de preocupación con los cuidados estéticos del cuerpo llega a tal punto que el ser humano pasa a ser esclavo del propio cuerpo.


El cuerpo ocupa un lugar importante en las relaciones humanas. Las ropas desempeñan un papel social también importante: muestran la distancia entre clases sociales. Los primitivos se pintaban no sólo el rostro, sino el cuerpo entero. Hoy el cuerpo continúa manifestando, aunque más discretamente, el tipo de relaciones sociales. Hay una manera de saludar un superior y otra de saludar un inferior. La moda de los primitivos revive con los tatuajes, la pintura de los labios o de los ojos. Hay gestos corporales significativos, como por ejemplo: abrazar, besar la mano, el rostro o la boca. Hay culturas en que los gestos son formalizados al extremo – como en Japón o en las sociedades aristocráticas, donde se desarrolla un ritual rigurosamente observado. El cuerpo está repleto de significados.


¿Qué es vivir en un cuerpo? Nuestro cuerpo es de naturaleza animal, teniendo semejanza con los animales y participando, en muchos aspectos, del modo de vivir de los animales, sobretodo de los mamíferos.

Un cuerpo nace, crece, se torna adulto, envejece y muere. Ese es el ciclo del cual nadie escapa.


Cada edad de la vida tiene sus características, un modo de vivir específico. Ser niño es un modo de ser propio de esa edad. El niño va descubriendo el mundo hecho de personas y de cosas; va a tener que asimilar el saber conquistado por las generaciones anteriores. Eso, sin embargo, va a depender de cómo ha pasado la infancia. Hay niños que aprenden mucho porque se encuentran en situaciones privilegiadas. Hay niños que aprenden poco y son intelectualmente atrasados, porque en el medio en que viven no hay casi nada que los ayuden a aprender.


También hay mucha diferencia entre ser niño en el campo o en la ciudad, en una favela o en un amplio departamento. Cada situación va a diferenciar al niño. Él niño no puede escoger las situaciones que lo rodean. Su trayectoria es definida por la situación de los padres. Nadie escogió los padres que lo concibieron.


Comparado con los cachorros de los animales, el niño está en una situación de extrema dependencia. En el inicio, la dependencia es total y el niño necesita de ayuda para todo. Los animales se hacen adultos mucho más rápidamente, ahora para los seres humanos el aprendizaje es largo y penoso. Los seres humanos dependen, para el resto de la vida, de cómo transcurrió la infancia. Lo que se adquirió en esa época permanece para siempre y lo que faltó provoca carencia para el resto de la vida. Nadie se construye solo, sino que necesita de la ayuda de los otros.

Con el crecimiento y la llegada de la adolescencia, el niño va tomando conciencia de su personalidad. Se distancia de los padres o educadores. El adolescente descubre la propia sexualidad. Comienzan a acentuarse los rasgos físicos que distinguen los niños de las niñas. La adolescencia provoca inquietud e indefinición. De alguna manera el adolescente ya puede escoger algunos rumbos, pero todavía depende mucho de los adultos que le muestren el camino. Comienza a pensar por sí mismo, con bastante inseguridad, necesitando ser bien acogido. Hoy muchos niños, por sentirse rechazados, se tornan violentos al llegar a la adolescencia – quieren destruir este mundo que no los acoge.


Ahora los adolescentes que se sienten protegidos, estimulados, van solidificando la auto-estima; se preparan y comienzan a definir su carrera. Son orientados a canalizar todas sus energías en ese sentido, evitando el desgaste de las grandes crisis.




También hay un significativo contingente de adolescentes que se encuentran en una franja intermedia: son razonablemente ayudados, pero están excluidos de las carreras que les garantizarían buenas posiciones sociales en el futuro. Son los que van a tener que “arreglárselas” y, con mucho esfuerzo, consiguen alcanzar un piso razonable.


Con la llegada de la edad adulta la persona tiene un trabajo definido que le da más o menos satisfacción. Se casa o convive formando una pareja más o menos estable, pero siempre con la preocupación de buscar la estabilidad. Procura adquirir la mayor cantidad posible de bienes que la publicidad propone. Adquiere seguridad y sentimiento de capacidad. Cuenta con un grupo de amigos. Tiene hijos y se torna educador(a) también. Por lo menos es eso lo que se espera de una persona adulta – y lo que la persona adulta también espera de sí.

En la actualidad, la sociedad excluye buena parte de sus miembros, negándoles la necesaria formación técnica, intelectual y, no raro, también moral. Quedan en la dependencia de los otros o de subsidios públicos. Algunos se adaptan a esa situación al punto de encontrarla más cómoda. Pero la mayoría siente esa situación como una frustración y una humillación.


La plenitud de la vida adulta, que antes podía comenzar temprano, hoy está quedando cada vez más retrasada. Antiguamente la edad adulta comenzaba a los 15 años para las mujeres y a los 18 para los muchachos. Hoy los jóvenes permanecen en la casa de los padres por mucho más tiempo – hasta los 30 años o más – y procuran formar una pareja estable bastante más tarde. También la edad adulta va aumentando. En un pasado no tan distante, a los 60 años un ser humano era viejo. Hoy en día la vejez comienza a los 70 años o más. El ser humano puede continuar trabajando y producir hasta una edad bastante más avanzada.


La vejez llega inevitablemente. Los contemporáneos procuran salvar las apariencias, pero un día sentirán que se están quedando viejos. La vejez varía mucho en función de la vida llevada. Hay viejos que viven prácticamente aislados, poco interesados por lo que acontece en el mundo y casi sin actividad. Hay otros que continúan activos, lúcidos, abiertos a las novedades de mundo exterior. Sin embargo los órganos del cuerpo ya no funcionan tan bien: la vista, los oídos y la memoria se debilitan. La vida se va apagando – más deprisa para unos, más lentamente para otros – hasta la llegada inevitable de la muerte. Incluso sabiendo que ella es inevitable, siempre es una sorpresa. Nadie está completamente preparado para ella. Pero hay algunos que están más preparados que otros. Antiguamente la conciencia de la muerte era más viva y había ritos para los enfermos, los agonizantes y los muertos. Hoy muchos mueren solos en un hospital. Así termina la vida. En muchos casos la muerte sorprende a la persona más temprano, por accidente, enfermedad o asesinato – lo que se torna cada vez más frecuente en la actualidad. Hay los que contraen alguna enfermedad y viven enfermos durante años. Otros nacen deficientes o se tornan deficientes en el decorrer de la vida y pueden prolongar esa vida limitada durante muchos años.


Delante de esa realidad surge la pregunta: ¿Mas la trayectoria del ser humano se resume a eso? Emerge, entonces, el pensamiento: “yo soy más que eso”. Sin embargo, nuestra vida se desarrolla así y necesitamos saber aprovechar bien el tiempo que nos es dado.

El problema de la salud es uno de los principales problemas enfrentados por la sociedad de hoy. Hasta el siglo XX la mortalidad infantil era muy elevada. Había pocos viejos y la media de vida no sobrepasaba los 40 años. Muchos niños morían en tierna edad. Una parte significativa de ellos eran huérfanos. La apertura de orfanatos era una gran obra de caridad.











La medicina empírica no conseguía identificar ni dar remedio para combatir las enfermedades cuyo origen era desconocido. Muchos morían de peste y cólera- por la inexistencia de remedios disponibles. Muchos quedaban ciegos porque no se sabía como actuar en relación a los problemas de catarata. No había remedios contra la tuberculosis, contra los derrames cerebrales, contra los ataques del corazón o contra el cáncer. La medicina oficial permaneció muy ignorante hasta el siglo XIX, y solamente entonces empezó a descubrir la vacunación, y existencia de microbios y la cirugía – fue cuando nació la llamada medicina experimental, aplicando a la medicina el método científico.


Desde entonces, la medicina progresó mucho. Sin embargo, aún hay en el mundo epidemias que hacen muchas víctimas: la epidemia del SIDA, sobretodo en África; la epidemia de malaria, y, de vez en cuando, epidemias provocadas por virus aún no conocidos.


La salud siempre fue objeto central de la religión. Más del 90% de las oraciones son para pedir salud. El recurso a fuerzas sobrenaturales substituía la carencia de la medicina. Innumerables fueron los milagros atribuidos a los santos en la Iglesia católica – o a divinidades, espíritus, fuerzas sobrenaturales en otras religiones. Hoy el número de pobres que todavía no reciben los beneficios de la medicina especializada continúa muy elevado- la alternativa es, más de una vez, recurrir a las fuerzas sobrenaturales. El problema de la salud es permanente. Cuando una persona está con buena salud hay mucha probabilidad que en su casa o en su familia haya alguien enfermo – sobretodo entre los pobres. E incluso en los países que gozan de los beneficios de la medicina, aparecen nuevas enfermedades que van perpetuando el desafío de la salud.


Es así mismo: vivimos en un cuerpo sujeto a enfermedades, susceptible al debilitamiento y, muchas veces, incapaz de trabajar. Además de eso, las personas que tienen buena salud se preocupan con el peligro, la amenaza de la enfermedad, y toman precauciones, usan una farmacopea ilimitada para garantizar la salud. Feliz quien goza de buena salud. La primera cosa que deseamos a los amigos y parientes es la salud. El proverbio popular dice: “Quien tiene salud tiene todo”. El desafío de la salud constituye un límite: nuestro cuerpo no soporta toda y cualquier cosa; tiene sus límites. Los campeones deportivos terminan frecuentemente enfermos o tienen vida breve, porque exigieron demasiado de su cuerpo. Cada uno debe conocer sus límites, o sea, su exacta capacidad.


Gracias a nuestro cuerpo podemos conocer otras personas – y, atendidas las condiciones, también todo lo que hay en el mundo. Sin embargo, ese conocimiento es limitado por nuestros órganos. No sabemos lo que es toda la realidad. Sabemos lo que nuestros órganos nos dan a conocer de ella. Todo lo que conocemos pasa por los límites de nuestros órganos. Podemos ver, sí, pero de modo limitado. Hay animales que tienen órganos más aguzados que los nuestros.


Nuestros ojos nos permiten ver hasta cierta distancia. No pueden ver entes muy pequeños – como es el caso, por ejemplo, de las bacterias. Fueron inventados aparatos que nos permiten extender el alcance de nuestros ojos, pero tales aparatos también tienen sus límites. Percibimos varios colores, pero solamente un sector de ondas que corresponden a esos colores. Hay animales que perciben incluso cuando para nosotros no aparece nada. Las imágenes que tenemos son formadas por nuestro sistema nervioso y nos permiten orientarnos en el mundo con suficiente precisión para poder caminar, trabajar. Ni todos los trabajos son posibles, porque no podemos percibir todo e inventamos aparatos que nos permiten extender las áreas cognoscibles, pero siempre existen límites. Nuestros ojos ofrecen un retrato del mundo hecho por nuestro sistema nervioso. Ese retrato puede mejorar, mas nunca nos dará una imagen totalmente fiel. De cualquier manera la imagen que tenemos de la naturaleza y de cada una de sus partes es una creación de nuestra imaginación. No representa lo que podrían observar otros seres corporales dotados de otros órganos.








Nuestros oídos son limitados también, aún cuando son normales. Hay ruidos que no percibimos y hay otros que destruyen nuestro sistema auditivo. Hay animales que perciben sonidos mucho más sutiles que los que percibimos nosotros – por ejemplo, hay animales que perciben antes que nosotros la llegada de terremotos y de la lluvia o de movimientos de tierra – debido a su audición del leve movimiento del aire, bastante antes que nosotros.


Sin embargo, los límites del oído son necesarios. Si tuviésemos que oír todos los ruidos producidos en la naturaleza, estaríamos totalmente absorbidos por ellos, no sabríamos lo que es el silencio y no podríamos concentrarnos. ¡Es bueno no oír todo!


La misma cosa vale para los otros sentidos – el tacto, el olfato y el gusto. Nuestros sentidos son de una sensibilidad más débil que los de muchos animales. Para nosotros, la información social es necesaria para saber exactamente lo que podemos comer o no, los contactos que son peligrosos o no, los objetos o las situaciones peligrosas que nuestros sentidos permiten identificar, pero de manera débil. La educación completa lo que falta a los sentidos, aunque sea siempre limitada.


Están inscritas centenas de generaciones en nuestro cuerpo. Cada una contribuyó para formarlo. Por la unión de los sexos somos el resultado de millares de cruzamientos entre centenas de herencias. Por eso, cada cuerpo es diferente. La misma herencia, entre hermanos, puede producir diferencias notables. En un caso, la combinación de genes constituye un tipo humano, y, en otro, la misma combinación puede producir otro tipo – toda vez que la herencia no es automática. Hay espacio para la diversidad. No hay determinismo absoluto.


No hacemos nuestro cuerpo. Cuando nacemos ya tenemos una inmensa herencia. Ni los padres pueden cambiar esa herencia concibiendo el tipo de hijos que desearían. Sus gametos están cargados de siglos de historia. Ellos no pueden cambiar eso. Necesitan aceptar los hijos que llegan, sin saber por completo de donde ellos provienen. Hacemos lo que podemos para corregir esa herencia, pero el resultado será siempre muy limitado. Un hijo puede tener gran capacidad intelectual y otro puede estar desprovisto de esa cualidad. Un hijo será aventurero y otro será sedentario. Un hijo puede tener habilidad con las manos y otro puede no tener… Cada uno recibe un cuerpo ya hecho que no puede más cambiar mucho.


Hoy sabemos que dentro de nosotros hay una vida inconsciente que busca su camino. Este inconsciente no depende de nosotros, aunque sea la fuente de sentimientos, actitudes, y comportamientos que se producen en la adolescencia y en la vida adulta sin que la persona lo sepa. Todo eso nos constituye sin que podamos saber lo que está aconteciendo. Después, corregir exige largos tratamientos.


El ser humano es también el producto de su educación. Toda la vida de una persona va a depender de la educación que ella recibió. Los educadores pueden orientar en varios sentidos, pueden desarrollar los talentos y capacidades, que están en el niño, o pueden ignorarlos abandonando posibilidades del porvenir. La educación nos moldea, sin que podamos deshacer o cambiar lo que ella hizo. Nuestra vida ya está comprometida antes que tomemos conciencia de nosotros mismos. Lo más grave es cuando los educadores no educan, sino que dejan que el niño crezca sin recibir orientación, ni información. Cuando niños así llegan a la adolescencia, no tienen disciplina interior, ni proyecto y ni voluntad de hacer cosa alguna. Se tornan en abandonados en medio del mundo, donde se sienten perdidos.


En la actualidad, los padres dedican cada vez menos tiempo a la educación de los hijos. Los dejan delante de la TV y no conversan con ellos. Con la llegada del computador, los niños disponen de un nuevo juguete que los ocupa mucho, pero que ofrece imágenes y pensamientos sueltos que no sirven para formar un método intelectual.


Los ricos pueden pagar colegios particulares que transmiten una cierta educación – aunque la información tienda a sustituir la educación.




La sociedad individualista y capitalista prepara a los jóvenes que necesita para ser funcionarios disciplinados de las empresas. Aprenden la disciplina intelectual, pero no a pensar. Por el contrario, si aprendieran a pensar, van a entrar en conflicto con el sistema. La vida intelectual es orientada en el sentido de buscar medios técnicos más perfectos que puedan economizar obra de mano y aumentar el lucro de la empresa. Reciben la recomendación de que es mejor no pensar, sino aceptar sin preguntar.


La vida intelectual no es nunca el pensamiento puro soñado por los griegos. El pensamiento está estrechamente condicionado por la cultura. El joven aprende una lengua y con esa lengua todo un modo de pensar. Si solo supiera una lengua, estará muy limitado, sin capacidad de autocrítica porque identificará a su lengua como instrumento infalible para conocer la realidad y cree que en su lengua se puede decir toda la realidad y expresar un pensamiento realmente propio.


Los lingüistas descubrieron que la inteligencia humana es hecha por la lengua. La lengua expresa su propio pensamiento mediante las personas que la hablan. Ellas creen que expresan un pensamiento propio, cuando en realidad lo que habla por medio de ellas es una lengua y toda la cultura que se expresa en esa lengua. El pensamiento es hecho por la lengua. Por eso él es muy condicionado y no puede tener la pretensión de expresar la realidad de tal suerte que sea válida para todos los pueblos y todas las culturas.


La lengua es el elemento central de la cultura, pero ésta es mucho más extensa. Los niños pobres reciben una cultura muy pobre. Les falta la comunicación fácil y múltiple con el mundo exterior, con las personas creativas. La TV ocupa en ellos un lugar importante, destruyendo la cultura o enseñando y divulgando una cultura de bajo tenor, un lenguaje convencional, publicitario, en que se difunde una ideología capitalista sin valor para la mayoría.


Quien estudia en una buena escuela o en un buen colegio entra en contacto con escritores y artistas. Aprende la historia de la literatura, de las artes, de la política y de la ciencia. Así se abren puertas que permiten aumentar los conocimientos. Aprenden a los 12 años lo que los niños pobres van aprender a los 18 años o nunca.


La vida corporal depende también del lugar que la familia o el niño ocupa en la sociedad. En una sociedad de fuerte desigualdad como en el Brasil, es muy diferente nacer en una familia rica o en una familia pobre. El joven de familia rica incorpora la seguridad, confía en sí mismo, porque sabe que su familia y sus relaciones sociales están a su servicio y le abrirán las puertas de la sociedad organizada. El niño pobre sabe que va a tener que luchar tremendamente para poder adquirir un lugar en la sociedad. Él no se siente seguro. Alimenta la ilusión de que con los certificados de estudios y con los concursos públicos las puertas se abrirán. No sabe o no quiere saber cómo se distribuyen los papeles en la sociedad. Quien no tiene nombre o no está bien relacionado es poco o nada reconocido. Lo que vale son las relaciones con gente importante.


El cuerpo es también parte del mundo, sobretodo del mundo vivo. Solamente puede vivir dentro de ciertas condiciones climáticas y de determinada vida animal o vegetal. No puede vivir en el hielo de los polos o en el desierto, a no ser de modo muy precario y relacionado con los otros hombres que viven en mejores condiciones. Hoy está puesto el desafío de la destrucción del medio ambiente. La forma como se explotan los recursos de la naturaleza lleva a un agotamiento de esos recursos. Estamos llegando a un momento en que la tierra ya no puede recuperar lo que perdió, y la vida no es capaz de regenerarse. La destrucción de la tierra comienza a ser irreversible. Esa situación no provoca ninguna reacción seria. Los seres humanos continúan explotando la tierra, destruyéndola, porque no les importa el futuro. La finalidad de la vida es el conseguir el mayor lucro posible ahora, conquistado mediante la explotación descontrolada de la naturaleza. El deseo del lucro es mayor que el temor de la amenaza de muerte. En la víspera de la destrucción completa de la vida en la tierra, Wall Street estará aún ganando dinero por la especulación financiera. Podrá aprovechar un negocio formidable: ¡enterrar a los muertos!




El cuerpo nos permite la comunicación. Aún con todos los aparatos y técnicas modernas, la base de nuestro contacto será siempre el cuerpo que usa esos instrumentos. Nada podrá sustituir el contacto directo de los cuerpos. Cada cultura tiene su sistema de símbolos, de palabras o de gestos simbólicos que permiten la comunicación. La lengua es lo fundamental, mas hay todo un vocabulario hecho de gestos del cuerpo – por medio de los ojos, de la boca, de las manos, de los pies…


Gracias a ese sistema de símbolos podemos entender, hasta cierto punto, lo que otras personas sienten o piensan. Claro que tal conocimiento es siempre limitado, toda vez que nunca es posible saber exactamente si nuestro sistema de símbolos coincide con el sistema del otro. De cualquier manera, ese sistema es limitado y, por ser cultural, solamente expresa los pensamientos o los sentimientos de un pueblo determinado.


Cuando una persona dice a otra “yo te amo”, ¿cómo saber lo que la otra entiende? ¿Qué valor dar a esas palabras? ¿Se puede tener certeza de que el valor es el mismo para quien dice y para quien oye? Por el contrario, es muy probable que los pensamientos de una y otra no coincidan. Con eso se percibe que es posible no decir las mismas cosas con las mismas palabras. Las palabras constituyen un sistema universal, común a millones de personas. Pero cada uno puede dar un contenido diferente que no consigue expresar.


La relación más íntima es la relación del sexo. Incluso así, quien vivencia esa relación ¿puede tener la certeza de llegar a una comprensión del otro? El otro siempre permanece un desconocido. Siempre hay algún límite para el conocimiento. Si uno de los dos pretende entender totalmente el modo de actuar del otro, con certeza él se engaña y engaña al otro.

Es necesario tener en cuenta que solamente podemos entender hasta cierto punto y de modo inseguro. Querer comprender totalmente a otra persona es querer lo imposible, incluso en la relación sexual la realidad de otra persona es una cosa que no se puede alcanzar. El respeto mutuo es lo que permite organizar una convivencia pacífica y armoniosa, también el respeto al silencio del otro.


Por otro lado el lenguaje más profundo es el lenguaje de la acción, del servicio prestado. Lo que una persona quiere decir cuando usa la fórmula “yo te amo”, se manifestará por el actuar, por los servicios prestados – muchas veces humildes y escondidos. Los actos expresan la realidad de una persona mucho más que las palabras o los gestos simbólicos.


Por eso, el medio de comunicación más usado por Jesús es el medio de los actos, de las acciones de servicio y de ayuda, los servicios que dan vida.

Vimos todas las dependencias y limitaciones del cuerpo. Pero el cuerpo soy yo. En parte yo soy hecho por mi cuerpo que no puedo cambiar. En parte yo uso el cuerpo para hacer, para realizar. El cuerpo, con sus condiciones y limitaciones, es el medio por el cual podemos estar presentes entre los otros y en el mundo.


