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GUATEMALA, PAIS SILENCIADO Reseña de la visita

Autor | Autores: 
Fernando Bermúdez, miembro de los COR-Europa y del SICSAL
Guatemala es conocido como el país de la eterna primavera, situado en la cintura de América. Es un paraíso de belleza natural por sus fantásticos lagos, colosales volcanes, altas montañas revestidas de exuberante vegetación, caudalosos ríos, selvas tropicales, ciudades coloniales y una milenaria y apasionante cultura maya. Sueños de belleza que se fusionan en el corazón de América.
 
Es un país sometido a las fuerzas telúricas del Pacífico. El pasado 7 de septiembre vivimos el terremoto más largo en los últimos 115 años en Guatemala y México. Cerca de la media noche comenzó a temblar. Todo se estremecía. Se fue la energía eléctrica. Me levanté corriendo, para agarrarme al dintel de la puerta de la habitación. Estaba en un tercer piso. A oscuras, solo escuchaba ruidos por todas partes. Todo el edificio crujía como si fuera a estallar. Caían al suelo cuadros, floreros, macetas… Y el terremoto seguía. No terminaba. Parecía que íbamos en una barca agitada por las bravas olas del océano. El minuto y 33 segundos que duró se hicieron eternos. Afortunadamente, en Guatemala no hubo víctimas mortales. Solo heridos y unos 4.500 damnificados que vieron dañadas sus viviendas. Sin embargo, al otro lado de la frontera, en el Sureste de México, hubo más 90 muertos. Era el jueves 7 de septiembre.
 
¿Es Guatemala un país pobre? No. Es un país muy rico, pero lleno de empobrecidos. Es productor de café, caña de azúcar, cardamomo, banano, piña, cacao… Rico en oro, plata y níquel, jade. Sin embargo, siendo un país rico ocupa el lugar 117 en desarrollo humano, según el PNUD, que ubica a Guatemala a la cabeza de la desigualdad y la injusticia en Latinoamérica. Guatemala sobrepasa los 16 millones de habitantes. El 61% de la población vive en situación de pobreza y hambruna. En el área rural la pobreza alcanza el 78%. Aldeas sin escuela, hospitales sin medicinas, carreteras intransitables. La desnutrición infantil es de 49% y la tasa de mortalidad infantil es de 61 por mil.
 
Un poco de historia. En 1934 el pueblo guatemalteco logró acabar con la dictadura e instaurar un Gobierno democrático al servicio de todos, particularmente de los que históricamente habían sido excluidos: campesinos e indígenas. Fueron diez años de primavera en el país de la eterna tiranía, como dijera Luis Cardosa y Aragón. En 1954 Guatemala sufrió la intervención militar de Estados Unidos. Multitud de campesinos que se beneficiaron de la Reforma Agraria fueron encarcelados y asesinados. Dos años después, un grupo de oficiales del Ejército guatemalteco, descontentos e indignados por la situación de corrupción y brutal represión, se rebelaron contra el Gobierno pro-norteamericano. A estos jóvenes militares se les unieron campesinos e indígenas y algunos estudiantes universitarios. Así surgió la guerrilla. El Gobierno agudizó la represión contrainsurgente con el apoyo norteamericano e israelí. Ni el Ejército gubernamental pudo contra la guerrilla ni ésta contra el Ejército. Fueron 36 años de guerra que dejó más de 200.000 muertos, 440 aldeas arrasadas, un millón de desplazados internos y 50.000 refugiados en el sur de México. Después de cinco años de diálogo entre el Gobierno y la guerrilla, el 29 de diciembre de 1996 se firmó la paz. La Iglesia desempeñó un papel importante de mediación en el proceso de diálogo, que quedó plasmado en los Acuerdos de Paz.
 
El Obispo Juan Gerardi impulsó el proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI) para acompañar y ayudar a las víctimas del conflicto armado a redescubrir su dignidad y sanar sus heridas. Decía: “Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos la memoria del pueblo. Este camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del reino de Dios tiene riesgos y solo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos”. Dos días después de la presentación del Informe del proyecto REMHI fue asesinado por altos jefes militares. Era el 26 de abril de 1998.
 
Desde la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno y la guerrilla, contemplados como el punto de partida para el desarrollo democrático y social del país,  los gobiernos de turno no han tenido voluntad política de llevarlos a la práctica. Estos gobiernos han sido controlados por la oligarquía, empresarial y terrateniente y por el Ejército. Entregaron el país a las  compañías transnacionales que saquean sus recursos naturales (tierra, agua, minerales…), ignorando a la población campesina e indígena que, mediante movilizaciones populares, ofrece una tenaz resistencia a la explotación de su riqueza en base al artículo 169 de la OIT. El país está sujeto al saqueo incontrolado e ilegal de sus recursos. Empresas mineras e hidroeléctricas norteamericanas y europeas, (también españolas) se están lucrando sin importarles el hambre del pueblo.
 