Puedo decir: “a pesar de todas las limitaciones, este cuerpo es mío y puedo hacer con él lo que yo quiero, dentro de esas limitaciones”. “Necesito vivir con este cuerpo que tengo, pues no hay otra posibilidad. Puede ser un cuerpo con muchos defectos, pero es el único que tengo”.


No podemos evitar una cierta distinción entre el yo y mi cuerpo, como si el yo fuese más extenso que el cuerpo, incluso sabiendo que es la única manera de vivir – como si hubiese subyacente una nostalgia de algo más extenso, más completo, mas allá de esas limitaciones de nuestro cuerpo.


En todo caso, nuestro cuerpo está hecho para actuar, para “hacer”. Los filósofos afirmaban que el pensamiento es el nivel más alto del ser humano. Sin embargo nuestro cuerpo está hecho para hacer más que para pensar. Que algunos se dediquen al pensar, es siempre una situación excepcional y no hay razón para atribuirle valor mayor. Nuestro pensamiento está en primer lugar dirigido para las manos. Nuestro pensamiento está dirigido para la acción. Si no desemboca en una acción, no merece mucha consideración.



Las cuestiones fundamentales son éstas: ¿qué hacer? ¿Cuál es el actuar que constituye una verdadera vida, la vida más auténtica? Aquí estamos delante de una elección básica. El actuar tiene por finalidad, por orientación y por contenido, o la afirmación personal – la búsqueda de la propia grandeza – o el servicio a la vida de los otros. O se quiere más vida para sí mismo o para otros, servirse a sí mismo o servir a los otros. La elección cristiana está en la segunda opción. Acontece que quien escoge la opción de Jesús, por añadidura, recibe también la felicidad.


A primera vista, la mejor elección consistiría en actuar para aumentar la auto-suficiencia, el propio nivel de vida y las propias satisfacciones. Es la elección de muchos, en general de aquellos que ocupan una posición dominante en la sociedad; o sea, aquellos que consiguieron imponerse en la sociedad y ocupar puestos de mando.


Sin embargo, Jesús afirma lo contrario; y la experiencia de innumerables cristianos, así como de innumerables no cristianos, comprueba la afirmación de Jesús. El sentido de la vida está en la contribución para el advenimiento del reino de Dios, esto es, del reino de la Vida que es el reino de Dios, pues Dios quiere vida. Crear más vida, promover más vida, es trabajar para el reino de Dios. No hay actuar que exija más que ése, concentrando ahí todas las energías humanas y procurando desempeñar un papel en una obra que es esencial para la historia de la humanidad: rehacer las condiciones que garanticen la vida, en un mundo de justicia y de paz para todos.


Hay una infinidad de acciones que contribuyen para el reino de Dios. Hay espacio para todos los tipos humanos, para todas las capacidades. Hay personas que quieren actuar, pero que no encuentran lugar. Si por falta de información o de contactos humanos, no consiguen descubrir su lugar en la caminata del reino de Dios, hay quien pueda informarles.


No es evidente que la forma superior de vida sea el servicio al crecimiento del reino de Dios. Es necesario hacer un acto de fe que sea una especie de salto a lo desconocido. Alguien puede aceptar entrar en esa vida, pero después viene el miedo, viene el sentimiento de “quedar atrás” frente a otros que progresan en la carrera. A pesar de todas las dificultades, es más fácil encontrar personas que hagan esa opción – y en ella permanezcan – entre los pobres que entre los ricos. Se puede perder mucho, sentirse inferiorizado y surgir el miedo. Es muy conocido el dicho: “Quien no es socialista a los 20 años muestra que no tiene corazón; quien todavía es socialista a los 40 años, muestra que no tiene cabeza”. Hace algún tiempo determinado presidente del Brasil recordó ese dicho, afirmando: “Quien aún es izquierdista a los 60 años no tiene cabeza”. En el mundo de hoy ser socialista consiste en dedicar la propia vida a una utopía: la utopía de la justicia y de la paz. El realista acepta la realidad de la injusticia y de la guerra como inevitables.


En el período de la adolescencia aparece, en gran parte de las personas, el deseo de sacrificar la propia vida a una causa importante: la libertad de la nación o de la clase, la igualdad entre los seres humanos, una sociedad pacífica, la salvación de la naturaleza, la lucha contra las enfermedades que amenazan gran parte de la humanidad – u otras grandes causas. Los años pasan y las preocupaciones personales se tornan cada vez más urgentes – se tornan la prioridad. Los que prometían ser revolucionarios descubren su vida personal, dejan la revolución y pasan a dedicarse a su propia carrera.


Sin embargo, una vez que se dedican a su ascensión personal, la vitalidad disminuye, la necesidad de confort y bienestar aumenta. Los otros quedan más distantes. Predomina el miedo de quedar sin nada. El miedo es la gran fuerza que impide el salto a la verdadera vida.


Para estar al servicio de una humanidad renovada, en una mayor plenitud de vida, hay necesidad de una fe muy fuerte. La fe débil de los adolescentes no resiste a los asaltos de la estructura social actual. Sin una fe profunda, la vida disminuye. Eso vale también para religiosos que hacen votos y que, en la época de juventud, están entusiasmados. Viene la edad adulta y los intereses cambian. La grandeza de la institución se torna la opción fundamental.



Esa postura de los religiosos se multiplica geométricamente hoy. Estamos en una sociedad muy burocratizada. Las empresas y las organizaciones no-gubernamentales crecen. Las propias instituciones religiosas crecen y multiplican la burocracia. Todos deben entrar en la estructura. Es preciso producir cada vez más papeles y formularios informatizados. La propia caridad se burocratiza. Hay millares de funcionarios trabajando en obras de promoción humana o de caridad, como trabajarían en cualquier empresa. Tal trabajo no representa más vida que el trabajo realizado en otra empresa cualquiera – con computador, internet, teléfono y papel impreso. La burocratización amenaza cuando se llega a una cierta edad, y las utopías de la juventud se disipan.


Por eso, es necesario fortalecer constantemente la fe, porque el tiempo la destruye poco a poco, pues la estructura social y cultural apaga progresivamente todo lo que no cabe dentro de ella.


Esa fe quiere decir confiar en las promesas de Jesús. Tales promesas ya están en el corazón de los jóvenes de modo más o menos consciente, pero ellas quedan sofocadas en medio de las preocupaciones personales. Es necesario alimentar la esperanza. No es tan evidente que el reino de Dios esté llegando. Lo que cada uno de nosotros puede hacer es bastante simple y escondido en la mayor parte de las veces. El reino de Dios no da celebridad. Es preciso también sentirse unidos a otros que viven la misma experiencia, porque la comunidad ayuda a reforzar la esperanza y la fe. Una persona aislada sufre muchas más tentaciones. La unión entre hermanos y hermanas da más coraje y más confianza.


La vida es felicidad. La felicidad es también corporal. Basta abrir los evangelios para ver que el mensaje de Dios es la felicidad. . Por eso el cristianismo sufrió mucho cuando libros de espiritualidad propusieron una vida seria, triste, cuando prohibieron la risa, las fiestas, las diversiones, cuando impusieron ropas de colores negros. Hace un siglo las mujeres del campo se vestían de negro. La mentalidad jansenista influenció mucho el modo de ser de los católicos. Personalidades como la del Santo Cura d’Ars, por ejemplo, influyeron mucho. Impresionan las mortificaciones de él y el estilo de vida más que austero, totalmente miserable. ¿Era un modelo que pudiese ser imitado?


En aquel tiempo, en las santas misiones, el misionero exigía que los católicos trajesen todos sus instrumentos musicales y, con ellos, organizaba una gran fogata. La música era prohibida porque despertaba una sensación agradable. Era necesario tener sensaciones desagradables. Además de eso, los instrumentos musicales llevaban al baile y el baile era considerado pecado. Los tiempos cambiaron bastante.


En la sociedad actual lo que se propone como ideal de vida, es el confort y el bienestar corporal1. El bienestar es el objetivo a alcanzar. Cuando se pregunta a muchos jóvenes cuál es su ideal de vida, responden que es el bienestar. El bienestar incluye todos los bienes: comidas, bebidas y ropas finas, habitación confortable, auto equipado, aparatos electrónicos actualizados – que tornan la vida agradable y confortable –, evitan cualquier inconveniente o esfuerzo. El cuerpo humano es tratado como objeto de culto, y en eso creen que se encuentra la felicidad.


Esa concepción de la felicidad sirve para aumentar el consumo, y eso aumenta la producción, así como el lucro de los accionistas. Por eso ella es la religión oficial de la sociedad actual – religión del bienestar concebido como bienestar del cuerpo, que se protege contra cualquier tipo de sensación desagradable y procura aumentar las sensaciones agradables. La felicidad del cuerpo es recomendable, pero no puede ser la finalidad de todo.


Solamente pequeña parte de la población tiene condiciones para alcanzar esa felicidad del bienestar, pero todos procuran inspirarse en ella. La sociedad no propone otro ideal de vida.





En esa concepción, la felicidad pertenece a los ricos y los pobres necesitan consolarse con algunas migajas. Los pobres son convidados a admirar el bienestar de los ricos gracias a los programas de TV, sobretodo de las novelas.


Entre todos los bienes corporales el más valorizado es la belleza del cuerpo. Lo que estimula a valorizar la belleza es la admiración del público. Los adolescentes creen que pueden conquistar la admiración por la belleza de su cuerpo. En el pasado esa competencia era propia de las mujeres, pero hoy cada vez más los hombres también participan. Con la edad ese enfoque cambia: ya no se trata de mostrar la belleza del cuerpo, sino que de esconder los estragos del tiempo, procurando al menos mantener la ilusión de la belleza.


Jesús no condena ni rechaza nada del cuerpo. Su preocupación se dirige al cuerpo de los enfermos, de los pobres, de las víctimas de la sociedad. No coloca la felicidad en el bienestar corporal, aunque no practique mortificaciones y no condene fiestas, música, bailes, comidas y bebidas – por ejemplo, el vino. Pero condena a los que reservan para sí los bienes corporales y no miran para las necesidades de los pobres.


Jesús anuncia la felicidad, que es prometida a los pobres. La pobreza no es felicidad, pero el reino de Dios está en marcha y va a salvar a los pobres de su pobreza. Jesús no condena la abundancia de los bienes, por el contrario anuncia esa abundancia para los pobres. Lo que condena es que haya ricos que se apoderen de todo para sí mismos, dejando apenas migajas para los pobres.


“Felices los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos…. Felices los que lloran: ellos serán consolados…. Felices los que están con hambre y sed de justicia: ellos serán saciados…” (Mt 5, 3 –12).


Esos bienes estarán presentes, en su totalidad, solamente en el mundo nuevo. Sin embargo, ya comienzan a existir parcialmente en este mundo. Eso quiere decir que, desde ya, los pobres pueden conquistar algo del reino de Dios, pueden ser consolados, pueden realizar algo de justicia. Ese poco da una felicidad tan grande que compensa todo aquello que todavía se tiene que soportar.


Esta felicidad que viene de las realizaciones del reino de Dios es una gran felicidad, que supera lo que se puede encontrar en el bienestar, en el confort y en las alegrías que proceden de los triunfos personales. Es otra calidad de alegría, pero ella es más profunda – penetrando más en lo íntimo del ser de la persona.


Las realizaciones del reino de Dios son de una gran variedad. Incluyen las invenciones de las ciencias, las obras de arte y de ingeniería, la educación de los niños, el tratamiento de las enfermedades, la política en el sentido más noble de la palabra, así como obras más humildes de construcción de casas o de caminos y, hasta incluso, la simple preparación de la comida.


Esa felicidad es la señal del reino de Dios, la señal del seguimiento de Jesús. Ni la persecución ni el martirio consiguen destruirla.


La dignidad del cuerpo y de la vida corporal se manifiesta por la resurrección de los cuerpos en el final de la historia terrestre y en el inicio del mundo nuevo. Esa es una afirmación central en la fe cristiana. Como dice s. Pablo: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación y vacía también vuestra fe” (1Cor 15,13-14).










Cristo resucitó. Esa afirmación permaneció firme desde el inicio, sin suscitar dudas. Algunos grupos de judíos intentaron inventar diversas explicaciones, pero esas nunca convencieron a los discípulos. La propia variedad de las narraciones, tanto de la visita a la tumba como de las apariciones, muestra que no hubo desde el inicio una versión común a todos. Hubo diversidad de fenómenos y las comunidades crearon narraciones distintas. No podemos simplemente creer en la historicidad de esas narraciones, mas ellas son testimonios de la fe que todos pusieron en el centro de su adhesión a Cristo.


Pablo es muy cauteloso cuando habla de la resurrección de los cuerpos. No podemos imaginar la resurrección como si fuese la continuación o la repetición de esta vida. Esta vida es mortal, y la otra ya no es mortal. Pablo compara a las dos con una planta que es primero semilla y después planta. Es la misma planta, pero de dos maneras bien diferentes. Debemos contentarnos con ese símbolo que no nos instruye mucho, pero nos aleja de representaciones engañosas. ¿Cuál es la semejanza entre la semilla y la planta? Aparentemente ninguna. Sin embargo la planta procede de la semilla: es el mismo ente que floreció. No adelanta procurar una explicación. No podríamos tener conceptos acabados de algo que no pertenece a nuestro mundo y a nuestra experiencia.


El testimonio más antiguo sobre la resurrección de Jesús se encuentra en la epístola de Pablo a los Gálatas (alrededor del año 55). Pablo es muy discreto. Él evoca la revelación de Jesús resucitado diciendo simplemente: “tuvo por bien revelar en mí a su Hijo (Ga 1, 16). Ninguna alusión a los pormenores agregados por el autor de los Hechos de los Apóstoles. Pero él se considera igual a los otros Apóstoles porque, como ellos, vio a Jesús resucitado y fue enviado por él (cf. 1Co 9, 1).


Los judíos tenían una idea de la sobrevivencia después de la muerte que era un descenso a los infiernos, un mundo inferior en que la vida está reducida. Había entonces religiones que practicaban un culto a los muertos que tenía poca afirmación en cuanto a la suerte de los difuntos – viven de alguna manera, comen y beben, pero la vida de ellos es muy disminuida. Algunos filósofos llegaron a la idea de un principio espiritual que podría sobrevivir a la muerte del cuerpo. Sería el principio de una vida sin cuerpo, como si fuese un pensamiento sin el soporte del cuerpo.


El mensaje cristiano es el único – fuera del Islam – que anuncia una vida mucho mejor después de ésta. Una vida que sería esta vida florecida. No imaginemos una vida de individuos separados. No era pensable en el mundo de aquel tiempo. La resurrección resulta en la creación de la nueva Jerusalén. Esto quiere decir que se trata de una vida comunitaria. El nuevo mundo no será hecho de filósofos pensando. Será una vida plenamente humana con felicidad. No necesitamos saber más porque en el momento nuestra misión es aquí, en esta tierra, y nuestras miradas están dirigidas para este mundo.


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1 Cf. John Kenneth Galbraith, The Culture of Contentment, 1992.





























4

La vida y su representación



La vida humana no es solamente vivida, sino también representada. La vida es construida en una especie de palco teatral, donde todos son actores y todos espectadores. Los animales no se preocupan de querer representar su vida. No necesitan mirarse a sí mismos y expresar lo que sienten de la vida. Viven sin ese problema, bastándoles la preocupación con el bienestar.


¿Por qué los seres humanos tienen esa necesidad de representación? ¿Sería la expresión de una inquietud permanente sobre el sentido de la vida? ¿Sería una manera de buscar una respuesta a las preguntas: ¿qué es la vida? ¿Qué estamos haciendo aquí en la tierra? Los seres humanos sienten la necesidad de tematizar esos problemas. Por eso ellos crean un teatro en que representan lo que piensan de la vida en una gran diversidad de representaciones, toda vez que la creatividad de formas parece inagotable.


La forma más antigua y primitiva de ese teatro, de esa representación de la vida, son los ritos – principalmente los ritos celebrados en los momentos decisivos de la vida. Los antropólogos definen que ya se trata de un ser humano cuando, al lado de los restos encontrados, hay señales de ritos funerarios. Los animales no tienen ritos funerarios. La muerte, para ellos, no suscita inquietudes. Pero desde el momento en que antropólogos descubren señales de ritos funerarios, concluyen que allí estaban seres ya humanos. Los seres humanos más simples comienzan a expresarse delante de la muerte. La muerte los cuestiona, los preocupa. ¿Cuál sería la razón de eso?


Bastante más tarde, delante de pueblos que consiguen expresarse verbalmente y pueden ser entrevistados, se percibe que – en varios casos – los vivos tienen miedo de los muertos. Temen que los muertos vuelvan y traigan desgracias. Se supone que los muertos estén en una situación desagradable y quedan descontentos. Pueden vengarse de los vivos que aún gozan del privilegio de la vida. Los ritos procuran calmarlos y tornarlos favorables.


En toda la historia siempre hubo ritos funerarios. Son los más constantes – practicados por la casi totalidad de la humanidad. Incluso en una sociedad secularizada como en Europa, el último acto ritual que subsiste es el ritual de la muerte. Muchos occidentales ya perdieron toda religión institucional. Incluso así, sin ligazón con ninguna religión organizada, expresan algunas palabras, ofrecen flores, hacen gestos de despedida. Ya no hay más el temor del pasado, mas lo que permanece es la tristeza de la despedida. Es también una toma de conciencia de la propia muerte.


Otro rito se relaciona con el nacimiento. En todas las civilizaciones existen ritos que oficializan el nacimiento y representan la entrada del recién nacido en el mundo de los seres humanos. Como decía cierto día una campesina que tenía cuatro niños: “El señor ve a esos niños: aún son bichos”(animalitos). Ella se refería al hecho de que esos niños aún no habían sido bautizados.


Pues, en la cristiandad, el rito que oficializa el nacimiento e introduce al recién nacido en el mundo de los seres humanos es el bautismo. Hasta el bautismo un niño aún era considerado animalito.












La religión oficial puede dar sentidos complicados a sus rituales. En las Iglesias cristianas hay toda una teología del bautismo. Pero pocas personas conocen esa teología. Para todos, lo que vale es la entrada en medio de las relaciones humanas, la celebración del nacimiento. A veces hay sacerdotes intransigentes que rehúsan el bautismo por diferentes motivos canónicos. Pero solamente los clérigos entienden el derecho canónico y rehusar el bautismo es una grave ofensa: es negarse a reconocer el carácter humano del niño, es ofender a la familia toda que quería reunirse para hacer esa acogida. El bautismo es para el pueblo la celebración del nacimiento. Es una señal de vida y de esperanza para los adultos. La vida continúa, a pesar de nuestra precariedad.


El tercer rito básico que celebra el misterio de la vida es el matrimonio. Las civilizaciones más antiguas tenían y aún tienen ritos muy complejos y muy significativos. Lo que está en juego es la continuación de la vida. Se trata de un rito de fundación: la fundación de una familia, lo que es la garantía de la continuación de la vida. Cada civilización tiene sus características. La cristiandad tuvo varios ceremoniales de matrimonio. La jerarquía quiso imponer un modelo uniforme, pero las tradiciones populares mantuvieron muchos ritos no previstos en los libros litúrgicos y frecuentemente más importantes para el pueblo.


En una sociedad secularizada hubo tentativas de impedir que la religión y el clero continuasen ejerciendo el control del matrimonio. Hoy esos ritos religiosos desaparecen. Las autoridades civiles inventaron un ritual secularizado, muchas veces reducido a una simple formalidad administrativa. Se desacralizó el matrimonio. No es probable que eso haya ayudado a la estabilidad de la familia. Al contrario, parece que es uno entre varios fenómenos que desintegran la vida social. La sociedad actual es individualista, destruye todos los signos sociales, pero, con eso, ella se destruye a sí misma.


Más allá de esos ritos excepcionales en la vida, existen los ritos del día a día. Hay ritos de la convivencia social. Eso acontece, por ejemplo, cuando dos personas conocidas se saludan. Al saludo de una, la otra precisa responder. Pasar sin decir nada o no responder aún es tenido como ofensa grave. Es uno de los ritos que se mantienen. Antiguamente había el rito de los niños pidiendo la bendición de los padres, de los profesores y de modo general, de las personas de edad. Eso desapareció – una señal más de la desintegración de la vida social.


Cada civilización tiene gestos apropiados para el encuentro entre dos hombres o dos mujeres o un hombre y una mujer. Ya no es costumbre que los hombres besen la mano de las señoras, mas hay una serie de otras costumbres que las personas bien educadas practican. Sin embargo, el número de personas que no toman más en cuenta eso aumenta y así se desintegra el encuentro entre personas.


Hay ritos que los ancianos deben practicar con los niños o los jóvenes y hay ritos que los niños o los jóvenes deben observar en su relación social. Hay, sobretodo, los ritos de relación sexual antes del matrimonio como preparación al casamiento. En las civilizaciones antiguas esos ritos eran muy complejos. La finalidad, conscientemente o no, era disciplinar la atracción sexual, para que se hiciese de modo ordenado, sin poner en desequilibrio la estructura social. Hoy esos ritos ya desaparecieron en buena parte. Dos jóvenes se encuentran y, después de breve tiempo de conversación, ya parten para la relación sexual – ¡y después se separan, sin mayor problema ni complicación! Pero, con eso, desaparece la familia. ¿Sería imaginable resucitar ritos tradicionales? No parece probable. Lo más probable será el desaparecimiento de la cultura occidental y la dominación de otras culturas.


También hay ritos que acompañan los actos comunitarios de la vida diaria – como, por ejemplo, las comidas. El hecho de hacer las comidas juntos constituye un elemento muy importante de la socialización. Cuando las personas se alimentan juntas, hay ritos: la oración comunitaria que en muchos lugares se mantiene, la bendición de la mesa, el rito de distribuir la comida, la invitación a comer y los actos de cortesía para pedir un plato. De la misma manera no se bebe sin rito. El vino tiene su rito, la cerveza también. Sin hablar de los ritos de los aperitivos, o del café y de las sobremesas.





Hoy las comidas en común tienden a desaparecer. El individualismo reina. Para economizar tiempo y ganar más dinero, se sacrifican las comidas en común. Quedan apenas algunas cenas de los novios, pero con el matrimonio, eso acaba. Cada uno procura alimentarse solo y de modo rápido y práctico – aunque eso sea antisocial y perjudique a la salud.


Hay los ritos de las escuelas, por lo menos en las escuelas que aún pretenden educar. Hay ritos en los hospitales. Hay ritos en las administraciones públicas – aunque tiendan a desaparecer también, toda vez que el individualismo triunfa en todas partes.


Antiguamente los agricultores rezaban en el inicio del trabajo y también al medio día – momento del Ángel del Señor. ¿Hoy quien pensaría en rezar en el inicio del trabajo? Sin embargo, esa secularización del trabajo no hace más felices a los trabajadores.


El individualismo que invade al Occidente destruye la convivencia humana, sometiendo a los seres humanos a la pura disciplina de las técnicas. Hay disciplina de todos los gestos porque la máquina manda. Hay disciplina en los horarios de trabajo porque la máquina manda y hay disciplina en el ritmo de trabajo porque la técnica manda. Pero los ritos desaparecieron y los seres humanos se transformaron en objetos.


El palco teatral desaparece de la vida diaria, mas su desaparición hace con que los seres humanos se asemejen a los animales, con un agravante: los animales aceptan la sumisión, los seres humanos la sufren. Sufren pero no tienen manera de escapar. Su vida es dirigida por aparatos inflexibles.


Es verdad que nuevos ritos – de masas – aparecieron. Hay el rito del juego del fútbol. El comportamiento en los estadios obedece a un código. Desgraciadamente lo que se expresa allí es un nivel bajo: se trata de una competencia, en que todos están exaltados como si fuese una guerra – una guerra figurada, pero que hoy ya no es tan inofensiva.


Hay también los shows de los astros de la música. Allí ocurre el delirio. Allí estamos más allá del rito, en una orgía colectiva, en que todo se pierde en una fusión de ruidos y de movimientos y en que desaparece el sentido de la vida diaria. Es una evasión colectiva. En nuestra sociedad individualista, esa es la forma de convivencia que se ofrece, sobretodo a la juventud. Son los ritos de la sociedad individualista.


La representación tiene otro aspecto: los seres humanos expresan, por medio de palabras, el drama de su vida. Durante milenios la cultura era oral. Asimismo circulaban una infinidad de cuentos populares, de proverbios, de narraciones épicas de la vida de los héroes o de los santos. Esa expresión circulaba de uno a otro y se podía enriquecer. Los pueblos que continúan ligados a la cultura oral aún son testigos de esa fase de la historia.


¿De que hablaban esas historias? Siempre de la vida, que está hecha de tantos interrogantes. Los seres humanos sienten la necesidad de expresar aquello que viven. Por eso el éxito de los cantores y de los poetas populares. El pueblo se reúne para escucharlos. Una vez que aparece la cultura electrónica, esos poetas populares tienden a desaparecer. No se puede tener certeza de que eso sea un gran progreso.


La humanidad también se preocupó de la literatura. Son millones y millones de libros publicados hasta ahora. Dejemos de lado los libros de técnica y de ciencias. Hay libros que son de lectura obligatoria. Pero, hay una inmensa literatura de lectura opcional: libros que se leen por puro placer, por pura curiosidad. Son libros que no enseñan ninguna cosa práctica, mas hablan de la vida, de sus dramas, de sus interrogantes, de su sentido. Son las poesías y las novelas o romances.








Esa literatura abre la reflexión sobre la propia vida y sus misterios. No podemos leer todos. El papel del educador es orientar a los alumnos para los mejores libros de la literatura mundial. El papel de la crítica es seleccionar, entre las centenas de millares de títulos que salen cada año, cuáles son los mejores. Esa lectura es muy importante para el conocimiento de sí mismo y de los otros.


Hubo una época en que la disciplina eclesiástica fulminaba contra esa literatura. Sin embargo, prevaleció siempre la desobediencia. Hoy, las autoridades eclesiásticas se desanimaron y dejan de condenar, como lo hicieron hasta el siglo XX1. Los mejores novelistas franceses eran condenados y no podían ser leídos por los católicos. Este temor ya está desapareciendo. Los que condenaban temían que la lectura de las novelas fuese a inducir a los pecados allí descritos. Hoy no se necesitan novelas para cometer esos pecados y la ventaja cultural de la literatura es tal que nada puede suplir su ausencia. Pues, no basta vivir para saber lo que es la vida: es necesario aprender con aquellos autores que tuvieron más sensibilidad y más capacidad de expresión. No tenemos la intuición completa para saber quiénes somos nosotros mismos. Nosotros nos conocemos a partir de los retratos que otros nos ofrecen de nosotros mismos. De ese modo aprendemos algo más sobre la vida y su misterio.

Claro que la literatura sirve, sobretodo, para levantar dudas. Cuestiona y pregunta, pero no tiene respuestas. Ella permite conocernos mejor como seres interrogantes.


Las artes también ofrecen un retrato de la vida. Cada civilización generó su propia historia del arte, aunque hayan muchas veces interferencias entre ellas. Cada una expresa su modo de ver la vida – que es diferente del modo de la literatura. No se trata de traducir en comentarios lo que las artes dicen. Dicen por sí mismas, sin necesidad de explicaciones, pues éstas no ayudarían en nada en el mensaje que transmiten. Ese mensaje no está destinado a ser formulado, o sea, reducido a otra categoría de conocimiento.


Podemos, sin embargo, preguntarnos si el arte no esta cediendo ante la técnica. ¿Los arquitectos no estarán mas preocupados con los triunfos técnicos que con el valor humano de las ciudades que están construyendo? ¿Los pintores o los escultores no estarían procurando nuevos efectos técnicos sin expresar mensaje alguno?


El crecimiento del cine viene ocupando el lugar de las artes plásticas. El cine reúne todas las artes y permite dar un retrato de la vida mucho más completo que tiempo atrás. En esa área, quien valoriza o no la obra de arte son especialmente los guionistas y directores. Se comprende que haya películas sin contenido, hechas simplemente para agradar a un público sin mayores exigencias. De ahí la mediocridad de gran parte de los filmes. Pero hay un público más exigente para el cual los verdaderos artistas ofrecen un retrato de la vida que realmente enriquece. Sin duda el cine puede desempeñar un gran papel.


La TV difunde el cine o puede ser medio de transmisión. El desafío es la comercialización. En nuestra civilización lo que vale es la competencia, ser más fuerte que los otros para generar lucro mayor. Ahora bien, el gusto de la gran masa frecuentemente no se dirige hacia las obras que más valen. De todas formas, el cine puede ser un elemento educativo importante.


Hoy hay una abundante producción de imágenes, de suerte que ellas pueden monopolizar la atención. El peligro es que sobre poco tiempo para la literatura, toda vez que en ésta hay algo que las artes audiovisuales no pueden dar: cada lector tiene que reconstruir el texto, descubrir y rehacer el mensaje. Además de eso, el cine no tiene la capacidad de mostrar todo lo que se encuentra en una novela. Pocas veces una película vale tanto o más que un buen libro.








La vida es también objeto de ciencias. ¿Qué puede traer el método científico? Por definición el método científico prescinde del sujeto que observa y del objeto que es observado. Lo que se observa es siempre una parte visible por los aparatos de que se dispone, y quien observa procura deshacerse de todo sentimiento o tendencia personal, para ser lo más objetivo posible. Las ciencias tienen por ideal eliminar cualquier resto de subjetividad y no proyectar en el objeto observado lo que hace parte de la sensibilidad de quien observa. De esa manera conocemos muchos elementos de aquello que es común a todos los seres humanos, mas la vida es diferente por ser siempre personal y única.


Así nació la biología. Comenzó con los más antiguos médicos. Los pueblos primitivos ya contaban con médicos – aunque estuviesen más próximos de los hechiceros que de los médicos. Eran personas que iban acumulando la experiencia de lidiar con plantas y recursos naturales, permitiéndoles curar enfermedades.


Con los griegos y los romanos en Occidente, pero también con los médicos chinos en el Oriente, la medicina fue adquiriendo base experimental más amplia. Pero aún estaba bastante mezclada con mitologías y raciocinios basados en símbolos. Se encontraba en los símbolos la explicación racional de los fenómenos.


En el siglo XVI comienza el estudio más racional basado en una observación más directa. Sin embargo, son apenas algunos ensayos. Hasta el siglo XVIII la medicina aún merecía las ironías de Moliere, en su famosa comedia. En el siglo XIX, con la introducción a la medicina experimental, comienza realmente la biología científica. Desde entonces ella hizo progresos cada vez más sensacionales. El conocimiento del cuerpo humano, de la anatomía, de la fisiología y de las enfermedades, aumenta cada año.


Pero la biología sigue el camino del método científico. Para estudiar más a fondo, necesita dividir cada vez más su objeto de observación y de experimentación en unidades siempre menores. La especialización hace que se sepa cada vez más sobre cada vez menos. Falta la síntesis, el conocimiento del cuerpo humano y del ser humano como totalidad. Ese proyecto parece cada vez más utópico porque no existe método científico para hacer síntesis. La biología es capaz de posibilitar la cura de muchas enfermedades, pero no nos enseña lo que es el ser humano. Como decía el biólogo citado en la introducción, la vida no es asunto para los biólogos. No existe método. La ciencia progresa por análisis. El misterio de la vida permanece y los biólogos se quedan callados.


Encontramos aún en nuestro camino, las ciencias humanas nacidas en el siglo XIX y que crecieron mucho en el siglo XX. Ahí están la psicología, la sociología y la antropología. Cada una de ellas se va subdividiendo, a medida que se multiplican los estudios.


Varias veces fue cuestionado el carácter científico de esas ciencias y varios autores subrayaron su carácter ideológico. Ahora bien, por un lado las ciencias humanas usan un material de observación que está siempre en expansión. Al hacer medidas y proporciones, las ciencias humanas practican el método científico. Incluso así, la elección de los objetos de observación ya es ideológica. Pero desde el momento en que pretende interpretar, haciendo síntesis y colocando explicaciones sobre las realidades observadas, la discusión aparece. Es evidente que el autor proyecta sus categorías y conceptos en su objeto de observación – y tales categorías y conceptos no proceden de los hechos. Pueden hasta recibir una confirmación parcial en la medida en que la división de los objetos de observación corresponde a la realidad. ¿Pero cuáles serán los criterios?


La observación será siempre condicionada. La síntesis consiste en la aplicación de conceptos que no proceden de los hechos observados. La síntesis y los conceptos proceden de otra fuente: la concepción intelectual y la filosofía del observador. Este va a colocar en su observación, su interpretación.


Incluso así las ciencias humanas presentan conjuntos de hechos y reflexiones sobre un aspecto de la vida humana. Pueden progresar sin fin porque siempre van aparecer nuevos aspectos de la vida del ser humano que podrán ser objeto de observación.



La ideología es el retrato dominante, a veces inconsciente y otras consciente, que se hacen los grupos humanos dentro de un país, de una región, de una raza, de una clase o cualquier grupo importante. No hay grupo humano sin ideología, toda vez que ella une a los miembros del grupo confiriéndoles una identidad. La ideología mantiene el grupo y da un lugar a cada individuo. Por la ideología el ser humano sabe o puede saber cuál es su lugar en la sociedad, lo que puede esperar o no, cuáles son sus derechos y sus obligaciones. Por la ideología el individuo sabe quién es. Queda dispensado de pensar. De hecho, la mayoría de los ciudadanos se contenta con el retrato que le entrega la ideología, aceptándola como una verdad indiscutible.


La ideología tiene efectos prácticos. Ella representa el proyecto que un grupo se atribuye. Pero la ideología no es la verdad. El pensamiento humano consiste justamente en criticar la ideología para conocer más allá de ella. La ideología está hecha de símbolos y éstos sustituyen la realidad. El grupo se ve a través de esos símbolos y no percibe lo que realmente es.


Durante siglos la ideología del Occidente fue la cristiandad – también en la América Latina. La cristiandad era, a los ojos de sus miembros, la realización histórica de la Iglesia. Los cristianos eran obligados a ver la Iglesia en la cristiandad. La ideología no permitía ver todo lo que la cristiandad debía al imperio romano, a las religiones populares del mundo romano, germánico o eslavo. Una ideología no se discute. Quien discute se coloca fuera de la sociedad. Cuando dos o más ideologías están presentes en el mismo pueblo y sus miembros están mezclados, el peligro de conflicto es grande.


Fue lo que aconteció en América Latina entre el período de la independencia en varios países y las décadas de 60 o 70 (del siglo XX). Por un lado estaban los católicos conservadores y por otro los liberales revolucionarios. En los últimos años la cristiandad fue abandonada por los católicos y otras divisiones aparecieron.


Hay ideologías que penetran más profundamente que otras. La cristiandad duró 15 siglos. En el caso de la América Latina, la ideología republicana no duró más que un siglo. La ideología de seguridad nacional de los gobiernos militares duró menos que un cuarto de siglo – e, incluso así, nunca fue aceptada por la mayoría de los ciudadanos.


La presencia de ideologías es el efecto de nuestra condición corporal. La condición corporal, con sus diferentes órganos y la convivencia con otros seres corporales, produce ese efecto. Elaboramos ideologías que satisfacen nuestra realidad corporal; adoptándolas, evitamos tener problemas. La existencia corporal se hace fácil con las ideologías: los cuerpos crean entre sí una armonía que ocupa el lugar de la paz. Sin embargo, el evangelio nos lleva más allá de las ideologías para una libertad que incluye la libertad de pensamiento. Esa libertad consiste en deshacernos de la presión de las ideologías.

Desde la década de los 70 del siglo pasado, la ideología neoliberal entró y conquistó casi el mundo entero. Conquistó la América Latina, aunque hoy algunos países se estén emancipando. En la ideología neoliberal, la economía domina todo. Los seres humanos se definen por el lugar que ocupan en la economía.


Esa ideología invoca el principio de libertad de mercado. Los países dominadores no practican el libre mercado, sino que defienden sus economías, aunque quieran imponer ese sistema a los países más débiles. La ideología proclama la libertad de circulación de los capitales aunque los países dominantes no la practiquen – mas quieren imponerla a los más débiles. La ideología proclama la igualdad de todos los ciudadanos, pero en la práctica eso no acontece.








De esa manera los ciudadanos saben que están situados al lado de los vencedores o de los vencidos, de los ricos que detentan todo, o de los pobres. La ideología afirma que es la verdad y que no hay otra sociedad posible. Desestimula toda la esperanza de cambio. Entre todas las ideologías ésta es la más perniciosa porque dispone de un sistema de publicidad que nunca hasta ahora había aparecido. Ella no es transmitida de forma sistemática, sino que a través de fórmulas breves y repetidas sin cesar. Dispone de los medios de comunicación que están en las manos de los ricos y poderosos. Los dirigentes de la economía afirman que el libre mercado va a construir la paz. El gobierno norteamericano garantiza que va a crear la paz del universo por la imposición del mercado libre.


Para los cristianos hay una orientación diferente, que debería tornarnos libres de todas las ideologías: es la propia vida de Jesús, así como fue vivida – y que conocemos, por lo menos parcialmente, por el testimonio de aquellos que fueron sus discípulos, y, después de la resurrección, sus misioneros. Históricamente el cristianismo está siempre en peligro de ser reducido a una ideología. Sin embargo, la fe cristiana nos obliga a criticar nuestros comportamientos reales, volviendo al mensaje de Jesús. Necesitamos volver al núcleo original, para quedar libres de las deformaciones que confunden el ser cristiano con el conformismo de una ideología.



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1 Reservan las condenaciones para los teólogos.







































5

La vida de Jesús



Para un cristiano el modelo de la vida humana por excelencia es la vida de Jesús. Fue por él que Dios nos quiso dar el conocimiento de aquello que es ser humano, de la vocación del ser humano y de las actividades humanas plenamente humanas.


Claro que no nos es posible imitar materialmente lo que fue vivido en un país situado lejos del nuestro, hace dos mil años, en un contexto cultural tan diferente. Sin embargo, la fe cristiana está basada en la convicción de que hay entre todos los seres humanos algo que les es común. Hay valores que permanecen válidos para todos los tiempos y lugares. Hay gestos que son significativos en cualquier tiempo y en todos los países del mundo: dar de comer, dar de beber, levantar al caído, cuidar de los heridos…


Hay, en la vida de Jesús, actos y actitudes que tienen valor universal por tener significado en todas las culturas. Hay, en todos los seres humanos, un fondo que es común a todos y que les permite entender el significado de los actos de Jesús.


No podemos aceptar la tesis, supuestamente científica, que dice que la revolución científica y técnica de los últimos doscientos años transformó de tal modo el ser humano que todo lo que se dijo o se hizo antes, perdió completamente su valor y significado.


El hombre “nuevo” creado por el desarrollo técnico-científico no es completa novedad. A pesar del orgullo de los que están al frente de ese movimiento, el modelo humano que se reveló en Jesús todavía está cargado de sentido para nosotros y así continuará siendo para las generaciones futuras.


Como cualquier ser humano, Jesús fue único. Fue marcado por todas las diferencias – biológicas y culturales – que existen en el ser humano. Jesús fue un judío de la Galilea viviendo en el primer siglo. Jesús fue hombre y no mujer – pero hay entre los hombres y las mujeres valores comunes, hay un modo humano de ser que se expresa tal vez de modo diferente, pero que es fundamentalmente el mismo. Una mujer que da de comer no es diferente de un hombre que da de comer. Una mujer que cuida del herido no es diferente del hombre que cuida del herido…


No obstante eso, cada ser humano es único, no es solamente producto de su contexto vital. Jesús fue un caso único y lo que nos interesa es exactamente ese carácter único.

La vida de Jesús fue muy simple. Para entender su actividad no necesitamos de informaciones técnicas, pues él usó pocas herramientas. Por eso ella está tan poco influenciada por los objetos que utilizó. Ella nos obliga volver la mirada a lo esencial de la vida, volviendo a la simplicidad en la cual se manifiesta la verdad de una persona: las manos, los pies, las palabras, la mirada…


Todo lo que sabemos de consistente de la vida de Jesús se encuentra en los cuatro evangelios canónicos. Lo que nos dicen otras fuentes no trae novedades.

Bien sabemos que cada uno de los 4 evangelios ya constituye una interpretación. Por eso hay bastante diferencia entre un evangelio y otro, aunque haya dependencias entre los sinópticos.


Los evangelios fueron escritos después del año 70, o sea, por lo menos 40 años después de la muerte de Jesús. El propio Jesús nada escribió – más allá de unas palabras en el suelo – y nada escribieron los apóstoles. Por lo menos nada hay que nos permita pensar que hayan escrito. Pero desde el inicio fueron recordados dichos y hechos de la vida de Jesús que circularon principalmente para aquellos que no lo conocieron. Los que no conocieron a Jesús, llevados por el entusiasmo, pudieron acrecentar muchas maravillas. No tienen la memoria de los acontecimientos que podría controlar la imaginación. Las tradiciones orales sobre todas las personalidades marcadoras, siempre acrecientan maravillas.



Los autores de los cuatro evangelios no conocieron a Jesús, pero recolectaron tradiciones orales o algunos escritos anteriores, fragmentos de colecciones de dichos o de hechos. No podemos garantizar que todo lo que recolectaron tenga valor histórico.


En 40 años de tradición oral, un pueblo puede acrecentar muchas cosas a los hechos reales. Basta recordar lo que aconteció con s. Francisco de Asís y los Fioretti – que van mucho más lejos de lo que fue históricamente s. Francisco. Pocos años después de la muerte del Santo, ya le atribuyen maravillas. La vida de los Santos muestra de que manera los pueblos, sobretodo los pueblos de cultura oral, van creando hechos nuevos. La simple circulación de una narración provoca un aumento de los hechos, de los números…


Aquí surge el problema de los milagros de Jesús. Los pueblos siempre atribuyeron muchos milagros a las personas santas, religiosas, ejemplares por los dichos y hechos. Aún hoy, cada año, aparecen miles de milagros en el contexto de los santuarios de los santos. En el mundo tradicional de la cultura oral, hay pocas familias que no podrían contar algún milagro que les aconteció.


El Nuevo Testamento trae testimonios de esa capacidad inventiva de las tradiciones orales. S. Pablo escribe a los Corintios para evocar las circunstancias de su predicación: “Estuve entre ustedes lleno de debilidad, recelo y temblor” (1Cor 2, 3). Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles atribuyen a Pablo milagros fantásticos que despiertan el entusiasmo de multitudes.


Es verdad que el autor de Hechos no conoció a Pablo y no leyó las epístolas de él. Por eso él puede recoger con toda confianza tradiciones populares. Este ejemplo permite imaginar lo que debe haber acontecido con Jesús también. No podemos tomar como garantizada la historicidad de todos los milagros narrados en los evangelios. También tendremos dificultades para reconstituir el fondo histórico probable de esas narraciones. No había ningún historiador ni periodista al lado de Jesús, sino solo un pueblo extasiado que comenzó a contar maravillas.