Hoy el país vive sumido en una profunda crisis social y política. Campea la impunidad, la corrupción, la violencia, la inseguridad, el narcotráfico, el miedo, el caos. Guatemala es, junto con el vecino país de Honduras, uno de los países más violentos del planeta (según el Informe de la Procuraduría de Derechos Humanos 2016), con un promedio de 19 asesinatos diarios. La única ley son las balas. Hay extorsiones por parte de las pandillas juveniles “maras”, hay secuestros de dirigentes comunitarios, detenciones arbitrarias y asesinatos no investigados. Amenazas e intimidaciones contra líderes y organizaciones sociales y de Derechos Humanos y allanamiento de sus sedes. Se criminaliza a los defensores de los Derechos Humanos. Persisten las estructuras del terror, que nunca fueron desmanteladas desde la época del conflicto armado. Los grupos de poder paralelo tienen un fuerte poder económico, político, militar y siguen operando impunemente. Se respira un clima de temor, de miedo, e inseguridad ciudadana que, según las encuestas, es el fenómeno que más preocupa a la población guatemalteca.
 
El pasado 8 de marzo, día de la mujer, 40 niñas adolescentes fueron quemadas vivas en el “Hogar Seguro Virgen de la Asunción” a cargo del Gobierno. Varias de ellas estaban embarazadas debido a los abusos sexuales de sus monitores. No ha habido una investigación seria, juicio y condena de responsables. La justicia brilla por su ausencia.
 
Amnistía Internacional señala:
“Continúan las campañas de difamación y el uso indebido del sistema de justicia penal para hostigar e intimidar a defensores y defensoras de los derechos humanos. Corren especial peligro los defensores y defensoras que trabajaban sobre cuestiones relativas a la tierra, la defensa del territorio y del medio ambiente. Muchas personas siguen huyendo del país para dejar atrás los altos niveles de desigualdad y violencia”. 
 
El Congreso de los diputados está cooptado por las mafias. El Presidente Jimy Morales se presentó a las elecciones con la consigna “Ni ladrón ni corrupto”, mientras que, paradójicamente, su campaña electoral fue financiada con “dinero ilícito y anónimo procedente del crimen organizado y del narcotráfico”, según la investigación de Iván Velázquez, presidente de la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIG), misión anticorrupción de la ONU en el país. Es por eso que el Presidente Morales expulsó del país al Sr. Velázquez.
 
En medio de esta oscura noche está surgiendo un movimiento social en el que confluyen campesinos, indígenas, mujeres, jóvenes, universitarios, maestros, sindicalistas, intelectuales, comunidades cristianas, obispos, organizaciones de derechos humanos… que luchan por un cambio profundo de las estructuras socioeconómicas y políticas, y son una esperanza. Este cambio no se logrará por la fuerza de las armas sino mediante la transformación de la conciencia, la fuerza ética y espiritual, la organización y unidad de los pobres y de cuantos anhelan la globalización de la justicia, el derecho y la solidaridad.
 
El miércoles 22 de septiembre decenas de miles de guatemaltecos se manifestaron en todas la ciudades del país exigiendo la renuncia del Presidente Jimmy Morales y de los 107 diputados de su partido en el Congreso a los que acusan de querer obstaculizar la lucha contra la corrupción.
“Estamos hartos de políticos corruptos que se enriquecen con dinero público y no dejan que lleguen recursos al pueblo para escuelas, hospitales y caminos”, decían los manifestantes.
 
Esta fue la marcha más multitudinaria en el país desde que hace dos años los guatemaltecos salieron en masa a las calles para presionar la salida del presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidenta, quienes acabaron dimitiendo acorralados por las investigaciones de la Fiscalía y la CICIG. Hoy está en la cárcel.
 
La Conferencia Episcopal, y cada obispo en su propia diócesis, ha expresado su sensibilidad y solidaridad con el grito de dolor, lucha y esperanza del pueblo. La Iglesia, unida a los movimientos sociales, exige que sea levantado el derecho de antejuicio al Presidente de la República para posibilitar la investigación sobre la corrupción. Ha asumido una voz profética y actitud valiente de denuncia. Llama a “despertar la conciencia ciudadana para que el pueblo se organice y exija a las autoridades transparencia y eficiencia en la gestión pública”. Y sigue diciendo: “Es un imperativo ético que la búsqueda de la justicia recorra el camino de la lucha contra la impunidad y la corrupción”.
 
En Guatemala soplan vientos nuevos que gritan: “mientras la calle no calle, hay esperanza”. Cada vez se escucha con más fuerza el canto del poeta guatemalteco y mártir Otto René Castillo: “Aquí solo queremos ser humanos”.
 
Extraña que los medios de comunicación de España silencien esta realidad sin hacerse eco de la brutal represión que sufre el pueblo guatemalteco y de su clamor de justicia y libertad. Parece que para los medios solo existe Venezuela en América Latina. ¿Por qué?  Hay que ser muy críticos con las noticias que nos dan los medios de comunicación, sobre todo los oficiales. Solo dicen una pequeña parte de la verdad, no toda la verdad. Los medios (prensa, radio, y sobre todo TV) están controlados por el gran capital y transmiten lo que a ellos les interesa.
 
Urge romper el silencio para que se genere solidaridad con este sufrido pueblo que arrastra una larga historia de opresión y lucha por su dignidad desde la época de la conquista hasta nuestros días.
Fernando Bermúdez López
 
 

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