Para los pueblos de cultura oral los milagros pertenecen a lo cotidiano. Hay personas que testimonian haber visto milagros como la multiplicación de los panes o caminar sobre las aguas en el mar. Paralelamente todas las religiones presentan relatos de milagros semejantes a ésos.


Por otro lado no podemos simplemente rechazar todas las narraciones de milagros. Dejemos en suspenso la interpretación. Sin duda Jesús apareció, al menos en algunas circunstancias de su vida, como alguien dotado de poderes milagrosos. Lo que en aquel tiempo no era cosa tan extraordinario como lo sería para los espíritus críticos hoy1.


Lo que no podemos aceptar es que se haga de la vida de Jesús una sucesión de milagros – como tenían la inclinación a hacerlo los pueblos de cultura oral. Cuando esos pueblos quieren contar la vida de un santo contemporáneo, cuentan los milagros que él hizo. Personalmente tengo experiencias semejantes del pueblo nordestino que, cuando se refiere a un santo sacerdote o misionero, cuenta los milagros que hizo. En esa cultura la santidad consiste en hacer milagros.


Es también significativo que ciertos evangelios apócrifos, escritos más tarde, narren otros milagros de Jesús, más fantásticos todavía. Nada puede detener la fecundidad de la imaginación popular.










Lo que necesitamos destacar es el mensaje de s. Pablo en la epístola a los Filipenses, escrita por lo menos 20 años antes del más antiguo evangelio. “Él tenía la condición divina y no consideró el ser igual a Dios como algo para apegarse celosamente. Sino se vació a sí mismo, asumió la condición de siervo, tornándose semejante a los hombres. Y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló y fue obediente hasta la muerte, la muerte de cruz” (Fl.2, 6–8). Según s. Pablo, lo que marcó la vida de Jesús fue su distancia con relación al poder, su semejanza con los otros seres humanos y su condición humilde que culmina en la muerte de cruz. Ese texto (de Fl 2, 6-8) ofrece la regla de interpretación principal de los evangelios. Lo que llamaba la atención de Pablo era que Jesús fuese tan semejante a los otros seres humanos y que no hubiese manifestado un poder divino. Ahora bien, la tradición popular quiso justamente mostrar que Jesús manifestó un poder divino.


La primera cosa que queremos destacar en la vida de Jesús es su relación con el Padre. Jesús se aleja del modo y del lenguaje religioso comunes en Israel en aquel tiempo. Él no invoca a Dios como “Señor”, sino como “Padre”. Su relación no es de subordinación, de dependencia, de humillación delante de la majestad o del poder de Dios. La relación es de confianza y familiaridad. Es diferente de los profetas, o de las otras religiones. No ofrece cosas al Padre. Su relación es directa, inmediata, lo que s. Juan expresa cuando dice que Jesús está en el Padre y el Padre está en él. Además de eso, Jesús enseña a los discípulos invocar también al Padre y a dirigirse a Dios como a su Padre.


El ejemplo de Jesús explica lo que se debe entender por vida contemplativa o contemplación. La palabra contemplación no es muy adecuada y recuerda el espiritualismo de los filósofos griegos, sobretodo del neoplatonismo. Contemplar es mirar hacia un objeto situado fuera del observador. El Padre no es objeto de contemplación. Está dentro de nosotros. Es la misma vida vivida por Dios y por Jesús. De la misma manera es la unión entre nosotros y el Padre. Se trata de una conciencia de unión de dos personas que no están situadas una frente a la otra. El Padre es el creador y el nuevo creador. Está dentro de nosotros como fuente del ser que nos sustenta de todas las maneras.


Por eso Jesús no va al templo de Jerusalén para adorar – salvo para expulsar a los vendedores. Puede hablar con el Padre en cualquier lugar y el templo no tiene ese significado para él. Tampoco recurre a los sacerdotes. Cuando habla de ellos, es para denunciar sus defectos.


R. Brown mostró que, a ese respecto, el evangelio de la infancia, de Lucas, no tiene preocupación con la fidelidad histórica2. El autor del tercer evangelio quiso mostrar la continuidad entre el Antiguo Testamento y Jesús, y, por eso, muestra que Jesús cumplió los ritos oficiales para la infancia según la Ley de Israel. Él se olvida de la verdadera relación entre Jesús y todo el sistema religioso del templo. En cuanto a saber lo que aconteció en la infancia de Jesús, no tenemos ninguna información confiable.


Los evangelios aluden varias veces a la presencia activa del Espíritu Santo sobre Jesús – como en el día de su bautismo (cf. Mt 3, 16). El Espíritu Santo es representado, en los evangelios, como una fuerza y no como una persona con la cual se pueda conversar. No hay ninguna palabra dirigida por Jesús al Espíritu Santo. Se dice que el Espíritu Santo lo conducía (cf. Mt 4, 1). Sin embargo los evangelios no narran episodios en que Jesús habría dicho que era conducido por el Espíritu o que hacía alguna cosa por orden del Espíritu Santo. La relación es bien diferente de la relación con el Padre. Jesús nunca debe haber invocado la autoridad del Espíritu Santo para explicar o justificar un dicho o un hecho. En ese sentido, la relación de él con el Espíritu es semejante a la nuestra.


Ante todo, lo que llama la atención en la vida de Jesús es el hecho de él haber sido pobre hasta el final de la vida, cuando fue despojado hasta de su ropa. Nació en una familia pobre. Los evangelios insisten y las tradiciones orales más todavía– como consta en los evangelios de la infancia. Incluso el evangelio de Mateo cuando habla de las ofrendas de los magos, no dice lo que José y María hicieron con esos donativos. Recibieron oro (cf. Mt 2, 11), pero el evangelio no dice que quedaran ricos con ese oro o lo que hicieron con él.




La relación de Jesús con su familia no dejó muchos recuerdos en las tradiciones recogidas por los evangelios canónicos. Más tarde, otras tradiciones fueron recogidas – por otros escritos tenidos por apócrifos – narrando hechos maravillosos, naturalmente producidos por la imaginación de los devotos.


Lo que sabemos comprobadamente de los 30 años de la vida de Jesús es poco. Incluso los contemporáneos de él se preguntaban: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 55). Un hecho sorprendente es que no esté casado a los 30 años. Ya debía estar pensando en una misión especial. Pero no tenemos tradiciones procedentes de la familia para tejer mayores consideraciones. La explicación puede ser que, durante ese tiempo, todo haya transcurrido con normalidad en Nazareth.


Una vez que Jesús abrazó la vida de misionero, se desligó de su familia. Ya no residió en Nazareth, sino que en Cafarnaúm (cf. Mt 4, 13). Se independizó de la familia. Un día “estando todavía hablando a las multitudes, su madre y sus hermanos estaban fuera, procurando hablarle. Jesús respondió a aquel que le avisó: ¿Quién es mi madre? ¿Y cuáles son mis hermanos?” Y, señalando a los discípulos con la mano, dijo: “Aquí están mi madre y mis hermanos (Mt 12, 46-49).


El hecho de pasar tantos años en Nazareth ya es una señal de pobreza. Nazareth era una ciudadela despreciada, como dicen los propios evangelios. Del hijo del carpintero del poblado no se esperaba que pudiese nacer una personalidad de prestigio en su pueblo (cf. Mt 13, 53-58).


Cuando Jesús comenzó su vida itinerante de profeta y anunciador del Reino de Dios, no tenía nada ni llevaba nada consigo. Él realizaba en su vida lo que decía a los discípulos que enviaba para la misión (cf. Mt 10, 9-10). No dejó Nazareth para hacerse rico. Por el contrario. Quedó aún más pobre. No llegó a alcanzar las ciudades griegas – que no estaban tan lejos de Nazareth. Como misionero recorrió los poblados de la Galilea, cuya situación social no era mucho mejor que la existente en Nazareth: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reposar la cabeza” (Mt 8, 20)


Como tantos misioneros después de él, fue ayudado por mujeres. “Después de eso, él andaba por ciudades y aldeas, predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Los Doce lo acompañaban, así como algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: Maria, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios3, Juana, mujer de Cuza, el procurador de Herodes, Susana y varias otras, que los servían con sus bienes. (Lc 8, 1-3). Fueron las mujeres que lo asistieron a los pies de la cruz y fueron a la tumba en la mañana del domingo (cf. Lc 23, 49; 24,10).


Cuando Jesús murió no dejó nada – ni siquiera sus ropas. Realizó lo que dijo s. Pablo: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que por causa de vosotros se hizo pobre, aunque fuese rico, para enriqueceros con su pobreza (2Co 8, 9).


Si nos preguntamos por qué Jesús vivió pobre a lo largo de toda su vida, y sobretodo en su vida de profeta y anunciador del Reino de Dios, no podemos citar ningún texto, mas a partir del contexto de lo que anunció y vivió, podemos emitir hipótesis con fundamento.


La hipótesis que emerge en primer lugar, y que se presenta con más fuerza, es que Jesús se tornó pobre para ser accesible a todos y no ser superior a nadie. Cuando la Iglesia se tornó detentadora de posesiones, acabó quedando cada vez más reservada a las clases poderosas de la sociedad.


Para los pobres, la Iglesia tuvo que transformarse en una religión proselitista que adoptó las creencias, los ritos y las fiestas de las tradicionales divinidades paganas, transformadas en santos. Los pobres quedaron sin el anuncio del evangelio, y, por largo tiempo, les fue retirada hasta la Biblia de las manos – por miedo de lo que en ella pudiesen descubrir de innovador.



Nadie se sentía rechazado por Jesús. Los discípulos, toda vez que procuraban alejar a los pobres como siendo inoportunos, Jesús les abría el camino y reprendía a los discípulos.



Hay una segunda explicación que puede ser complementaria de la primera. Jesús quiso ser pobre para ser libre. Quien tiene bienes no está libre porque debe defender sus bienes y esta necesidad crea muchas dependencias.


Estaba libre para andar porque no tenía que defender una casa, un campo, herramientas, objetos útiles o preciosos. No dejaba nada detrás de sí. No se preguntaba si era prudente viajar o no.


Estaba libre en relación a los poderosos. No les debía favores o protección. No tenía nada que perder a no ser la propia vida. Estaba libre interiormente.

Los ricos no pueden ser libres. Las autoridades de Jerusalén tenían que buscar la amistad de los conquistadores romanos si quisiesen conservar su posición. Así acontece siempre. Quien tiene dinero queda dependiente y precisa obedecer a los mandantes que los dominan. Jesús no necesita obedecer a nadie.


Jesús hace lo que quiere. Dispone de su vida personalmente y no está al servicio de nadie de este mundo. Cuando fue apresado, fue porque quiso. Era muy fácil huir y salvar la vida. Pero huir habría sido desmentir todo lo que había enseñado y hecho hasta entonces. Era ceder delante de las acusaciones de las autoridades.


Tenía que ser fiel incluso al precio de su vida. Hasta en la muerte, Jesús fue libre. Los evangelios relatan diálogos con las autoridades judaicas y romanas. Claro que nadie grabó esas palabras. Cada evangelista expresó a su manera la libertad de Jesús. Los evangelios de Marcos (cf. Mc 14, 60-64), de Mateo (cf. Mt 26, 59-68) y Lucas (cf. Lc 22, 66-71) destacan el diálogo con las autoridades judaicas. Cuando narran el juicio de Jesús por Pilatos, no ceden mucho espacio a las palabras de Jesús, sino lo que se destaca es la conversación entre Pilatos y las autoridades judaicas. Esos evangelios quieren insistir en la responsabilidad de las autoridades judaicas en la muerte de Jesús y disminuyen la responsabilidad de Pilatos. El evangelio de Juan destaca la culpabilidad de las autoridades de los judíos y justifica más todavía a Pilatos.


Los evangelios fueron escritos después de la ruptura de los discípulos de Jesús con el judaísmo4. Los discípulos de Jesús fueron tratados como herejes y expulsados de la comunidad judaica. La respuesta fue un juicio más severo para con esas autoridades de Israel. En aquella época los cristianos ya tenían una gran proporción de discípulos salidos del mundo pagano y estaban presentes en el mundo romano. Todavía no habían comenzado las persecuciones de Domiciano. Los evangelistas no quieren provocar un conflicto con el poder romano5.


Unánimemente los evangelistas destacan la libertad de Jesús. En el juicio, en momento alguno Jesús pide misericordia, indulgencia, o busca traer a los jueces para su lado. Responde abruptamente de una manera tal que manifiesta la oposición radical entre él y los dos sistemas de poder – el judaico y el romano. Las narraciones son eminentemente relatos de la libertad de Jesús. No reconoce culpa ninguna, por el contrario, acusa a los que quieren juzgarlo.


Esa libertad de Jesús aparece inmediatamente en su relación con las personas. Las autoridades de Israel, y sobretodo los fariseos que se creen los perfectos, exigen la aplicación literal de los artículos de la ley a los cuales agregan sus costumbres. Jesús establece como prioridad las personas, sobretodo las personas pobres que no tienen condiciones de obedecer las leyes rigurosas. “Mi yugo es suave y mi carga es leve.” (Mt 11,30). Un ejemplo: “Se acercaron a Jesús fariseos y escribas venidos de Jerusalén y dijeron: “¿Por qué tus discípulos violan la tradición de los antiguos? Pues no se lavan las manos cuando comen” (Mt 15, 1-2). Y Jesús responde denunciando a los denunciantes, acusándolos de violar preceptos mucho más importantes, como es el precepto de honrar padre y madre (cf. Mt 15, 3-9).



Jesús es libre para comer y convivir con los pecadores – lo que, según la ley, hacía de él también un impuro y un pecador (cf. Mt 9, 10-13).

En la mente de Jesús la necesidad relativiza la ley. Los discípulos estaban caminando en un día sábado, tuvieron hambre y arrancaron espigas para comerlas. En el sábado no se podía trabajar. Fueron denunciados por los fariseos, pero Jesús los defendió: “ El Hijo del hombre es señor del sábado” (Mt 12,8).


Jesús es libre en el trato con las mujeres, Juan narra que un día, pasando por Samaria, Jesús pidió agua a una mujer samaritana. Cuando los discípulos llegaron “se admiraban de que hablase con una mujer “(Jn 4, 27).


Jesús acoge a la mujer pecadora. Un día, cuando estaba comiendo en casa de un fariseo, entró una prostituta, lavó y perfumó los pies de Jesús. El fariseo, dueño de la casa, quedó indignado al ver que Jesús toleraba ese escándalo. Pero Jesús asume la defensa de la mujer: “Ella demostró mucho amor”. Por eso está perdonada (Lc 7, 36-50). De la misma manera, en el cuarto evangelio, Jesús perdona a la mujer sorprendida en adulterio (cf. Jn 8, 1-11). Además de eso, denuncia el pecado de los hombres que acusan a la mujer – como siempre acontece en casos así, castigan a la mujer y no a los hombres.


Jesús era gran amigo de las mujeres. Los evangelios testimonian eso, por ejemplo, al referirse a María Magdalena y a Marta y María, las dos hermanas de Lázaro.

Jesús actúa contra la ley cuando frecuenta el territorio de los samaritanos, que son tenidos como herejes. Después de encontrar a la mujer samaritana que le dio de beber, Jesús estableció un diálogo con muchos samaritanos que le pidieron que permaneciese con ellos. Jesús permaneció allí dos días (cf. Jn 4, 39-42).


Jesús cita a un samaritano como ejemplo de amor al prójimo, aprovechando para denunciar a los sacerdotes y a los levitas y enseñando que un samaritano puede agradar a Dios más que un sacerdote o un levita (cf. Lc 10, 29-37). Un día Jesús curó a diez leprosos. De los diez solamente uno volvió para agradecer y alabar a Dios. Era un samaritano. De nuevo el ejemplo es de un samaritano (cf. Lc 17, 11-19).


Jesús se siente libre para conversar con los paganos, aunque eso sea considerado impureza y pecado por los doctores y fariseos. Un día encontró un centurión que le pidió que curase a uno de sus criados que estaba enfermo. Jesús lo curó y quedó admirado de la fe de ese hombre que era pagano. “En verdad os digo que en Israel no encontré nadie que tuviese tal fe” (Mt 8, 5-13). Un día una mujer vino a suplicar a Jesús que curase a su hija. Ahora bien, ella era cananea, según Mateo, y sirio-fenicia, según Marcos (cf. Mt 15, 21-28; Mc 7, 1-13). Frente a la insistencia de esa mujer pagana, Jesús curó a su hija.


No se podría explicar como los discípulos habrían entrado en contacto con los paganos introduciéndolos en sus comunidades, si Jesús no hubiese dado al menos algunos señales en ese sentido.


Una vez libre, ¿qué hizo Jesús en su vida misionera? Lo que los evangelistas destacan, en primer lugar, fue que él anunció la llegada del reino de Dios. “ El tiempo está realizado y el reino de Dios está próximo”. (Mc 1, 15). El reino de Dios era la esperanza de Israel. Por lo menos, muchos en Israel esperaban el Reino de Dios. En general prevalecía la interpretación apocalíptica del reino de Dios. La idea que prevaleció era de que estábamos cerca del reino de Dios, mas que antes de eso habrían grandes señales, grandes desastres y destrucciones, situación catastrófica, toda una serie de horrores que el autor del Apocalipsis de Juan sintetizó de manera tan clara. El Apocalipsis enseña que todavía falta un tiempo, el tiempo de la proclamación del evangelio en el mundo entero. De la misma manera las sentencias apocalípticas de Jesús están determinadas por el tiempo de la evangelización. “Este evangelio del reino será proclamado en el mundo entero, como testimonio para todas las naciones ” (Mt 24, 14).





Jesús anuncia que el reino de Dios ya está llegando antes de que vengan todas las catástrofes finales, antes de la destrucción de este mundo y de la construcción de otro. “Cuando vean acontecer esas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca” (Lc 21, 31). Ya está presente el reino de Dios con la llegada de Jesús.


El conjunto de los evangelios nos ayuda a explicar en que consiste el reino de Dios. Ellos usan varios géneros literarios, pero todos convergen: en las parábolas, en las narraciones de curaciones o de milagros y en las enseñanzas de Jesús, siempre se habla del reino de Dios. Por eso el anuncio del reino de Dios se realiza de muchas maneras, de acuerdo con las situaciones. No se trata de una doctrina o de un mensaje. El reino de Dios está más allá de las palabras. Por consiguiente en cada circunstancia es necesario descubrir cuál es el modo más conveniente de anunciar el reino, la forma que mejor expresa lo que Jesús quiso decir.


Las fórmulas más significativas del anuncio del reino de Dios son las llamadas Bienaventuranzas, que muestran el gran cambio realizado por el reino de Dios.

En nuestra cultura la palabra reino no sugiere nada. Quien tuvo más instrucción se recuerda del reino de Portugal. Pero ese reino es tomado, generalmente en un sentido peyorativo. Es preciso usar otro vocabulario, de acuerdo con el tipo de cultura de los interlocutores. El cuarto evangelio sustituye el reino por la vida. Pues el anuncio del evangelio no debe dar la impresión de que se trata de una doctrina más o menos secreta con palabras desconocidas. Muy por el contrario, el anuncio del reino de Dios debe ser hecho de la manera más natural posible, con las palabras usadas en la conversación habitual. Así hizo Jesús usando las palabras más comunes en medio de su pueblo judaico de aquel tiempo.


Los resúmenes de los evangelios acrecientan: “¡Convertíos y creed en el evangelio!” (Mc1, 15). ¿En que consiste la conversión? Es el rechazo del antiguo sistema religioso para adoptar la enseñanza de Jesús. Convertirse es cambiar la ley antigua por la nueva ley, contenida en la enseñanza de Jesús. Él mismo da varios ejemplos y de alguna manera todos los discursos son expresiones del nuevo modelo destinado a sustituir el modelo antiguo (cf. Mt 5, 20-48).


Un ejemplo claro de eso fue la conversión de Pablo – que nos dejó documentos escritos o dictados directamente por él. En la conversión de Pablo lo que está en cuestión no son pecados determinados o faltas contra una ley o un precepto. Se trata de cambiar la totalidad, la orientación global de la vida: cambiar las referencias que orientan todas las conductas humanas. Jesús viene a cambiar el conjunto de las normas y orientaciones. Él trae otra manera de estar en el mundo, en medio de las creaturas humanas. Una opción nueva va a cambiar todos los comportamientos específicos. Todo va a cambiar una vez que cambió la base del sistema.


Jesús habla y muestra la necesidad de hablar. La palabra viene a penetrar en la conciencia humana y viene a despertar energías que estaban adormecidas. No basta vivir y dar el testimonio de la vida. La palabra es necesaria. Por eso Jesús envía a sus apóstoles para anunciar. Así como él habló, también los misioneros van a hablar. El hablar de Jesús es simple, accesible a todos – cuando es hecha una buena traducción. Sin embargo, la palabra de Jesús es una palabra fuerte que viene a sacudir a las más profundas convicciones.


Jesús habla – como habla la sabiduría popular – por medio de proverbios, consejos, fórmulas breves de anuncio y sentencias. No hace discursos. Los evangelios sinópticos todavía nos permiten imaginar como era el hablar de Jesús, a pesar de su estructura redaccional. En cuanto a los discursos del evangelio según Juan, son tan diferentes de los otros, que no pueden reproducir el modo de hablar de Jesús. Los discursos del 4° evangelio son composiciones literarias a partir de sentencias o de anuncios breves de Jesús. Eso no les quita valor. Pero ese modo de desarrollar las palabras de Jesús muestra que los evangelistas no quieren reproducir materialmente los discursos de Jesús, tarea imposible en aquella época, sino que quieren expresar el contenido dentro del modelo cultural de sus lectores que son las comunidades juaninas.




Jesús habla para el pueblo que lo acompaña o lo rodea. Además de eso, habla también para los discípulos, enseñándoles el modo de ser del misionero, o sea, comentando lo que él mismo hace. Hay también palabras pronunciadas para los interlocutores: enfermos que él está curando, leprosos, centurión… Nadie estaba allí para hacer la transcripción. Pero desde temprano los discípulos hicieron narraciones y, de manera popular, pusieron en los labios de Jesús aquello que sabían de su sabiduría y del modo de expresión habitual del pueblo.


En los evangelios, si las palabras son importantes, los actos son más importantes aún. En el discurso de Pedro al centurión romano, él anuncia la figura de Jesús diciendo de modo resumido: “El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en el poder del diablo, porque Dios estaba con él” (He 10, 38).


Los que caen en poder del diablo son los enfermos de todos los tipos, todo lo que debilita al ser humano. Jesús no pesca, ni planta, ni trabaja con la madera como en la casa paterna. Otros están trabajando – entre ellos, por ejemplo, los discípulos pescadores. La actividad de Jesús es estar en el medio del pueblo y conversar. No debemos pensar que estaba curando enfermos el día entero. Lo que más llamaba la atención eran esas curas, pero el resto del tiempo era dedicado a la conversación. Los evangelios solamente transmiten algunos elementos, pero dejan pensar que esa era la actividad más importante. Jesús debía haber tenido conversaciones particulares, como en el caso de la familia de Lázaro, pero de modo general debía estar en conversaciones abiertas. Por otra parte, los pueblos antiguos – así como los pueblos pobres de hoy – viven más en la calle que en la casa, para conversar en pequeños grupos. Jesús era visto como una persona buena, que no condenaba a los débiles ni a los pequeños y que curaba sus enfermedades, haciendo la tarea que era muy común en aquellos tiempos en que solamente había algunos médicos reservados a los ricos y generalmente ignorantes. Los pobres tenían sus curanderos – como aún ocurre en Brasil. Jesús curaba enfermos. Todavía tenemos muchas personas sabias que curan a los enfermos. Para el pueblo esas curaciones eran señales que Dios estaba con él.


Jesús tuvo también confrontaciones con las autoridades de Israel que moraban en Jerusalén. Los sacerdotes, los doctores, los grandes de la sociedad entendieron luego el peligro que Jesús traía para ellos. Entendieron muy bien que el conflicto no se limitaba a algunas doctrinas o algunos preceptos de la ley. Comprendieron que el reino de Dios anunciado por Jesús no les reservaba ningún lugar. Jesús quería una comunidad en que los superiores tendrían que vivir como los inferiores. Jesús venia a suprimir los privilegios. “Aquel que quisiera tornarse grande entre vosotros, sea aquel que sirve; y el que quisiera ser el primero dentro de vosotros, sea vuestro siervo” (Mt 20, 26-27). La predicación de Jesús era hecha para toda la estructura social y económica del pueblo de aquel tiempo. Las discusiones sobre puntos particulares de la ley eran apenas síntomas de un conflicto más radical. En el reino de Dios no hay lugar para sacerdotes y doctores de la ley apegados a sus cargos. Los doctores fueron sustituidos por simples pescadores, campesinos y cobradores de impuestos.


Bien temprano los adversarios de Jesús quisieron matarlo, pero tuvieron que esperar porque Jesús contaba con mucho apoyo entre los pobres de la Galilea. Era necesario esperar que él viniese a Jerusalén. Pues Jesús creía que debía también anunciar su buena nueva en Jerusalén y desafiar al sistema religioso de allá. En Jerusalén se establecerá la gran confrontación. “Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que era necesario que fuese a Jerusalén y sufriese mucho por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas y que fuese muerto y que resucitase al tercer día” (Mt 16, 21).


Ese viaje a Jerusalén fue un momento decisivo en la vida de Jesús. El evangelio de Lucas le da un destaque muy especial, dividiendo su evangelio en dos partes: en la Galilea y rumbo a Jerusalén (cf. Lc 9, 31; 10, 32).








Es verdad que el evangelio de Juan habla de varios viajes a Jerusalén, pero no proporciona ninguna justificación, al paso que el testimonio de los sinópticos es mucho más convincente en ese particular. En Jerusalén Jesús entró en confrontación. No escondió su mensaje. Atacó directamente a sus adversarios. Quiso dar un testimonio muy claro de la novedad de su evangelio. Él anunció el reino de Dios a los jefes de los sacerdotes y destruyó el sistema religioso de ellos. Atacó a todo el sistema del templo, en particular a los escribas y a la manera como imponen su ley a los pobres. Los discursos de Juan en Jerusalén deben ser situados en el gran viaje, que fue donde se dio la gran confrontación. Las ideas básicas allí presentadas corresponden al momento decisivo de la vida de Jesús.


El gran acto de la vida de Jesús fue ese viaje a Jerusalén y el testimonio dado en el templo frente a las autoridades y al pueblo. Era un desafío inédito. ¡Alguien que se levanta contra las autoridades en la plaza pública del pueblo! No lo mataron luego, lo que muestra que incluso en Jerusalén él tenía simpatizantes.


¿Por qué Jesús fue a Jerusalén? Esa necesidad de ir a Jerusalén no era una fatalidad. Se trataba de una misión: proclamar a Israel, en su centro social y religioso, el fin de una época y el anuncio de una nueva época.


No bastaba proclamar esa buena nueva a los campesinos de la Galilea. Era preciso proclamar públicamente lo que decía a los pobres galileos. Jesús sabía que no tenía fuerzas materiales para luchar y vencer a sus adversarios. Su misión no era vencer por medio de esa fuerza. El Padre no lo había enviado para luchar con armas. Debía luchar con la fuerza de su palabra, sabiendo que eso traería consecuencias. De esa manera Jesús preveía que iría al encuentro con la muerte. Había entendido el mensaje del siervo de Dios de Isaías.


Los apóstoles no creían en eso. Se recordaban de toda la fuerza de Jesús para curar enfermos y no podían imaginar que él no tuviese la fuerza necesaria para vencer a sus enemigos. Además de eso, para los discípulos, si Jesús muriese, todo estaría acabado y la vida de ellos caería en el vacío. Si Jesús anunció su resurrección, debe haber hablado de modo muy discreto o poco comprensible porque los apóstoles no esperaban eso – ni las mujeres que cuidaban de él. Jesús murió y todos pensaron que la historia, para ellos, se había acabado. Los evangelios son bien claros: los apóstoles estaban desilusionados y con miedo.


Aconteció la resurrección. Pero ésta ya no pertenece a la vida terrestre de Jesús. Pertenece a la nueva vida vivida desde entonces en medio de los fieles. ¿Cómo los apóstoles y las mujeres supieron de la resurrección? Para los exégetas las narraciones de los evangelios no manifiestan muchas señales de autenticidad incontestable. Sin embargo, los apóstoles y los discípulos tuvieron una convicción tan fuerte que nunca dudaron y dedicaron el resto de la vida a la divulgación de ese acontecimiento. ¿Qué fue lo que generó en ellos esa convicción? Debe haber sido algo muy fuerte.

El testimonio más antiguo que tenemos es el texto de la epístola a los Corintios (1 Co 15, 3-8) “Os trasmití en primer lugar, aquello que yo mismo recibí. Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras. Fue sepultado, resucitó al tercer día, según las Escrituras. Apareció a Cefas y después a los Doce. En seguida apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales todavía vive, aunque algunos ya adormecieron. Posteriormente apareció a Santiago y, después, a todos los apóstoles. En último lugar se apareció también a mí, el abortivo”


Cuando habla de la aparición de Jesús a él mismo, Pablo es muy discreto. No da ninguna explicación. No podemos imaginar lo que podría haber sido esa “aparición” (cf. Gl 1, 15-16). No adelanta formular hipótesis, pues ninguna tendría argumentos suficientes. El testimonio de Pablo no nos trae mayores detalles sobre lo que él entendía por “aparecer”. Las otras apariciones deben haber sido semejantes a la aparición a Pablo. Pero, la tradición popular acrecentó muchos detalles que no pertenecían a las narraciones más antiguas.





Para los evangelios, el acontecimiento principal más cargado de significado, fue su muerte. Una vez que Jesús resucitó, su muerte debía tener un significado. No era simplemente el fracaso de quien anunció el reino de Dios, sin que ese hubiese llegado. Los discípulos buscaron una explicación. Recurrieron al Antiguo Testamento.


El primer texto que los iluminó fue el texto de Is 52,13- 53,12. Se trata de la muerte del siervo de Yahvé. Los discípulos reconocieron en ese texto lo que había acontecido con Jesús y cómo había sido humillado hasta la muerte.


Antes, probablemente algunos compararon la muerte de Jesús con la muerte de los animales en los sacrificios ofrecidos en el templo de Jerusalén. En los sacrificios la muerte del animal, tenía un sentido positivo: conquistaba – o se pensaba que conquistaba – el perdón de los pecados. Fue el elemento que usaron para hacer la comparación. La muerte de Jesús tuvo también un efecto positivo: dio la vida nueva, el perdón de los pecados y la muerte para abrir el camino de la vida.


Pero entre la muerte de los animales en los sacrificios y la muerte de Jesús había diferencias muy grandes. Los animales eran ofrecidos por sacerdotes que los dirigían para Dios. En la muerte de Jesús no hubo sacerdotes para matarlo y ofrecerlo, derramando su sangre. En los sacrificios se trataba de pedir a Dios el perdón de los pecados. Jesús no murió para pedir ese perdón. El Padre ya había decidido el perdón de los pecados y lo había enviado a este mundo para dar a conocer ese perdón. Cupo a Dios esa iniciativa, no al pueblo ni a los sacerdotes.


La muerte de Jesús no tenía como significado convencer al Padre. Era la consecuencia del perdón del Padre que los hombres no quisieron aceptar - por lo menos las autoridades que se habían constituido como jefes del pueblo de Israel. El Padre no quería la muerte de Jesús, mucho menos exigió esa muerte para satisfacer su dignidad ofendida por el pecado. Si fuese así, ese Padre sería todo lo contrario de un padre. El Padre sufrió en la muerte de Jesús. Bien sabía que enviarlo en medio de los hombres tendría esa consecuencia, pero incluso así era necesario que Jesús fuese a anunciar el perdón de los pecados y el advenimiento de un mundo nuevo. En su muerte, Jesús manifestó y vivió el acto supremo de fidelidad a su misión. En verdad, esa fidelidad abre el mundo nuevo, pues ella es el inicio de la vida nueva que va a ser derramada sobre la humanidad.


Por eso consta que la comparación con los sacrificios tenía muchas deficiencias y los escritos del Nuevo Testamento procuran evitar una asimilación completa. En aquella época el esquema de sacrificio estaba muy fuerte y era el esquema principal que los judíos y los paganos tenían a su disposición. Con el cristianismo la prioridad del amor de Dios queda clara: Dios perdona primero, sin condición, no espera ninguna satisfacción – aunque la teología medieval haya desarrollado ese tema ad infinitum.


Ese significado aparece en las épocas ulteriores, pues la persecución y el martirio fueron reconocidos desde muy temprano como señales de autenticidad de los discípulos de Jesús. Jesús anunció la persecución a sus discípulos y proclamó felicidad a esa persecución. Habla de perder la vida y de los granos que no dan frutos si no mueren. El martirio de muchos discípulos era la repetición del martirio de Jesús y al mismo tiempo ayudaba a entender el martirio de Jesús.


Pedro y Pablo murieron mártires y eso fue celebrado como señal clara de su fidelidad a Jesús. El libro del Apocalipsis es comentario de los primeros martirios en los tiempos de Domiciano. Durante casi tres siglos el martirio fue celebrado por los apologistas de la Iglesia cristiana. Era señal de autenticidad. Fueron escritas varias Actas de los mártires. De cierto modo la primera literatura cristiana fueron las Actas de los mártires. Y durante los siglos siguientes hubo mártires cuando los misioneros fueron a anunciar el evangelio en otras civilizaciones.


Sin embargo hubo y aún hay innumerables casos de mártires. El siglo XX fue el siglo de mayor número de mártires. Solamente en la América Latina fueron miles.




La multiplicación de los mártires sólo se explica por la muerte y resurrección de Jesús. Sin eso faltaría la motivación para el martirio. En la vida de esas personas, el martirio es el centro – lo que es la repetición de la vida de Jesús. Tratando de la vida, no podíamos evitar el tema básico del martirio. El martirio puede ser el acto más importante de una vida, el acto que viene a confirmar y expresar todo el significado de los años anteriores y el acto que constituye un testimonio para la humanidad. Es una inmensa paradoja. Pero fue vivido y aún está siendo vivido hoy.


La resurrección de Jesús no fue la retomada de la vida anterior, sino que el inicio de otro modo de ser y de vivir. Modo del cual no podemos tener idea precisa. Pero las promesas de Jesús son bien explicitas, sobretodo en el evangelio de Juan.


“No os dejaré huérfanos. Yo vendré a vosotros. Dentro de poco, el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis y viviréis porque yo vivo y vosotros viviréis (Jn 14, 18-19). “Permaneced en mi, como yo en vosotros (Jn 15, 4). ”Dentro de poco y ya no me veréis, pero un poco más todavía y me veréis” (Jn 16, 16). “Ahora estáis tristes, pero yo os veré de nuevo y vuestro corazón se alegrará y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).


La vida nueva después de la muerte es participación en la vida de Jesús resucitado. Es la gran fiesta de la liberación. Es el gran banquete de alegría por la victoria de la vida. La vida de Jesús resucitado es al mismo tiempo lucha contra el pecado y el mal en la tierra, y celebración de la victoria con todos los elegidos. La vida cristiana, incluso en la tierra, ya es participación e inicio de la gran fiesta. Ella es al mismo tiempo conquista y celebración de la libertad6.


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1 Sin embargo no podemos perder de vista los millares de milagros atribuidos a Jesús en las Iglesias pentecostales hasta el día de hoy.


2 Cf. Raymond E. Brown, O nascimento do Messias. Comentário das narrativas da infância nos evangelios e Mateos e Lucas, San Pablo, 2005.


3 A los demonios son atribuidos todos los males y las enfermedades que pueden afligir a los seres humanos. No se restringen a los casos

de exorcismos en la práctica actual de la Iglesia católica.


4 Cf. E. W. Stegemann – Wolfgang Stegemann, Historia Social del Protocristianismo, Sinodal (San Leopoldo) – Paulus (São Paulo) 2004, p.266-281


5 El Apocalipsis de Juan fue escrito cuando ya había comenzado las persecuciones de Domiciano.


6 Jürgen Moltmann, La Iglesia fuerza del Espíritu, Sígueme, Salamanca, 1978.










































6

Vivir es amar



Los evangelios muestran, a partir de la vida de Jesús, lo que es vivir. No expresan el contenido en palabras abstractas. Permanecen en el lenguaje popular. Sin embargo, también intervienen personas más letradas que aprendieron a pensar con palabras abstractas. En el Nuevo Testamento tenemos los ejemplos de los escritos de Pablo y de sus discípulos, y también los escritos atribuidos a Juan. Estos no quieren decir otra cosa, mas expresan con conceptos abstractos el contenido de la vida de Jesús.


El principal de esos conceptos es amor/amar. De alguna manera dice, en una palabra, todo el contenido de la vida de Jesús. “El amor es de Dios y todo aquel que ama nació de Dios y conoce a Dios. Aquel que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor”(1 Jn 4,7- 8).


El amor existe bien antes de la llegada de Jesús. Está presente desde los orígenes de la humanidad. Sin embargo, hay alguna cosa especial que nos llegó con Jesús. Eso no es algo separado de lo que había antes. Es el mismo amor que todos los hombres y mujeres conocieron, pero de una forma diferente. En el evangelio de Mateo Jesús explica la diferencia. “ Oísteis que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo, sin embargo, os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”(Mt 5, 43- 44).


Odiar a los enemigos es algo que siempre estuvo presente en la historia de la humanidad. Por eso existen tantas guerras. Nunca hubo un tiempo en que no hubiese guerra en algún lugar del mundo. Cada pueblo, cada raza y cada clase social tiene sus enemigos. El mundo está repleto de enemigos. Los más fuertes vencen y someten a los más débiles. La buena educación puede hacer con que no se expresen sentimientos de odio, pero ellos están allí, bien presentes y expresos por los actos de violencia.


Claro que el miedo se explica por tantos actos violentos. La violencia parece estar creciendo en la vida contemporánea. Las armas llegan a las manos de un número cada vez mayor de personas y son cada vez más sofisticadas. En un único año en el Brasil, hubo 48.000 homicidios; fue el equivalente a los muertos de una guerra. El odio viene del miedo. El odio viene también de la rabia de aquellos que se sienten rechazados o sin futuro.


Nosotros, cristianos, también tenemos una triste herencia en ese sentido. La cristiandad luchó contra tantos enemigos y hasta hoy tiene enemigos que procura combatir. Tiene enemigos de afuera y enemigos de adentro. Había teólogos que explicaban que odiar a los enemigos era una forma de amarlos. De ese modo todo se podía justificar.


En el mundo actual, los países desarrollados están dominando y explotando a los países más pobres. Los pobres tienen que financiar la riqueza de los ricos. Los ricos y los poderosos pueden no estar conscientes, pero son llevados por el odio. Pueden no sentir ese odio porque otros se encargaron de oprimir a los enemigos, y el sistema democrático justifica todo. Dentro de cada país los poderosos oprimen y odian a los más pobres. Habitualmente lo hacen con mucha cortesía y formalidad. Tienen mandantes para practicar la violencia que ellos mismos encontrarían repugnante. Estamos lejos de realizar el precepto de Jesús.


No es que la humanidad esté careciendo de todo amor. Pero su amor es limitado. Sin amor el mundo no podría vivir. Pero hay una gran carencia. Por eso Dios envió a su Hijo.


Sin ser amado, nadie puede vivir humanamente. Ese es el drama de los niños educados sin amor – porque no tienen padres, o ésos los abandonaron. Hay casos en que los padres practican la violencia contra sus propios hijos. Hijos o hijas que crecen de ese modo quedan para siempre marcados negativamente. Irán a alimentar rencor y frustración toda la vida. Estarán vengándose contra la sociedad entera porque no recibieron, cuando eran niños, lo que más necesitaban: el amor.



Ser amado por Dios es bueno, pero ese amor de Dios necesita concretizarse en un amor de seres humanos. Quien no fue amado por seres humanos va a buscar ese amor, mendigar ese amor sin nunca estar saciado.


Quien no fue amado, difícilmente pueda aprender a amar. El amor circula entre hombres y mujeres. Quien queda fuera del circuito, muere.

Nadie vive sin un mínimo de amor. Los propios nazistas, que quemaban millones de judíos, protegían una familia para poder sentir que tenían buenos sentimientos. El amor está tan enraizado que nadie consigue extirparlo de sí mismo completamente. No hay hombre tan egoísta que no haya hecho por lo menos una vez un gesto de amor.


Todos son capaces de entender lo que significa amar. Ese es el punto de partida de toda creatura humana. El amor de Dios viene a infiltrarse en el ser humano por allí.

El amor tiene sus destinos privilegiados en la vida de todas las personas. Primero aparece el amor a los padres y hermanos. Por ese camino es que se aprende a amar: el amor nace por reciprocidad. Sin embargo, hay casos en que falta la reciprocidad. De ahí la frustración: Quería amar, pero no encontró acogida. Hoy eso es más frecuente, toda vez que los padres están siempre super ocupados con muchas actividades, no disponiendo de tiempo para estar con los niños.


Después de la infancia, viene el descubrimiento del sexo. El sexo sin amor lleva a la frustración. Cuando el sexo comienza muy temprano, como ocurre actualmente, los jóvenes aún no están maduros para practicarlo. Y porque aún no saben amar, el sexo se torna un simple juego, que no llega a envolver a las dos personas en un amor verdadero. Un ensayo frustrado genera otro que frustrará todavía más. Muchos están casados, mas no aprendieron a amar. Algunos no van a aprender nunca. Otros aprenden, finalmente, después de varios ensayos fracasados.


Muchos casados prematuramente andan perdidos porque no saben amar. No saben unirse realmente. No saben expresarse, no saben ver, escuchar, entender y hacer los gestos que son propios del amor. Por eso hay tantos fracasos. ¿Falta formación? Hoy la sociedad no enseña a amar en la familia, ni en la escuela y ni en los grupos de jóvenes. La preocupación es la competencia.


Muchos hombres son educados de modo tan incompleto que solamente aprenden el egoísmo. Muchas mujeres están encargadas de educar a su marido y a sus hijos, pero no saben cómo hacerlo.


De cualquier manera, el sexo es la escuela de amor más normal y más común. Por medio de él se concretiza la llegada de los hijos, que es una nueva escuela de amor. La acogida a los hijos y la atención a sus necesidades es la gran escuela de amor. Sentimientos nuevos aparecen. Hoy, muchos jóvenes tienen miedo de procrear, pues tienen miedo a tener que amar.


La convivencia nos enseña que el amor existe entre los seres humanos. Con certeza el amor es la dimensión más importante en la vida. Todos lo reconocen. Ahora bien, a pesar de eso hay tanto odio, tanta indiferencia, tanta humillación de hombres y mujeres.


Hay mucho odio porque hay mucho miedo. Un pueblo tiene miedo del pueblo vecino, una raza humillada tiene miedo de la otra que se cree superior. Los ricos tienen miedo de los pobres porque los consideran potenciales asaltantes o ladrones. Para amar es preciso vencer el miedo.

Quien vence el miedo reconoce la injusticia y el odio inconsciente y puede aprender a amar. Descubre que el otro es ser humano también, con las mismas cualidades y los mismos defectos de todos los seres humanos.






Es difícil vencer el miedo y la codicia. Quien descubre que el otro tiene alguna riqueza escondida, mas es débil y no tiene condiciones para resistir a la violencia, roba y se apropia de la riqueza del otro. Las conquistas están basadas en esa codicia – por ejemplo, la conquista de América estuvo basada en eso. Se trataba de apropiarse de lo que era de otros, sabiendo que los otros no tenían condiciones para impedir el robo. ¿Qué ocurrió en la conquista de América a no ser una inmensa operación de bandidaje? Lo que San Agustín decía del Imperio Romano – que era una inmensa empresa de bandidos – se aplica también a los conquistadores de la América, del África, y de todas las partes del mundo que fueron conquistadas. La motivación era la codicia. Era una inmensa empresa de robo, un gigantesco acto de odio hacia los pueblos que vivían tranquilamente en sus ambientes naturales. Quien conquista odia, roba y mata bajo el pretexto de establecer la paz.


En medio de esas inmensas incursiones de robo y de odio, hubo algunos actos de amor y defensa de los injusticiados. Pero poca cosa pudieron hacer, pues los que practicaban ese odio lo presentaban como beneficio. Los conquistadores se defendían mostrando que estaban trayendo la civilización y la paz.


Mientras los Estados proclaman su voluntad de paz, las grandes empresas multinacionales van conquistando la economía de los pueblos. No necesitan de ejércitos para ocupar el país, porque el ejército nacional se encarga de protegerlas. La alianza entre los bandidos y las clases dominantes es total. Las clases dominantes entregan su país a los invasores. Ya fue así en el Imperio Romano. Hoy, el fenómeno es más impresionante porque existen medios más poderosos. Existe todo un sistema de medios que presenta a los bandidos como benefactores del pueblo que conquistan. Se trata de una avalancha de publicidad para difundir la mentira, de tal suerte que casi todos creen y tratan como bienhechores a los que les roban la vida.


Ninguna de esas personas quiere reconocer que su comportamiento es de odio, pero lo es – aunque quiera ocultar las verdaderas intenciones con bellas palabras. Lo más corrosivo del odio no consiste en tener sentimientos negativos para con alguien, sino en destruir la persona del otro. Ahora bien, los conquistadores y los pueblos guerreros destruyeron para sacar ventaja de los bienes pertenecientes a los que mataron. Sacaron de ellos los medios de subsistencia. Eso es matar. Hicieron alianza con los gobernantes más corruptos que oprimían a su pueblo porque ésos garantizaban libertad a las empresas que robaban. Hoy no necesitamos ir muy lejos para verificar que las empresas más poderosas conquistaron al mundo. Ellas obligan al Estado a vender los bienes – que son propiedad de todos – por un precio insignificante. O simplemente no pagan los impuestos debidos, de tal modo que quien paga son los pobres. Odian a los pobres, aunque tal vez inconscientemente – lo que es más grave aún, porque sin conciencia no hay conversión posible. Todo eso es odio, aunque las personas que dirigen estas operaciones sean bien tratadas en la sociedad, con fama de integridad y de generosidad.


Cuando hablan, hacen discursos bonitos que sirven para ocultar la realidad. Se habla de crecimiento o desarrollo como si el crecimiento fuese a terminar con la injusticia y con la opresión. El crecimiento y el desarrollo significan que los poderosos se tornarán más poderosos aún y que habrá más odio. Lo que hace falta es un acto de verdadero amor, un acto que sea realmente de ayuda para que los pobres se levanten.


El amor varía de acuerdo con los tiempos y las condiciones de vida. Se trata de dar vida. Lo que falta para vivir varía. Estamos en una sociedad tremendamente individualista, en que no hay solidaridad. Los más fuertes vencen y ni miran a los otros. Las necesidades son inmensas.










La primera cosa es la salud. Niños más débiles o subalimentados no van a poder estudiar como los otros. Los niños pobres necesitan de cuidados de salud que los padres no pueden proveer. Además de eso, los niños y las niñas necesitan aprender. Necesitan de buenas escuelas en las cuales se aprende. No pueden vivir y crecer con profesores incapaces, sin interés y sin capacidad pedagógica. Necesitan de condiciones materiales para poder estudiar. En las casas donde viven, pocas veces las condiciones son buenas. Necesitan tener acceso a bibliotecas y a los libros que realmente los puedan ayudar. Necesitan ser iniciados a la vida en la sociedad. Necesitan llevar los estudios hasta el límite de sus capacidades.


Amar es ayudar a transformar toda la educación. Y, para eso, recursos no faltan. Bastaría reducir los privilegios de los poderosos. La prioridad actual es de los accionistas. Bastaría colocar un techo máximo para el lucro de los accionistas, y también un techo para el salario de los ejecutivos, de los funcionarios públicos – como diputados, jueces, miembros de los cuadros del Estado… Bastaría luchar contra la explotación de las obras públicas que proporcionan la oportunidad de robar billones del Estado. Ejemplos en ese sentido no faltan.


En el pasado, amar era más fácil porque la vida dependía más de situaciones locales. Hoy la vida de billones de seres humanos depende de decisiones tomadas por algunos altos ejecutivos que manipulan las grandes empresas o los grandes grupos financieros. Antiguamente la fortuna estaba en los cofres de los ricos. Hoy está en los paraísos fiscales bajo la protección de las naciones ricas y poderosas que quieren dar toda libertad a la corrupción. Los jefes de Estado son los que instalan y protegen la corrupción en sus Estados. Luchar contra esa dominación de los Estados por grupos financieros es luchar con un poco de amor contra gigantescas paredes de odio. Si un gobernante decide luchar contra la corrupción, firma su decreto de muerte política. Por eso, casi todos prefieren abstenerse de eso y hacen como que no saben nada.


En esa situación hay muchos ciudadanos rebelados que estarían dispuestos a cambiar esa correlación de fuerzas, pero se sienten impotentes frente a las gigantescas fortalezas actuales del capital financiero. Es verdad que solos poco podemos. Gandhi consiguió. Él realizó su proyecto de independencia de la India contra toda la fuerza del Imperio Británico. Gandhi se preguntaba por qué los cristianos desconocían el evangelio y por qué era necesario que un pagano como él fuese a descubrirlo. Conocemos la respuesta.


No hay duda de que si los cristianos estuviesen unidos en una gran protesta, alguna cosa cambiaría. Pero hoy, en el Oriente Medio, se matan y se destruyen pueblos enteros en nombre del cristianismo y las Iglesias no actúan. Permiten que soldados o funcionarios públicos, católicos, protestantes u ortodoxos participen de esa destrucción y sean instrumentos del odio. Odian a los musulmanes, aunque no quieran reconocerlos. Ciertamente no permitirían que los Estados Unidos tratasen a Inglaterra, a Italia o a Francia como tratan el Oriente Medio. ¿Cómo explicar eso a no ser por el odio?


Se niega que haya odio, sin embargo, él está bien presente en el Irak, donde en esta última guerra ya fueron muertos 650.000 civiles. Millones de palestinos fueron expulsados de su casa y de su tierra, humillados todos los días, robados constantemente sin poder defenderse y con la complicidad de las naciones importantes del mundo. Si los palestinos fuesen los escoceses o los catalanes, no serían tratados de esa manera. Es el odio mismo. Siendo palestinos, se cree que no tienen valor.


Ahora bien, la señal de Jesús es amar a los enemigos. Ese es el suplemento de amor que falta en la humanidad. Gandhi había entendido y la gran mayoría de los cristianos aún no entendió, no acepta y rechaza. La jerarquía hace cuenta que no percibe y se queda callada. No sabe lo que está aconteciendo, por eso nada hace más consistente. El sistema romano está comprometido con los gobiernos dominantes y solamente puede hacer algunas protestas platónicas, sin influencia alguna. ¿Y nosotros que hacemos?


No somos Gandhi, pero algo podemos hacer en el micro mundo en que estamos. Podemos hacer algo que sea testimonio de amor a los enemigos, para con aquellas masas tratadas como enemigas.


Para pasar del amor vivido diariamente al amor a los enemigos y a los que son diferentes, se necesita pasar por una conversión cualitativa. No basta aumentar la dosis de ese amor a los semejantes, a los que están cerca, para entrar en el amor a los enemigos. Se trata de aquello que el evangelio llama conversión.


Es necesario que haya cambio en la mirada. Descubrir a quien acostumbramos a tratar como enemigo y a quien odiamos. A partir de ahí es necesario querer cambiar el comportamiento. Ese amor no es innato, no es espontáneo, no se hace por sí mismo apenas por simple crecimiento del amor con el cual la gente nace.


La persona que hace esa conversión se expone, expone la propia vida. Hace como hizo s. Francisco, que fue al encuentro de los musulmanes sin armas, sin defensa, mas fue acogido. Podía haber sido lo contrario. Gandhi fue muerto porque quería la paz con los musulmanes y no quería la guerra que hinduistas fanáticos querían. De ahí el miedo. Hay gente que desiste por miedo y prefiere hacer como el joven rico del evangelio que vino a preguntar a Jesús cuál era la condición para salvarse. Creyó que lo que le fue dicho era demasiado difícil y se alejó.


El bautismo sería la señal de esa conversión radical. Pero hoy es administrado a niños, y la gran mayoría de ellos no recibe explicación progresiva sobre el significado de ese bautismo. No son convocados para pasar del amor espontáneo, limitado a los amigos, para el amor a los enemigos. NI siquiera conocen a los enemigos. No saben de qué manera tratar a los demás, a los enemigos. Más tarde, cuando alcancen el uso de la razón, tendrían que tener la ocasión de convertir el corazón y descubrir quién es el enemigo a quien también son llamados a amar.


Mientras los cristianos no descubran el efectivo contenido del evangelio, es poco probable que puedan evangelizar. Pueden hacer propaganda y aumentar el número de aquellos que se dicen cristianos – pero continuarán sin saber lo que es ser cristiano. Para descubrir el amor a los enemigos es necesario hacer experiencias específicas de vida.


El discurso habitual de muchos cristianos consiste en declinar toda responsabilidad. Acusan a la sociedad, como si la Iglesia o las Iglesias no tuviesen responsabilidad en las formas de dominación y en el odio. No se recuerdan del pasado y no están conscientes de la herencia – en parte consciente y en parte inconsciente – dejada por los siglos de cristiandad. Las Iglesias pueden declararse inocentes, pero las víctimas no aceptan ese olvido. El pasado creó situaciones permanentes o, al menos, situaciones que pueden durar siglos y de las cuales no podemos prescindir.


El amor a los enemigos es la señal de la transformación. A partir de esa disposición todo cambia. Quien ama al enemigo da prioridad al otro, y abandona la voluntad de sacar ventaja de la relación. Quien ama al enemigo se coloca en el lugar de él como persona humana de igual dignidad. Esa nueva disposición influye y se refleja en todas las relaciones humanas. Hace que los amores no sean egoístas o condicionados por las satisfacciones personales. Quien ama al enemigo no procura satisfacción personal, sino que da prioridad al otro. Esa disposición se aplica también a todos los amores.


Esto no quiere decir que el amor al enemigo no da satisfacción. Por el contrario, trae felicidad. Pero la felicidad viene por añadidura. No es la finalidad de ese amor. Ese amor es gratuito. Mas la gratuidad es justamente lo que hace la felicidad.


Este es el contexto en que debemos interpretar las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre el amor: “Ahora permanecen fe, esperanza, amor, estas tres cosas- la mayor de ellas, sin embargo, es el amor (1Co 13, 13). “Haced todo en el amor” (1Co 16, 14). “ Dios es amor, aquel que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él ” (1Jn 4, 16). El amor aparece aquí como una realidad que existe en sí y se dirige en varias direcciones: de Dios para los hombres, o de los hombres para Dios, o de los hombres entre sí.



El amor tiende a confundirse con la esencia de la vida – como la esencia de todo ser vivo restaurado por Dios. Todo fue hecho en un designio de amor y todo esta rehecho en una salvación de amor. El amor está presente de nuevo para gobernar la vida.


Sin embargo, a pesar de las fórmulas que parecen llevar el ser humano para una vida mística extraterrestre, el autor insiste en el carácter práctico y concreto: “Si alguno dice: ‘ amo a Dios’ pero odia a su hermano, es un mentiroso”. (1 Jn 4, 30). “ Si alguien, poseyendo los bienes de este mundo, ve a su hermano en la necesidad, y le cierra el corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos, No amemos de palabra ni con la lengua, sino por acciones y en verdad” (1Jn 3, 17-18).


“Dios es amor” dice la primera epístola de Juan (4, 8.16). ¿Qué significa eso? ¿En qué sentido Dios es amor? La literatura juanina responde: “ Dios amó tanto el mundo, que entregó a su Hijo único para que todo aquél que en él crea no perezca, sino que tenga la vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo en el mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn 3, 16-17). “El Padre envió a su Hijo como salvador del mundo... Reconocemos el amor de Dios por nosotros, y en él creemos. Dios es amor: aquél que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él (1Jn 4, 14-16).


En la actualidad, muchos se preguntan ¿cómo y por qué se puede hablar del amor de Dios si hay tanto odio, tantas guerras, tantas injusticias y tanta violencia en el mundo? ¿Cómo es que Dios puede tolerar eso si él es amor? Hay una primera respuesta que consiste en mostrar, al lado de tantas tragedias humanas, tantos beneficios y tanta felicidad que nos vienen de la vida en esta tierra. ¿Cómo comparar y saber lo que es más fuerte: lo negativo o lo positivo? Los fieles pueden también evocar todos los beneficios recibidos como respuesta a sus oraciones. Pueden contar todas las veces que Dios responde a sus oraciones.


Sin embargo, esas respuestas no van hasta el fondo del problema. Delante de la situación de la humanidad, Dios que es su autor tendría dos alternativas. La primera sería reconocer que hizo todo errado y que esos seres humanos no tienen remedio, a no ser suprimirlos y crear otros diferentes – pues el mal está en el corazón humano. Y si Dios escogiese el desaparecimiento de los casos más graves, ¿cuál sería el criterio?


La segunda alternativa sería respetar la libertad humana, dejando abierto el combate entre el bien y el mal, entre el bien hecho por un grupo y las destrucciones hechas por los malvados. Sería confiar en la humanidad.


En realidad, debemos confesar que nada podemos saber de Dios más allá de la revelación hecha en Jesús. Todas las religiones mezclan errores y verdades de manera inextricable. En realidad nuestra inteligencia puede llegar a reconocer que debe haber un ser superior, una fuente de vida, mas no podemos saber nada sobre esa fuente de vida. Las teologías sufren de este defecto: inculcan que podemos conocer a Dios cuando no podemos. La propia palabra “Dios” ya es un engaño porque confiere a Dios un atributo con el cual podríamos dominarlo. Dar un nombre ya es tomar posesión. Dando un nombre a Dios, ya estamos entrando en el error. Cuando Moisés pidió a Dios su nombre, Dios respondió que no tenía nombre, sino que simplemente existía. Dar un nombre será entregarse a Moisés, pero Dios no puede entregarse a nadie.



Entonces cuando hablamos del amor de Dios, nos referimos a la revelación de Jesucristo. La única cosa que sabemos es que se reveló en él. Jesús dijo que el Padre era amor. No sabemos exactamente las fórmulas que usó porque las tradiciones cristianas son diferentes, mas todas convergen en ese sentido.

El amor de Dios tiene una manifestación que podemos comprobar: la venida de Jesús, su muerte y su resurrección.






Dios “entregó a su Hijo” quiere decir que Dios lo envió en medio de la humanidad sin defensa, sin garantía, sin guardia personal, sin promesa de intervención permitiendo que los seres humanos hiciesen con él lo que quisiesen. De esa manera la llegada del Hijo de Dios respeta totalmente la libertad humana. Dios no impidió nada – ni siquiera intervino cuando Jesús estaba muriendo en la cruz.


Dios envió a su Hijo en la condición de pobre, sin poder. De esa manera no podría dominar a los seres humanos a partir de un poder humano como hacían los reyes y los emperadores, lo que sería limitar la libertad humana. Jesús también dio señales de su calidad mesiánica, mas esas señales jamás fueron tan fuertes que obligasen a sus adversarios a reconocer su error.


La acción de Jesús en la tierra fue llamar hombres y mujeres a la conversión; respetando la libertad, pero prometiendo la fuerza del Espíritu a los que aceptasen el llamado. Sería iniciar un camino nuevo, el camino que él mismo mostró en los tres años en que estuvo en medio de los suyos. Escogió los discípulos entre personas sin poder, para que la única fuerza cupiese a la palabra.


La vida de Jesús termina por la muerte, por medio de la cual él confirma todo lo que dijo y anunció. Mostró el precio que los discípulos tendrían que pagar si quisiesen ser fieles al ejemplo dado por él. En lugar de ser aclamado, aplaudido, adorado por la humanidad, el Hijo de Dios fue crucificado. No vino para condenar, sino para salvar – también a sus enemigos, que lo llevaron hasta la muerte. De esa manera, la venida del Hijo de Dios no tendría ningún poder humano.


Dios hizo de Jesús el salvador del mundo dándole nueva vida humana, mas ahora una vida invisible. Jesús permanecerá presente, pero sin señal de poder. Salva, enviando el Espíritu sin poder; sin forzar, Jesús permanece invisible respetando de esa manera la libertad. Si estuviese resucitado en medio de nosotros, no habría más libertad. Sin embargo, él permanece escondido. Él está construyendo una humanidad nueva hecha con sus seguidores, sin obligar, sin forzar, dejando libertad a los malos. Así como Dios no interfirió en la decisión de seres humanos que escogieron la muerte de Jesús, así también no interfiere en las decisiones de las personas que escogen matar a los hermanos y a las hermanas de Jesús.


Tal vez ya nos hayamos preguntado por qué Dios permite las guerras. Son pocos los que perciben que impedir las guerras es responsabilidad de los seres humanos – si no lo hacemos, somos todos culpables. Basta pensar, por ejemplo, lo que ocurrió en la reciente guerra del Irak. Casi todos los gobiernos se quedaron callados, así como la mayor parte de los ciudadanos. Fueron engañados por los grandes medios de comunicación. Ese es el motivo por el cual Dios toleró esa guerra. Es una vergüenza nuestra. Si Dios hubiese enviado legiones de ángeles, habría confirmado nuestra pereza, nuestra falta de amor.


Eso es realmente un misterio. En el pueblo continúa circulando una visión de Dios que hace de él una especie de Papá Noel un viejito distribuidor de regalos. El amor de Dios no tiene nada que ver con el Papá Noel. Él se dio a conocer en Jesús y se da aún a conocer en los discípulos, que a través de los siglos quieren seguir su camino. Sin embargo, ese camino exige bastante empeño.


La institución tuvo y aún tiene mucho interés en divulgar la figura de Papá Noel porque, de esa manera, se aleja de los problemas reales y de las responsabilidades de todos aquellos que se dicen cristianos. La institución hace como los jefes del judaísmo en la época de Jesús: se alía con los poderosos y, con eso, impide que los cristianos sean agentes de cambio de este mundo – donde se extienden las raíces de la sociedad maléfica.


Al amor del Padre responde el amor del discípulo. El discípulo ama a Jesús, y, por eso, es amado por el Padre. “El que tiene mis mandamientos y los obedece es que me ama; y quien me ama será amado por mi Padre. Yo lo amaré y a él me manifestaré” (Jn 14, 21). “Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y a él vendremos y en él estableceremos morada”. (Jn 14, 24).


Amar a Jesús es observar sus mandamientos. Sus mandamientos son muy explícitos: “Os doy un nuevo mandamiento: Que os améis los unos a los otros. Como yo os amé, amaos los unos a los otros.” (Jn 13, 34).


Estamos en un círculo de amor: amor entre el Padre y Jesús, entre el Padre y nosotros, entre Jesús y nosotros. Se trata de un mundo nuevo. Jesús dijo que estarían estableciendo su morada. Estamos dentro de la ciudad de Dios. Él y Jesús están morando con nosotros o nosotros estamos morando con ellos.


De ahora en adelante, vivir es estar con el Padre y con Jesús, morar con ellos, tener la vida envuelta por ellos. Este mundo de amor no nos aleja del mundo real en que estamos. Por el contrario, el mundo de amor se hace presente cuando comunicamos vida a los hermanos necesitados. Cuando se realiza el precepto de amar al prójimo está presente todo ese mundo de amor. Es eso lo que aparece en la parábola del Samaritano que supo amar al enemigo.


Amar es, como hizo Jesús, “salvar”. Jesús fue enviado como salvador, y nosotros también lo somos. La salvación consta de muchos aspectos diferentes. Hay lugar para muchas personas dispuestas a amar. Salvar es dar vida, abrir espacio para la vida.


Por la gracia y por la fuerza del Espíritu siempre hubo discípulos de Jesús que tomaron al pié de la letra la enseñanza de él y supieron amar al enemigo – aquella persona de la cual tenían miedo o rencor.


Hay un aspecto que todavía no examinamos: la fórmula “unos a los otros” – tan frecuente en la literatura juanina, pero también en la paulina. Ese es el nuevo mandamiento. En los escritos de los apóstoles hay una insistencia muy grande en el amor de “unos a los otros”, más que en los evangelios en que el amor se dirige a los necesitados y excluidos, sin lazo comunitario.


Después de la resurrección de Jesús, los discípulos se reunieron para conservar la memoria de él y formaron comunidades, por lo menos en las ciudades. Sobretodo al final del siglo I, una vez que los seguidores de Jesús fueron excluidos de la sinagoga, ellos se encontraron entre ellos mismos, sin contacto con los judíos. Los propios judíos que creían en Jesús fueron alejados por los hermanos judíos y formaron comunidades separadas.


Siendo una minoría infinitesimal en el mundo greco-romano, los discípulos de Jesús sintieron la necesidad del apoyo mutuo. Se entiende que el amor haya sido asimilado al amor comunitario.


Hasta la entrada oficial de la Iglesia como religión oficial del Imperio romano, al final del siglo IV, la comunidad era el modo de ser de los cristianos. No sabemos muy bien en que consistía la comunidad en lo concreto de la vida. En todo caso, había frecuentes encuentros. Y con certeza, la cena comunitaria hecha en memoria de Jesús.


Ya las cartas paulinas muestran que la vida en comunidad no era así tan tranquila. Desde el inicio aparecieron los problemas que van afectar a todas las comunidades fundadas en los veinte siglos de historia cristiana. Incluso así hubo esta insistencia: el amor se encarna idealmente en una comunidad.


En la comunidad los discípulos encuentran necesitados y tienen oportunidad de ayudarse mutuamente. Era la oportunidad de la vida diaria. Por otro lado los cristianos eran minoría y no podían sentirse responsables por las necesidades de las ciudades grandes, donde tenían que vivir clandestinamente.


Cuando el cristianismo se tornó religión oficial, la comunidad fue perdiendo su importancia. Una vez que el bautismo era obligatorio, y todos debían ser cristianos, la mayor parte de los convertidos no recibía una iniciación suficiente y esa parte no adhería a la fe cristiana por convicción, sino que por obligación.


En contacto más íntimo con las religiones paganas – que no habían desaparecido, sino que permanecían en la clandestinidad, – el cristianismo se tornó una religión semejante a las otras. El culto a los santos se tornó cada vez más importante porque permanecía en las mismas categorías religiosas de los paganos. Ahora bien, el culto a los santos no genera comunidad – o, si genera, es algo con otras características.


En la Edad Media los santos fueron adoptados como patronos de las ciudades, de los templos, de las asociaciones de ciudadanos y de las asociaciones de artesanos. Se formaron hermandades. Ahora bien esas hermandades colocaban en común la difusión del culto del santo, la celebración de sus fiestas y las obligaciones de sus miembros. No eran propiamente comunidades, sino que asociaciones de devotos que alimentaban juntos su devoción. En ciertos casos podían también significar una comunidad más fraterna – como en el caso de las hermandades de negros, que era el lugar de una vida común.


En la época moderna aparecieron las asociaciones de caridad destinadas a ayudar a los pobres. No eran ni comunidades de pobres, ni comunidades con los pobres. Los pobres recibían su limosna, pero no formaban comunidades.


La estructura parroquial no se prestaba mucho a una vida comunitaria. Allí estaban los diferentes estratos sociales. Había más posibilidad si todos los habitantes del poblado eran de condición más o menos semejante. De cualquier manera había la autoridad del párroco que controlaba toda la vida parroquial. La comunidad tenía ciertos aspectos, pero estaba lejos de las comunidades de los primeros siglos. Hubo diversidad de situaciones. Cuando todos eran pequeños propietarios, la comunidad era más fácil y el conjunto formaba una convivencia a la cual el párroco debía someterse.


En la América Latina aparecieron las CEBs, a partir de los años 1950. Miles de ellas permanecieron, al encontrar algún fuerte protector – obispo o sacerdote. Las comunidades integraban un movimiento de liberación social que asumía diversas formas. Hubo diversidades de acuerdos con el contexto social. De modo general, ellas tenían por base el catolicismo tradicional, el catolicismo popular de los santos y de las fiestas. En el seno de ese catolicismo popular tradicional, algunos obispos, sacerdotes o religiosas procuraron suscitar verdaderas comunidades. Eso porque, solamente comunidades podrían despertar al pueblo para la acción social y política y ser agentes de transformación social y de liberación de su mundo.


En las poblaciones indígenas las comunidades procuraron reanimar el espíritu grupal tradicional. Este era habitualmente religioso y consistía en fiestas cuyo sentido no era más percibido. La comunidad tenía bases fuertes en las raíces grupales indígenas (especialmente en el sur de México, en Guatemala, y en los países andinos).


Donde había pequeños propietarios, había tradiciones religiosas comunes y mayor posibilidad de expresión. Entre los trabajadores de las grandes empresas, una verdadera comunidad era casi imposible. En la periferia de las ciudades, había posibilidad de hacer surgir comunidades, pero era necesaria la presencia de una persona que orientase y mantuviese el espíritu porque el nivel de pobreza era tal que las personas no conseguían formar asociaciones por sí mismas.


Las comunidades estaban en pleno progreso cuando fueron condenadas en Roma – que veía en ellas refugio de comunistas y subversivos. Fueron acusadas de enseñar el marxismo abandonando el cristianismo ortodoxo. Una nueva generación sacerdotal las abandonó. Algunas consiguieron sobrevivir, pero muchas desaparecieron.


Los responsables pastorales por ese desestímulo no se dieron cuenta de que, suprimiendo las CEBs, ofrecían el terreno a las Iglesias pentecostales, sobretodo en las grandes ciudades, aunque hoy en día también en ciudades pequeñas y en poblados del campo.




Sin comunidades es más difícil practicar el amor “unos a los otros”. En el mundo popular la ausencia de comunidades católicas hace que muchos procuren las comunidades pentecostales. En las clases medias o altas, los católicos se unen en movimientos muy homogéneos donde hay la posibilidad de amar “al enemigo”. Claro que en cualquier lugar se encuentran personas necesitadas de ayuda – no necesariamente de ayuda material, sino que de ayuda humana para recuperar la voluntad de vivir y de amar en medio de los problemas.


Jesús vino a enseñar un amor que iba más allá de los límites del amor practicado en la institución judaica de entonces y en muchos lugares del mundo en que instituciones poderosas imponen una dominación a las masas. La enseñanza de Jesús es un llamado, una provocación. No pide algo que sea triste o penoso, sino que algo que va más allá de lo habitual, que es un suplemento de amor cuya señal más fuerte es el amor a los enemigos.














































7

Espíritu y vida



“El Espíritu es vida” (Rom 8, 10). Pablo habla del Espíritu en contraposición a la carne. ¿Qué se debe entender por carne? Con certeza la carne no es el cuerpo humano, pues en este cuerpo los cristianos son animados por el Espíritu. “Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es verdad que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Rom 8, 9). Ahora bien, los cristianos están en su cuerpo. El cuerpo de ellos es el que es habitado por el Espíritu.


La carne es el mundo tal como existe ahora, el mundo dominado por el pecado, por la injusticia. “Lo que el hombre siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; quien siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna (Gl 6, 8).


Sembrar en la carne es actuar de acuerdo con el deseo egoísta, la codicia, la voluntad de dominación. Es el actuar que se encuentra en las relaciones humanas de nuestra sociedad capitalista. Quien actúa así va a cosechar corrupción. En lugar de la vida, va a tener muerte. Quien vaya actuar, que lo haga bajo el impulso del Espíritu.


La carne es el mundo de injusticia, de pecado y de muerte. Este mundo inflinge la muerte. No genera vida, sino muerte. Por eso lleva a la corrupción y no construye la vida. Es la fuerza del Espíritu que va a construir la vida.


“El deseo de la carne es la muerte; mientras que el deseo del Espíritu es vida y paz” (Rom 8, 6). Es verdad que no todo es ese deseo de la carne en nuestro mundo. Acontece que desde el inicio el Espíritu ya está presente y hace germinar la vida. No era necesario esperar la llegada de Jesús. Había vida entre los santos, los profetas, los sabios, los pobres del Antiguo Testamento – y también entre los paganos (como Job y tantos otros) que ya estaban siguiendo el camino del Espíritu, porque el espíritu ya estaba presente y activo.


Necesitamos cuidarnos para no caer en el error, tantas veces repetido en la historia, que separó el Espíritu del cuerpo, considerando como espirituales las realidades que no son corporales y considerando el cuerpo como sinónimo de pecado y corrupción. En esta concepción entraron temas de la filosofía griega posterior a Jesús. Entraron también movimientos llamados espirituales, contrarios al cuerpo, como los cátaros de la Edad Media; o, más tarde, los jansenistas. Por eso hubo, durante siglos, tendencias espiritualistas que condenaban el cuerpo y predicaban un modo de vivir que dispensase la menor consideración posible al cuerpo. El cuerpo debía ser castigado por ser motivo de pecado.


La mayor acusación contra el cuerpo recaía sobre las relaciones sexuales. Los movimientos radicalmente conservadores y los rigoristas condenaban el uso de la sexualidad o al menos la toleraban, tratándola como pecado venial o como imperfección. La continencia era considerada la preferida por el Espíritu, como si el Espíritu fuese incompatible con la sexualidad humana.


Aún hay muchos contemporáneos que ven en la Iglesia una institución represiva que desconfía de todo lo que es corporal, particularmente del sexo. Es una herencia de siglos.

Ese tipo de espiritualidad generó reacciones exageradas. Si por un lado hay sectas que rechazan la sexualidad y reprimen al cuerpo, castigándolo de todas las maneras posibles, por otro lado vino la exaltación del cuerpo y la exaltación de la sexualidad. Este movimiento parece haber alcanzado el nivel máximo en la actualidad.


La carne no es el cuerpo, sino la vida humana destruida o disminuida por medio de homicidios, injusticias, dominaciones, robos, explotación, esclavitud, indiferencia…

Todo eso es inclinación para la muerte. El Espíritu es el movimiento contrario. El Espíritu establece la vida. Esta vida es vida de Hijos de Dios. Los hijos son herederos y destinados a la vida gloriosa (cf. Rom 8, 16 – 17).



Todavía no estamos en la plenitud de la vida. Estamos en los primordios, juntamente con toda la creación, esperando el adviento de la vida en plenitud. “Pues la creación en expectativa ansía por la revelación de los hijos de Dios. De hecho la creación fue sometida al poder de la nada... ella guarda la esperanza, pues también ella será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios. En efecto sabemos que la creación entera gime, todavía ahora en los dolores del parto. Y no solo ella, sino también nosotros que ya poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, esperando la adopción, la liberación para nuestro cuerpo. Pues nosotros fuimos salvados, pero lo fuimos en la esperanza (Rom 8, 19 – 24).


Nuestro cuerpo espera su liberación porque está sometido a tantas limitaciones no de la naturaleza, sino de los otros seres humanos. La creación entera espera también la plenitud de su liberación. Con el Espíritu ya estamos iniciando ese proceso de liberación de la creación entera, pero todavía falta un largo camino.


El Espíritu es la fuerza que infunde las energías necesarias para la vida renovada, restaurada, y al final plenamente realizada.


Con la venida del Espíritu Santo sobre María – “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35) – comienza la liberación de la humanidad. El Espíritu inicia esa trayectoria de un modo muy discreto, en una pobre y humilde mujer de Nazareth. Jesús nació lleno del Espíritu Santo. Más tarde el Espíritu vino para lanzar a Jesús a la misión. Después de ser bautizado, luego que salió del agua, “Jesús vio al Espíritu de Dios descendiendo como una paloma y posándose sobre él” (Mt 3, 16). Desde entonces el bautismo es la señal de la venida del Espíritu Santo.


“Quien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Quien nace de la carne es carne y quien nace del Espíritu es espíritu” (Jn 3, 5 – 6). Eso no quiere decir que quien nació del Espíritu se torna incorpóreo, sino que quien nació del Espíritu ingresa a una vida que será eterna, en una plenitud de vida.


En ese mismo sentido Jesús dijo: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí, de su seno correrán ríos de agua viva.” “Él hablaba del Espíritu que debían recibir los que en él creyesen; pues no había todavía el Espíritu, porque Jesús aún no había sido todavía glorificado” (Jn 7, 37 – 39).


Durante su misión, Jesús fue acompañado por la fuerza del Espíritu. “ Si es por el Espíritu de Dios que yo expulso a los demonios, entonces el Reino de Dios llegó hasta vosotros (Mt 12, 28). La fuerza del Espíritu es fuerza para hacer el bien.


La fuerza del Espíritu no es para destruir a los adversarios o para reducirlos al silencio. No es fuerza para provocar admiración de los asistentes, como si fuese para hacer una demostración de campeón de los milagros. Esa fuerza no existe para realizar lo que el diablo ofrece como tentación: hacer milagros espectaculares para conquistar el aplauso de multitudes. La fuerza del Espíritu es fuerza de vida. Ella produce vida y hace que nosotros también podamos producir vida.


La fuerza del Espíritu es aquella que mueve el universo, que provocó la explosión original en la cual estaba incluida toda la evolución ulterior. Esa es la fuerza que está presente en la humanidad.


La humanidad es el resultado más adelantado que conocemos de la evolución del universo, después de aproximadamente 10 billones de años. Puede haber criaturas más desarrolladas en otros lugares del universo. Sin embargo, no hay manera de recorrer las inimaginables distancias de ese universo para obtener alguna prueba a ese respecto. Estamos condenados a nunca saber eso con certeza. Pero ya tenemos problemas suficientes para ser resueltos en este pequeño planeta que es nuestra casa.




Tanto tiempo fue necesario para llegar finalmente a aquello que somos. Ahora la fuerza creadora reaparece para dar el toque final, para coronar la creación. La cualidad más desarrollada de la humanidad, lo que la constituye como coronación de la creación, es la libertad.


La fuerza del Espíritu es fuerza de libertad. “El Señor es el Espíritu, y, donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17). La libertad es el poder creativo, poder de inventar una vida, de descubrir los pasos de liberación de la humanidad. Esa libertad encuentra muchos obstáculos: la ignorancia, el miedo, la pereza, la presión social, las fuerzas que tienden a dejar todo como está, no asumir riesgos, no lanzarse a lo desconocido. La fuerza del Espíritu vence esos obstáculos y forma personalidades que se atreven a tomar iniciativas.


La libertad del Espíritu es, con certeza, en primer lugar libertad en relación con los movimientos espontáneos, los deseos, las pulsiones y lo que los antiguos llamaban pasiones. El cuerpo está al servicio de la libertad, pero encuentra mucha resistencia por parte de una herencia de miles de años, y por parte de la cultura. Por la fuerza del Espíritu el ser humano se torna capaz de vencer todo aquello para poder pensar, decir y hacer lo que realmente quiere.


La condición humana corresponde a lo que escribía s. Pablo: “Yo no comprendo nada de lo que hago: lo que yo quiero, no lo hago, mas lo que odio, hago... Yo sé que en mí – quiero decir en mi carne – el bien no habita: querer el bien está a mi alcance, no, sin embargo, practicarlo, visto que no hago el bien que quiero, y hago el mal que no quiero. Ahora bien, si hago lo que no quiero, no soy yo quien actúa, sino el pecado que está en mí” (Rm 7, 15 – 20). El Espíritu viene a liberarnos de ese dominio del pecado que actúa en nosotros sin que lo queramos. El ser humano se torna dueño de sí mismo: practica lo que quiere, y no queda en las intenciones, en los discursos, en la ilusión.


La vida está asociada a la verdad. Sin iluminación de la verdad, la vida no tiene rumbo. “Yo soy el camino, la verdad y la vida. (Jn 14, 6). El Espíritu es quien revela la verdad. “Yo rogaré al Padre, y el os dará otro Defensor, para que con vosotros permanezca para siempre, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede acoger, porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis porque permanece con vosotros ” (Jn 14, 16 – 17).


“El Defensor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os dije” (Jn 14, 26). “Cuando venga el Defensor, que os enviaré de junto del Padre, el Espíritu de verdad que viene del Padre, el dará testimonio de mí (Jn 15,26). “ Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él os conducirá a la verdad plena, pues no hablará de sí mismo, sino que les hablará lo que haya oído, y os anunciará las cosas futuras” (Jn 16, 13).


La verdad se cobija en el conocimiento de la Palabra de Dios que fue la vida de Jesús. Por nosotros mismos podemos reconstituir lo que los autores del Nuevo Testamento quisieron decir. Sin embargo, eso no es la verdad para nosotros. La verdad es lo que el Padre quiere enseñarnos aquí y ahora. La verdad es lo que significan para nosotros las palabras y los actos de Jesús en las diversas circunstancias de nuestra vida. No se trata del conocimiento de una verdad abstracta; la verdad es lo que Jesús hace por nuestro medio en este momento presente.

Si tuviésemos apenas los recursos de la carne – o sea, del ser humano que recibimos ya antes de nacer y durante todo el tiempo pasado en esta tierra – no podríamos interpretar el significado. Estaríamos en la condición de todos aquellos que no encuentran en esas palabras ningún sentido. De hecho para quien no está orientado por el Espíritu, la Biblia cuenta historias viejas, sin valor para nuestros tiempos – tal vez interesantes solamente como material de estudio para los historiadores o los antropólogos. No enseñaría nada para nuestra vida ahora. Por el Espíritu las palabras de Jesús se tornan vida, acción, producción y creación.




En un mundo que multiplica las palabras y los discursos gracias al desarrollo extraordinario de las tecnologías de comunicación, trillones de palabras circulan cada día. ¿De que tratan esas palabras? La mayoría se refiere a transferencias de dinero. Luego a seguir, vienen las palabras ligadas a la publicidad, con la intención de seducir a los compradores. Después vienen las noticias que reportan aquello que las autoridades cuentan a sus pueblos. Cada país tiene sus asambleas políticas en que se pronuncian discursos sin fin para decir casi nada. Al final son discursos de publicidad en favor de empresas que quieren tener privilegios para ganar más dinero, y usan los servicios de sus parlamentarios.


Nosotros oímos palabras de vida, que abren los horizontes para crear un nuevo mundo, apelando a la libertad, y creando libertad por ese llamado. El Espíritu no hace grandes discursos – y ni siquiera necesita de palabras para comunicarse. Ilumina las mentes, incluso sin pronunciar palabras, creando certezas en la conciencia de sus oyentes.


El Espíritu produce más o menos efectos de acuerdo con la receptividad de los oyentes. Algunos escuchan poco y otros bastante. Estos irán más lejos y producirán más vida. Los efectos no siempre son perceptibles por la sociedad dominante o por los medios de comunicación. Pueden ser obras simples, hechas por un pueblo pobre, pero que permiten la continuación y la promoción de la vida, incluso en condiciones tan precarias. Los medios de comunicación no van a referir los milagros de dedicación y de creatividad por los cuales los pobres y excluidos consiguen vivir y dar vida en torno de ellos. Quien nunca sintió lo que es pasar hambre no se pregunta cómo hacen tantos excluidos para alimentarse. Eso parece tan natural. Pero es un problema para mucha gente y solamente se encuentra una solución con bastante dedicación y sacrificio. Quien más se dedica y se sacrifica a favor de los otros son las mujeres. Sin los prodigios de dedicación de las mujeres, la humanidad no podría vivir.


San Pablo hace una contraposición entre el Espíritu y la Ley. La epístola a los Gálatas trata especialmente de ese asunto, toda vez que la cuestión parecía no estar muy clara para ciertos cristianos de la Galacia.


“Sólo eso quiero saber de vosotros: ¿fue por las obras de la Ley que recibisteis el Espíritu o por la adhesión a la fe?” (Gl 3, 2). “Aquel que os concede el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley o por la adhesión a la fe? ” (Gl 3, 4).


La advertencia de Pablo tiene valor universal. Lo que él dice de la Ley vale para cualquier sistema religioso. Todos los sistemas son equivalentes de la Ley, en el sentido empleado por Pablo. La Ley era la de los fariseos que hacían de ella el único medio de salvación. Habían sacado de la Biblia una visión enyesada de la tradición judaica, destacando algunos textos particularmente rígidos – como ciertos textos del Deuteronomio que hacen de la Ley la condición absoluta y necesaria para la salvación ya en esta vida. Los fariseos que creían en una vida nueva después de la muerte, hacían de la Ley la puerta de entrada obligatoria para esa nueva vida.


Quien exalta de esa manera el sistema religioso y pone toda su confianza en él, en última instancia confía en una realidad humana. Los sistemas son hechos por hombres. La obediencia a la ley es obra humana, no inspirada por el Espíritu. La Biblia contiene los recuerdos del pueblo de Israel con todas sus contradicciones. La principal contradicción fue la oposición entre los profetas y el sistema religioso creado y mantenido por los sacerdotes y por los doctores de la Ley. Los profetas denuncian todos los desvíos de ese sistema religioso para recordar la fe de Abrahán. Ahora bien Jesús viene para confirmar el mensaje de los profetas, radicalizándolo. Como los profetas, él denuncia los vicios del sistema de la Ley.


Pablo muestra la oposición entre la Ley y las promesas hechas a Abrahán. Abrahán no colocó su vida en las manos de la Ley, mas se entregó a las promesas, esto es, a la gratuidad del amor de Dios.


Así como el don de la vida no nos fue concedido por la Ley, así también la nueva vida no se consigue por la Ley. La Ley no tiene poder de resucitar y no puede introducir en la vida nueva. Eso es don gratuito de Dios que envía el Espíritu Santo.


Observar preceptos, normas, ritos, creencias es contar con medios humanos, como si esos medios fuesen capaces de dar vida. Sin embargo, la vida es realización del Espíritu. Todos los días hacemos la experiencia de que nuestra vida no es el fruto de nuestra actividad, sino que es un don renovado. Es esa experiencia de dependencia y de don gratuito que proporciona la única semejanza con el don de la nueva vida.


Quien coloca su esperanza en la fiel observancia de su sistema y en las prescripciones de la Ley se expone a la preocupación, al miedo, al escrúpulo por no saber si cumplió lo que debía con suficiente fidelidad. Al revés de eso, “ el fruto del Espíritu es: amor, alegría, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, autodominio. Contra esas cosas no existe ley” ( Gl 5, 22 – 23).


Para la inmensa mayoría de la humanidad, la antigua Ley de Moisés no tiene relevancia primordial. Sin embargo, esa antigua Ley es apenas un ejemplar de un fenómeno generalizado. Todas las culturas tienen un sistema de leyes que sirven para definir su identidad como grupo humano. El conflicto entre profetismo y legalismo está presente en todas las culturas.


El mismo conflicto está también en la historia cristiana. El legalismo, que da prioridad a la ley, a las prescripciones rituales, doctrinales o de disciplina, penetra en todas las instituciones. El conflicto entre profetismo y legalismo está presente en muchas fases de la historia del cristianismo, no solamente en la Iglesia católica, sino que también en las Iglesias disidentes. Aunque estas se hayan separado de la Iglesia católica para protestar contra su legalismo, terminaron introduciendo otro legalismo y el conflicto reapareció.


La vida verdadera es vivir por el Espíritu (cf. Gl 5, 25). Vivir por el Espíritu es producir todos los frutos del Espíritu; es vivir con alegría y amor.

Vivir por el Espíritu es vivir los dones del Espíritu, o sea, una diversidad de actividades. Cada cual desempeña su actividad. Los dones del Espíritu son múltiples y la vida de cada uno es específica. Pablo enumera una lista de dones del Espíritu sin intención de ser exhaustivo. Son los dones que encuentra en la Iglesia de Corinto.


“Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversos modos de acción, pero es el mismo Dios que realiza todo en todos. Cada uno recibe el don de manifestar el Espíritu para la utilidad de todos. A uno, el Espíritu da el mensaje de sabiduría; a otro las palabras de ciencia según el mismo Espíritu; a otro el mismo Espíritu da la fe; a otro aún, el único y mismo Espíritu concede el don de las curaciones; a otro, la profecía; a otro el discernimiento de los espíritus; a otro el don de hablar en lenguas; a otro, aún, el don de interpretarlas. Mas todo eso, es el único y mismo Espíritu que lo realiza, distribuyendo a cada uno sus dones, conforme le place” (1 Co 12, 4 – 10).


Esta lista no pretende ser exhaustiva o definitiva. Pablo enumera los dones que vio en la Iglesia de Corinto. En otros lugares y otras épocas habrá otros dones, habrá más importancia dada a algunos dones y menos a otros. Lo que vale para nosotros es que la vida es activa, creativa. El Espíritu no permite la inercia o el puro gozo en la inactividad.


La presencia del Espíritu no es una experiencia consciente. No se siente la presencia del Espíritu. Si alguien pretende sentir al Espíritu, en la realidad él siente otra cosa. La presencia del Espíritu es visible por las obras que produce. Pero quien hace esas obras no siente el Espíritu actuando en él.










“Aspirad a los dones del Espíritu” (1 Co 14, 1). Pablo añade una larga exposición donde compara el don de profecía y el don de lenguas. Él quiere mostrar la superioridad del don de profecía. “Aspirad a los dones del Espíritu, principalmente la profecía” (1 Co 14, 1). Interesante es la motivación. Quien habla en lenguas, habla para Dios, mas nadie entiende y entonces la comunidad no recibe ningún provecho. Pero, cuando el profeta habla, se dirige a la comunidad: “edifica, exhorta, consuela” (1 Co 14, 3). La profecía edifica, o sea, construye. “En una asamblea, prefiero decir cinco palabras con mi inteligencia para instruir a otros, a decir diez mil palabras en lenguas” (1 Co 14, 19).


Hasta los años 60 del siglo pasado, era doctrina común que el don de lenguas se había apagado después del primer siglo. Con el aparecimiento del movimiento pentecostal o carismático, el don de lenguas se manifiesta de nuevo. En el mundo protestante o pentecostalismo comenzó en el inicio del siglo XX y en el mundo católico, en los Estados Unidos, en los años 60. En Brasil llegó en 1970.


Las reglas presentadas por s. Pablo todavía valen. El mejor don del Espíritu es aquel que transmite el mensaje de Jesús de manera comprensible. El mejor don es el que forma y perfecciona la comunidad. Los fenómenos carismáticos ofrecen satisfacción para la persona que los experimenta, pero no comunica nada a la comunidad.


Acreciéntase también que ese don de lenguas puede ser expresión o causa de disturbios sicológicos que pueden contaminar una asamblea y hacer de la oración una sesión de perturbación patológica, como una locura colectiva.


El don de profecía podría ser traducido hoy por la palabra “misionero”. El misionero habla para la comunidad, funda comunidades o fortalece las ya existentes.

San Pablo dice “aspirad”. Los dones son del Espíritu, mas el discípulo de Jesús debe colaborar. Si no aspira, no recibe. La comunidad también crea un ambiente favorable a determinado don del Espíritu. Pues, el Espíritu multiplica los dones, mas muchos se pierden porque no se les presta atención.





























EPÍLOGO



Estamos en una época de transición en lo que dice respecto a la teología del Espíritu Santo.


Durante el segundo milenio, el gran debate fue sobre la reforma de la Iglesia. El Papa, los Obispos, el clero y las Ordenes monásticas se tornaron detentadores de poder y riqueza. Por paradoxal que pueda parecer, a primera vista, uno de los grandes problemas de la Iglesia es su riqueza. Desde el siglo X comienza a constituirse un pueblo cristiano. Las parroquias se emancipan de los señores que pierden el derecho de nombrar los párrocos. Los movimientos por la paz presionan para que también los pequeños tengan presencia activa en la sociedad. Esos movimientos van a conseguir limitar la violencia de los barones. La libertad de las parroquias hizo que el pueblo comenzase a expresarse. Nace un pueblo cristiano.


De en medio del pueblo desde el siglo XI, mas de modo creciente durante los siglos XII y XIII, voces se levantan protestando contra la riqueza de Roma y del clero en general, así como de las Ordenes monásticas. Crece el grito por “reforma”. Durante siglos ese grito va a resonar, hasta que en el siglo XVI el movimiento reformador se rebela y constituye Iglesias disidentes. Era el punto de llegada de siglos de llamado para una reforma1. Roma promovió guerras de religión para someter el protestantismo, pero no lo consiguió – a no ser en Francia. En Alemania, aparte de las guerras del siglo XVI, hubo de 1618 a 1648 la guerra de los Treinta Años, en que murió la mitad de la población. Los holandeses consiguieron resistir al ejército español, el más fuerte de Europa. . Las guerras de religión fueron un gran escándalo. Separaron definitivamente las Iglesias disidentes y convencieron a las clases letradas de que había urgencia en secularizar la sociedad. En ese recorrido, la cristiandad se destruyó por si misma, aunque la agonía se prolongase hasta la revolución americana (1776) y la revolución francesa (1789).


El apogeo de la cristiandad se dio en el siglo XIII. Inocencio III consiguió llegar a acuerdos con algunos movimientos laicos, permitiendo que predicasen siendo laicos – a pesar de la oposición del clero que se reservaba el derecho de enseñar – y practicó una tolerancia que sus sucesores continuaron hasta el final del siglo, con el advenimiento de Bonifacio VIII.


Del medio de los laicos surgieron profetas que comenzaban a predicar, pidiendo reforma total no solamente de los individuos, sino que también de la institución clerical – en primer lugar de Roma. Esos movimientos populares, animados por personalidades excepcionales, predicaban un mensaje de pobreza voluntaria y formaban comunidades de pobres.


Uno de los más famosos fue Pedro Valdo de Lyon (Francia), que después de muchos encuentros con la autoridad eclesiástica fue condenado. El criterio para la condenación era la falta de sumisión a la Iglesia romana. Hereje era quien no se sometía. Los discípulos de Valdo formaron una Iglesia que aún subsiste: los Valdenses, que tienen una comunidad en Uruguay.


Por su parte, Francisco de Asís fue aceptado y el Papa le confirió la licencia para poder predicar – aunque fuese laico. Ambos, Pedro Valdo y Francisco, eran hijos de ricos comerciantes que renunciaron a todo para seguir el camino de la pobreza.


En el siglo XIV los movimientos de solidaridad con los pobres fueron duramente reprimidos, sobretodo a partir de Juan XXII (1316 – 1334). En aquel tiempo, los franciscanos estaban divididos entre conventuales – que habían, en la práctica, dejado la pobreza – y los espirituales – que querían continuar practicando efectivamente la pobreza. El Papa condenó a los espirituales. Fue una señal. De ahí en adelante ya no se podía más proponer la pobreza a no ser clandestinamente2.



El error que fue objeto de la condenación consistía en enseñar que había dos Iglesias: una poderosa, arrogante y rica; y otra pobre, practicando las virtudes. Ese tema va a reaparecer cada vez más fuerte, hasta la ruptura protestante3.


En la base de esos movimientos de oposición había dos teologías. La teología de la jerarquía enseñaba que el Espíritu Santo era conferido por los sacramentos. Ahora bien, los sacramentos eran administrados por el clero. Sin el clero no había posibilidad de recibir el Espíritu Santo.


Para los movimientos populares y de pobreza, el Espíritu Santo se manifestaba por la conversión de vida, especialmente por la conversión a la pobreza.

El teólogo de mayor expresión de ese período fue el abad Joaquim de Fiore (1130 – 1201 o 1202). Fue monje cisterciense, y después fundó una nueva Orden. Fue un biblista bastante original, bien aceptado por los Papas, beatificado y más tarde (en el siglo XIII) censurado. Escribió libros de contenido bastante denso. El tema básico es que hay tres épocas en la historia de la salvación. La primera época está bajo la señal del Padre: es representada por el Antiguo Testamento y su señal característica es la Ley. Después vino la segunda época, bajo la señal de Cristo. Ella envuelve todo el tiempo transcurrido desde la venida de Jesús. Cristo anunció la llegada del Espíritu, mas éste aún no vino con plenitud. Todavía hay un reino de la ley nueva. La época del Espíritu Santo está por venir, y será la de una Iglesia monástica, pobre, dedicada a las virtudes y a la vida contemplativa.


Joaquim de Fiore creía en una conversión radical de Roma y, por eso, evitó las censuras - no fue rebelde.

Para Joaquim el Espíritu aún no llegó, aún no estableció su reino. Pero después de muchas especulaciones sobre los números, sugirió que el Espíritu vendría en la mitad del siglo XIII4. Discípulos de San Francisco y muchos otros quedaron entusiasmados. Creyeron que el adviento del Espíritu Santo ya había comenzado con la vida de s. Francisco.


Lo que Joaquim entendía por reino del Espíritu Santo no está tan claro. A veces él enseña que el advenimiento del Espíritu sería una transformación semejante a la transformación hecha por Cristo. Sería el advenimiento de la etapa final de la Iglesia. Otras veces él da a entender que sería como una conversión radical de la Iglesia fundada por Jesús.


De cualquier manera la teología de Joaquim de Fiore expresa una aspiración profunda del pueblo católico durante todo el segundo milenio. Joaquim esperaba una conversión radical de Roma a la pobreza, a la inspiración del Espíritu, venciendo el legalismo y la política de poder y alianza con los poderes.


Santo Tomás de Aquino participaba del movimiento de renovación en el Espíritu5. Sin embargo, no negó los sacramentos y con eso reconoció el poder de la jerarquía, con la misma confianza de que la jerarquía podía convertirse.


Otros no tenían la misma esperanza y creían que la reforma en la Iglesia se haría contra Roma. Fue la tendencia que prevaleció en el siglo XVI con los cismas protestantes.

La lucha del Espíritu contra la ley continuó dentro de la Iglesia católica, incluso después de la separación de los protestantes. Sin embargo, ella se hizo más clandestinamente porque la Iglesia romana de aquel momento en adelante buscaba más apoyo en los últimos reyes católicos y tuvo que entregar a los reyes muchos poderes. Entregó, por ejemplo, la Inquisición. Quedó en la dependencia de los reyes en lugar de establecer confrontación con ellos en los siglos medievales.










La esperanza de una era del Espíritu no desapareció durante las monarquías absolutas. Por el contrario, ella generó una oposición más intransigente, que se manifestó en la revolución francesa y en toda la historia del siglo XIX en las luchas de los partidos católicos conservadores, apoyados por una Curia romana bastante vigilante. La Curia se mostraba más severa dentro de la Iglesia a la medida en que se veía más atacada, y progresivamente eliminada de la vida pública. La autoridad que Roma perdió en la sociedad, ella quiso rehacerla dentro de la Iglesia desde entonces separada del Estado.


Muchas filosofías de los siglos XVIII y XIX son, de alguna manera, formas de secularización de la teología de Joaquim de Fiore6. Se trata de una lucha de emancipación del legalismo y del autoritarismo de la Iglesia romana. En lugar de reconocer en esas filosofías expresiones parciales de la tradición cristiana, las condenó y las expulsó del cristianismo.


Al mismo tiempo, la Iglesia romana se sentía cada vez más atacada, lo que alimentó una actitud de rechazo y de condenación. La teología se hizo apologética, procurando defender la autoridad intransigente y el legalismo de Roma. Los últimos Papas se quejaron cada vez más de la distancia entre la cultura actual y la Iglesia, atribuyendo toda la culpa a la cultura moderna. Convocaron para una cruzada de evangelización, sin ver que el principal obstáculo para eso está en el propio sistema – que también fue el drama de todo el segundo milenio, jamás resuelto.


La lucha entre el espíritu y la ley continúa – aún no está superada y muchos, dentro del pequeño grupo que aún permanece fiel, creen que para resolver la situación es necesario aumentar más aún el legalismo. Creen que para defender a la Iglesia es necesario condenar más todavía y levantar murallas de resistencia – para evitar la contaminación del resto por el espíritu moderno.


Juan XXIII estaba muy consciente del problema, a pesar de no ser teólogo. Estaba más cerca del pueblo y podía entender cuál era el eje de ese problema. Pero ya era anciano, no tenía ni la fuerza ni el tiempo para luchar contra una institución que se fue tornando cada vez más rígida a lo largo del segundo milenio. Pablo VI entendió una parte, pero no encontró medios para hacer la inversión de un movimiento milenario. Los sucesores aún creyeron en la posibilidad de reconquistar la cristiandad – a pesar de una experiencia de mil años de protesta, de combate, de esperanza y de perseverancia del pueblo cristiano.


Para la Iglesia, el desafío creado en el segundo milenio continúa presente en este inicio del tercer milenio. El tema actual que debe ocupar a la Iglesia no podría ser de nuevo el problema interno de la Iglesia de la lucha entre el Espíritu y la ley. Desgraciadamente esa preocupación aún existe, pero no debe esconder los nuevos desafíos.


El tema ahora es la lucha del Espíritu contra el pecado del mundo. En los primeros siglos la Iglesia no tenía posibilidad de enfrentar a la sociedad imperial romana. Tuvo que crecer para constituirse en factor marcante en la sociedad. Pero, a partir de cierto momento, los emperadores romanos percibieron que necesitaban de una religión más dinámica que las religiones decadentes de su Imperio, y entonces pasaron a adoptar la religión cristiana, o mejor, hicieron de las comunidades cristianas su religión.


En la cristiandad había el proyecto de hacer del cristianismo el motor de la sociedad, mediante la subordinación de los poderosos a la Iglesia de Cristo y a su ley.

Ahora, sin embargo, la situación es diferente. Estamos en una sociedad cuyos valores y objetivos están en oposición total al evangelio. La sociedad actual tiene por objetivo el crecimiento de la riqueza. Tal aumento se hace por medio de la concentración del poder económico, lo que permite concentrar el lucro y usarlo para aumentar todavía más la riqueza – también la riqueza virtual gracias a la especulación.






En esa sociedad todo está sometido a la ley de la productividad, de la concentración del poder y de la subordinación de todas las instituciones a los imperativos de esa economía. La democracia, que fue el ideal del segundo milenio, se está apagando. Las formas subsisten, pero las instituciones democráticas están sumisas a las fuerzas del dinero. El pecado está triunfando.


La vida se tornó sinónimo de consumo para aumentar el lucro de las empresas; lucro que se va acumulando en las manos de instituciones financieras poderosas dedicadas a la especulación. Los “lugares santos” de la nueva sociedad son los paraísos fiscales en que los poderosos hacen sus operaciones con total independencia, sin que la inmensa mayoría de las personas sepa de nada. Allí el dinero es el rey. A partir de esos paraísos es organizada la vida del mundo. Los estados todos, también los más poderosos, se inclinan delante de ese reino del dinero. Los gobiernos que se proclaman más democráticos curvan la cabeza a los paraísos fiscales. La religión del dinero tiene su culto: la celebración del dinero. Cada año, en Davos, los grandes sacerdotes se reúnen para ofrecer al dinero todo su ser y toda su actividad.


Las consecuencias de ese sistema son bien conocidas. No se necesita repetir lo que ya fue dicho miles de veces. Ellas pueden ser menos perceptibles en los países más desarrollados, en la medida que permanecen en ellos algunas estructuras de la sociedad antigua; en los países del Tercer Mundo, sin embargo, donde las organizaciones sociales populares son débiles, el dinero reina sin discusión.


Delante de esa situación las Iglesias institucionales se quedan calladas. No perciben que los cambios en el mundo traen nuevos desafíos, mucho más serios y graves que aquello que las preocupa.


Dada la lentitud de la historia, podemos presumir que esta lucha del Espíritu contra el pecado del mundo va a ser el tema del tercer milenio. El sistema de la nueva sociedad nació en el siglo XVII, pero logró conquistar al mundo definitivamente en el final del siglo XX. Nació en Inglaterra y desde allí fue invadiendo progresivamente al resto del mundo – contando también con el eficiente auxilio de los medios de comunicación para propagarse.


No vamos a resolver ese problema en un corto espacio de tiempo. El socialismo nació en el siglo XIX como reacción a esa nueva sociedad que estaba comenzando a desarrollarse. La forma como el socialismo fue implantado en el siglo XX no dio resultados, por no ser lo que los pueblos deseaban, siendo forzados a aceptarlo. Por eso fracasó en la mayoría de los países. Una nueva sociedad tendrá que partir de un amplio movimiento popular.


Con certeza, la lucha contra el pecado no sigue un esquema riguroso, científico. Todo depende de circunstancias imprevisibles: la fuerza o debilidad del sistema en las diversas regiones, así como la fuerza o la debilidad de los movimientos populares.


El desafío es enorme: ¿cómo recuperar todo el movimiento científico y el desarrollo tecnológico para que estén al servicio de todos y no apenas de algunos? ¿Cómo organizar la vida de tal modo que no esté dominada por la ley de la productividad? De todas las herramientas inventadas en las últimas décadas, ¿cómo hacer instrumentos del progreso de todos los pueblos?


Hubo algunos movimientos cristianos que tomaron conciencia, desde el siglo XIX, de estar surgiendo una sociedad fundada en el dinero. No fueron muy apoyados por la institución. En algunas regiones, como en Europa Occidental, los católicos conscientes consiguieron ser tolerados por la jerarquía. En Italia solamente algunas regiones muy limitadas se abrieron a movimientos sociales. En España y en Portugal el silencio fue obligatorio hasta la caída de los últimos dictadores. Una política de ignorancia sistemática impidió que hubiese católicos conscientes de la situación mundial.






En la América Latina, comenzó la reacción contra el imperio del dinero desde los años 50 del siglo XX. Los que reaccionaron fueron sobretodo grupos de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos. Esos grupos encontraron muchos obstáculos porque no se tenía conciencia del problema y de su significado. Hasta entonces no se había visto que el problema estaba en la lucha del Espíritu contra el pecado del mundo. Medellín fue la señal visible de esa lucha.


En la América Latina la situación era tal que el fenómeno de la dominación del dinero expuso aún más abiertamente el problema – y los movimientos populares eran muy débiles para resistir. En la América Latina hubo obispos de diócesis modestas relativamente libres frente al sistema jerárquico – aunque encontrando resistencia por parte de ese sistema. Todos tuvieron los mismos objetivos: la defensa de los pueblos oprimidos contra el imperio del dinero, que estaba creciendo; y la organización de movimientos populares, única fuerza que consigue cuestionar la nueva sociedad.


Cada uno atacó el sistema por un lado, o sea, en un sector limitado. Aún no hay estrategia común. Puede ser que una definición más clara de una estrategia planeada y asumida por una mayoría demore algunos siglos. La historia camina despacio. No es motivo para desanimarse, sino que para entrar desde ya en la lucha del Espíritu contra el pecado del mundo. Esta es la lucha por la vida de la humanidad, por la vida de los pueblos y no por la apariencia de vida de algunos poderosos apenas.


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1 Sobre las herejías en el segundo milenio, una obra ya un poco antigua aún es la mejor introducción: Jacques LeGoff (org.) Hérésies et societés dans l’Europe pré-industrielle. 11e – 18e siècles, Mouton, Paris – La Haya. 1968.


  1. Cf. (Cahiers de Fanjeaux), Franciscains d’Oc. Les Spirituels ca. 1280 – 1324. Privat, Paris, 1975.


  1. Cf. “Gloriosam Ecclesiam” de Juan XXII, DS 911.


4 Cf. Henri de Lubac, Exégèse médièvale, t. III, Aubier, Paris 1961, p. 437-558


5 Cf. Frei Carlos Josaphat, Tomas de Aquino e a nova era do espirito, Loyola, São Paulo, 1998


6 Cf. Henri de Lubac, La postérité spirituelle de Joaquin de Fiore, 2 t. Lethielleux, Paris, 1979 – 1981



Título original “A vida em busca da liberdade”, de José Comblin, 2007

Editorial Paulus. Sao Paulo, Brasil

Traducido por Juan Subercaseaux A. y Sonia Salvador



Difusión electrónica: Enrique A. Orellana F.

Correo: opcion_porlospobres_chile@yahoo.com

Movimiento Teología de la Liberación-Chile

Rosas 2090-D. Santiago-Chile